La muerte de la locución dominicana
Por Fidel Soto.
Añoramos, con nostalgia, las voces de la locución nacional. Todo aquel que tomaba un micrófono en la radio, la televisión o en espectáculos públicos dejaba en el oído del público el dulce sabor de una excelente dicción. Era una época deslumbrante, cuando la palabra hablada tenía música, elegancia y respeto.
Locutores del calibre de Rivera Batista, Pedro Pérez Vargas, los hermanos Báez Asunción, López Brache, Jiménez Maxwell, Bueno Torres, Díaz Alejo, Yaqui Núñez del Risco, Freddy Beras Goico, Rodriguito, Bruno Díaz y Enrique Trinidad, junto a distinguidas damas, entre las que se destaca María Cristina Camilo, y tantos otros cuyos nombres permanecen en la memoria, hicieron de la locución dominicana un verdadero arte.
Aquellos dignos profesionales tenían dicción, ética y, sobre todo, respeto por su oficio. Entendían que un micrófono no era un permiso para atropellar el idioma, sino una responsabilidad frente a quienes escuchaban.
Muchos de ellos se formaron en la Escuela Nacional de Locución de Radio Televisión Dominicana, donde recibían las enseñanzas de maestros como Pedro René Contín, Oto Rivera y otros destacados profesores. Allí se aprendía que hablar ante un micrófono exigía preparación, disciplina, dominio de la voz, conocimiento del idioma y respeto por la audiencia.
Aquella generación le dio prestigio a la palabra «locutor».
Para ejercer la locución de noticias había que demostrar dominio del idioma, buena dicción y capacidad para leer correctamente. Se cuenta que las pruebas eran rigurosas: había que leer varias cuartillas sin equivocarse y saber dónde respirar, porque hasta una pausa mal colocada podía revelar que el aspirante no estaba preparado.
El micrófono no se regalaba: se conquistaba.
Hoy, en cambio, parece que cualquiera puede tomar un micrófono y convertirlo en una alcantarilla verbal. Voces entrecortadas, estropajosas, escandalosas y estridentes lanzan al aire una retahíla de palabrotas y expresiones vulgares que atropellan el idioma y ofenden el oído.
Ya no siempre se busca la buena dicción, la elegancia de la palabra ni la riqueza del vocabulario. En determinados espacios, mientras más vulgar es la expresión, mayor parece ser la posibilidad de llamar la atención.
Y así, poco a poco, la locución dominicana ha ido perdiendo la voz que alguna vez la distinguió.
La palabra que antes educaba, informaba y entretenía ha sido sustituida, en demasiadas ocasiones, por el grito, el insulto, la obscenidad y el disparate.
Aquellos locutores sabían que detrás del micrófono había una audiencia y que esa audiencia merecía respeto. Algunos de los actuales, en cambio, parecen haber olvidado que la libertad de expresión no convierte la vulgaridad en talento ni el micrófono en patente de corso para destruir el idioma.
La muerte de la buena locución no ocurrió de un día para otro. Fue llegando lentamente, entre gritos, improvisaciones, palabrotas y la pérdida progresiva del respeto por la palabra.
Y quizás lo más lamentable sea que ya no nos escandaliza escucharla morir.
Porque cuando una sociedad deja de exigir calidad a quienes hablan por sus medios de comunicación, termina acostumbrándose a escuchar cualquier cosa.
Y entonces no muere solamente la locución.
También comienza a morir una parte de la cultura.
