La paradoja de los espejos: Gallup y la cartografía de la percepción
Por Luis Córdova
En la densa gramática de la política dominicana, suele olvidarse un axioma fundamental: las encuestas no fotografían el porvenir, apenas registran el estado de ánimo de un instante. En política, lo sabemos desde los clásicos, las cosas rara vez son como son; casi siempre son como parecen. Y hoy, la realidad parece transitar por una acera muy distinta a la que recorren los números.
La primera gran paradoja la encabeza el propio Ejecutivo. Asistimos a un fenómeno sociológico digno de manual: la reedición criolla del mito del “buen zar y los malos consejeros”. ¿Cómo explicar que el presidente mantenga una valoración de simpatía envidiable mientras, en la misma muestra, más del 60% del país expresa una honda preocupación por la crisis y califica la situación económica como alarmante? El ciudadano parece haber disociado la figura presidencial de las penurias de su bolsillo; un blindaje afectivo que coloca las culpas del costo de vida en la periferia del Palacio, pero que plantea una interrogante peligrosa sobre la sostenibilidad de esa narrativa frente a la terca realidad del supermercado.
Donde la cartografía de Gallup se vuelve verdaderamente extraña es en la geografía interna del partido de gobierno. Que la concentración del favor electoral de cara al futuro radique casi exclusivamente en figuras de la capital —encabezadas por el ministro David Collado y la alcaldesa del Distrito Nacional— choca de frente con la naturaleza genética del PRM. La fuerza exhibida por el oficialismo en los últimos procesos ha sido, por definición, un triunfo del liderazgo local y municipal.
Resulta metodológicamente incomprensible que liderazgos regionales como Wellington Arnaud y Yayo Sanz Lovatón —con estructuras territoriales tangibles de alcaldes, regidores y diputados— se difuminen frente a figuras con alta simpatía externa, pero sin esos ejércitos territoriales. El ecosistema opositor tampoco escapa a las excentricidades del muestreo. En la Fuerza del Pueblo, si bien el panorama consolida la figura incombustible de Leonel Fernández, resulta llamativo el comportamiento en torno al senador de la capital, Omar Fernández. Justo en las fechas adyacentes al levantamiento de los datos, el joven legislador sumó respaldo de la alta oficialidad y cuadros nacionales de su organización.
Por los predios del PLD, los datos no traen sorpresas analíticas, sino la confirmación de una inercia. Ya explicamos en su momento el fenómeno de la campaña de Gonzalo Castillo en 2020 y su particular anclaje en ciertos segmentos; de ahí que el pasado candidato presidencial Abel Martínez flote en un lejano segundo lugar. Lo que verdaderamente debe encender las alarmas moradas es que el tercer puesto lo ocupe la casilla de ‘ninguno’. Un partido histórico compitiendo contra la nada.
Bajo este lienzo que nos dibuja Gallup, el sistema político dominicano se habría cerrado herméticamente: no hay rendijas para opciones alternativas, y Danilo Medina se proyecta como un fenómeno de resiliencia que recupera terreno, a pesar de mantener un esquema de comunicación estático y de no realizar contactos extrapartido. Pero quizás el dato más difícil de asimilar es el empate técnico entre la Fuerza del Pueblo y el PLD. Cuesta asimilar que una organización que mantiene una agenda activa de juramentaciones por todo el territorio nacional termine emparejada con un partido que, tras el último proceso electoral, ha copado los titulares por su goteo constante de renuncias.
Los números de Gallup están ahí y, metodológicamente, para rebatir una encuesta se necesita otra. Sin embargo, queda la percepción: esa materia sutil pero implacable que termina rigiendo el destino de las naciones. Si la política es el arte de gestionar percepciones, el panorama actual plantea una disyuntiva inevitable: o la sociedad dominicana ha aprendido a convivir con la contradicción, o los espejos estadísticos están comenzando a distorsionar el paisaje.
