La transformación del sistema político mas que generacional es paradigmática.

Por Manuel Martínez.

Toda época redefine el significado de la juventud. En política, sin embargo, seguimos midiéndola con un instrumento equivocado: el calendario. Creemos que un dirigente es joven por la fecha que aparece en su acta de nacimiento, cuando la verdadera juventud política depende de una condición mucho más difícil de alcanzar: la capacidad de comprender el tiempo que se vive y anticipar el tiempo que viene. A esa condición la llamo juventud intelectual.

La juventud intelectual no pertenece a la biología. Pertenece al pensamiento. No es una etapa de la vida, sino una forma de relacionarse con el conocimiento, con el cambio y con el porvenir. Es la disposición permanente a aprender, a cuestionar las propias certezas y a incorporar nuevas ideas sin renunciar a la experiencia. En un mundo donde la inteligencia artificial, la automatización y la revolución digital transforman la economía, la educación y la política a una velocidad sin precedentes, esa forma de juventud adquiere un valor superior al de la edad cronológica.

La política dominicana, sin embargo, continúa atrapada en un paradigma distinto. Se habla con frecuencia del relevo generacional, como si el simple cambio de edades garantizara una nueva manera de pensar. Se confunde el rostro con la visión, la novedad con la innovación y el paso del tiempo con el progreso. Pero la realidad demuestra que una persona puede ser joven y sostener ideas envejecidas, del mismo modo que otra puede acumular décadas de vida sin perder la capacidad de interpretar el presente y dialogar con el futuro.

La política no envejece cuando envejecen sus dirigentes. Envejece cuando envejecen sus ideas.

Esa afirmación constituye el punto de partida de esta reflexión y explica por qué sostengo, sin temor a la paradoja, que Leonel Fernández es hoy el político más joven de la República Dominicana.

No lo afirmo por su edad. La afirmación sería absurda si el criterio fuera biológico. La sostengo porque, a sus setenta y dos años, mantiene una relación intelectual con el futuro que pocos dirigentes dominicanos exhiben con igual consistencia. Mientras una parte importante del debate público permanece absorbida por la coyuntura diaria, Leonel Fernández dedica una parte considerable de su actividad intelectual a comprender los procesos que definirán las próximas décadas.

Su interés por la inteligencia artificial, la economía del conocimiento, la transformación digital, la innovación, la educación del futuro y la nueva geopolítica tecnológica no responde a una estrategia de comunicación ni al deseo de parecer moderno. Responde a una disciplina intelectual construida durante años, basada en el estudio permanente, la lectura, el intercambio de ideas y la observación sistemática de los cambios que están redefiniendo el mundo.

La diferencia puede parecer sutil, pero es decisiva.

Hay dirigentes que incorporan conceptos contemporáneos para actualizar su discurso. Otros procuran comprender esos conceptos porque saben que de ellos dependerá la manera en que los países producirán riqueza, educarán a sus ciudadanos, competirán en la economía global y organizarán sus instituciones durante las próximas décadas.

La juventud intelectual comienza exactamente ahí: en la decisión consciente de no dejar de aprender.

Un líder deja de ser intelectualmente joven cuando cree que ya no necesita estudiar. Cuando supone que las respuestas del pasado bastan para resolver los problemas del presente. Cuando la experiencia sustituye la curiosidad y la certeza desplaza la capacidad de preguntar. En ese momento, las ideas comienzan a envejecer, aunque el dirigente conserve una edad biológica relativamente joven.

Leonel Fernández parece haber seguido el camino contrario. Lejos de instalarse en la comodidad que suele acompañar a las largas trayectorias políticas, ha mantenido una inquietud intelectual que lo lleva a explorar los grandes temas que marcarán el siglo XXI. Esa actitud no garantiza que siempre tenga razón ni coloca sus planteamientos por encima del debate democrático. Lo que sí revela es una voluntad permanente de comprender el mundo antes que reaccionar ante él.

Y esa diferencia importa.

Gobernar en el siglo XXI exige mucho más que administrar el presente. Exige interpretar transformaciones que todavía no han concluido, anticipar escenarios complejos y preparar a una sociedad para desafíos que aún no se manifiestan plenamente. La política ya no puede limitarse a gestionar lo inmediato; necesita imaginar el país que existirá dentro de veinte o treinta años.

Ese tipo de liderazgo requiere una forma distinta de juventud.

No la juventud del calendario.

La juventud intelectual.

Quizá ha llegado el momento de abandonar una de las preguntas más repetidas en la política dominicana: ¿cuántos años tiene un dirigente? La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué tan actuales son sus ideas? Porque el futuro de una nación dependerá mucho menos de la edad de quienes la dirigen que de la capacidad de esos dirigentes para comprender el tiempo histórico que les corresponde conducir.

Por eso considero que la expresión “el político más joven” no constituye una provocación retórica. Constituye una categoría de análisis. Una nueva forma de evaluar el liderazgo político en una época donde el conocimiento se renueva a una velocidad sin precedentes y donde la capacidad de aprender vale tanto como la experiencia acumulada.

La verdadera juventud política no consiste en tener menos años.

Consiste en mantener viva la inteligencia.

Consiste en conservar intacta la curiosidad.

Consiste en no dejar nunca de aprender.

Bajo ese criterio, sostengo que Leonel Fernández representa hoy la expresión más acabada de esa juventud intelectual.

Y quizá haya llegado el momento de empezar a medir a nuestros líderes no por la fecha de su nacimiento, sino por la vigencia de sus ideas.

Porque la juventud termina cuando dejamos de aprender. No cuando cumplimos años.

El autor es profesor universitario.
Magíster en Comunicación Visual.

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