Lo que Fidel Castro (1926-2016) nos legó

Por Vijay Prashad

Solo tenía dieciséis años cuando vi por primera vez a Fidel Castro. Era 1983.

Se encontraba en la India en calidad de presidente saliente del Movimiento de Países No Alineados (MPNA), y su cometido en la 7.a reunión del MPNA era ceder la presidencia a Indira Gandhi, la primera ministra de la India. Cuando Castro y Gandhi se encontraron en la sede de la conferencia, él rompió el pro-tocolo y la envolvió en un fuerte abrazo. A Castro le encantaba la India, algo que yo descubriría gracias a él dieciocho años más tarde en Durban (Sudáfrica). «Fui a la India muchas veces —me dijo entonces—, pero nunca por mucho tiempo». Me daba demasiado miedo decirle que lo había visto de lejos en la conferencia del MPNA y que, debido a su gigantesca personalidad, había imaginado que Cuba era un país enorme —y no una nación insular de solo 111 000 kilómetros cuadrados con una población inferior a la de mi ciudad natal, Calcuta—; y que, al haberlo visto desde lejos, con su uniforme militar verde, me lo imaginé veinticuatro años antes como un joven Fidel marchando hacia La Habana desde la Sierra Maestra —mientras me preguntaba si llevaba una pistola bajo la capa para protegerse de los asesinos que parecían no atreverse a tocarlo—. «Todo el mundo estaba muy contento a su alrededor», recuerda Ajit Yadav, que había sido seleccionado por la parte india para ser el ayudante de campo de Fidel durante su viaje. «Hombres y mujeres se agolpaban a su alrededor para pedirle autógrafos». Yo estaba entre ellos. Me firmó mi cuaderno.

En Durban, en la Conferencia Mundial contra el Racismo (2001), Fidel fue el único líder mundial que recibió una ovación de pie tanto en los foros gubernamentales como en los no gubernamentales. Habló con una sinceridad que traspasaba las divisiones políticas. Era la época de los «derechos humanos» y la «globalización», términos que significaban muy poco mientras la maquinaria de la desigualdad seguía avanzando sin piedad. ¿Qué sentido tenían esos foros sobre el racismo y la destrucción del medio ambiente, sobre la deuda y los derechos de las mujeres, cuando todo parecía ir de mal en peor, con la deuda de los hogares de la gente común del Sur Global en niveles catastróficos —el sonido de los «piqueteros» argentinos marcaba el ritmo de un año de protestas que comenzó en el Foro Social Mundial en enero—? Los líderes mundiales,con sus trajes a medida, murmuraban tópicos sobre un mundo que no existía, y luego se refugiaban tras la barricada para construir un mundo que sí existía y que era espantoso. Fidel era su antítesis.

El uniforme militar no era másque una forma de sugerir la soberanía de su país frente al ataque imperialista,y su franqueza y su sonrisa, una forma de hacer la verdad más aceptable e inspirar a la gente a entrar en la dinámica histórica para cambiar drásticamente la historia que los hombres de traje querían imponernos. Nos pusimos en pie para aplaudir a Fidel, no por lo que dijo, sino porque hablaba nuestro idioma.

Dos años antes de que Fidel acudiera al MPNA, pronunció un discurso ante la conferencia de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que se habían creado en 1960. Fidel repasó la trayectoria de la Revolución cubana, señalando sus limitaciones debido al severo bloqueo impuesto por el imperialismo estadounidense, y destacando la necesidad de sortear esas limitaciones para ofrecer lo mejor posible al pueblo cubano. «El bloqueo —dijo Fidel— no ha bloqueado nuestros logros». ¿Cuáles son estos logros?

La hazaña de proporcionar empleo a prácticamente todo nuestro pueblo, poniendo fin a la temporada muerta; acabar con el vicio, el juego, las drogas y la prostitución; erradicar el analfabetismo, con todos alcanzando al menos un nivel educativo de sexto curso y aspirando al de noveno; contar prácticamente con el mejor nivel de atención sanitaria pública de cualquier país subdesarrollado.

El bloqueo no pudo impedir eso, un conjunto de avances que no se habían logrado para cientos de millones de personas en todo el Tercer Mundo que no sufrían la asfixia ilegal por parte de Estados Unidos. Y entonces Fidel pronunció la única frase que hay que subrayar:

Los problemas no pueden impedirnos avanzar.

Y esa es la lección fundamental para el Tercer Mundo. Sí, el colonialismo devastó nuestros países. Sí, la estructura neocolonial sigue succionando los recursos y la riqueza de nuestros países. Sí, la estructura de la guerra y la deuda impone una carga enorme a cualquier país que intente ejercer su soberanía. Sí, todo eso es cierto, y son problemas. Pero los problemas no pueden impedirnos avanzar.

Una noche en el Kremlin, en Moscú, poco después de la Revolución de Octubre, Lenin trabajaba hasta tarde —como solía hacer—, rodeado de montones de documentos y libros. Estaba garabateando en un memorándum con su pluma estilográfica de esmalte verde. El edificio del Kremlin apenas tenía calefacción y la electricidad era intermitente (no es de extrañar que Lenin dijera en 1920 que «el comunismo es el poder soviético más la electrificación de todo el país»). El gobierno soviético funcionaba con una infraestructura administrativa muy limitada, casi sin personal con experiencia en instituciones complejas y, sin duda, con medios de comunicación entre ministerios atroces.

Un joven guardia que solía permanecer de pie junto a Lenin durante esas largas tardes le preguntó una vez con gran sinceridad: «¿Cómo es posible que podamos gobernar un país en estas condiciones: sin combustible, sin suministros, con enemigos por todas partes?».

Lenin, demasiado absorto en los documentos sobre la distribución de alimentos como para levantar la vista, respondió: «Debemos construirlo de todos modos. No hay otra manera».

El periodista Edgar Snow, autor del notable libro La estrella roja sobre China (1937), describe cómo Mao trabajaba en su yaodong (vivienda rupestre) en Yan’an, provincia de Shaanxi (China), mientras los japoneses los bombardeaban y las tropas comunistas defendían sus posiciones frente a las fuerzas nacionalistas. La oficina de Mao era sencilla: una mesa de madera con una lámpara de aceite, rodeada de papeles e informes sobre la grave escasez de alimentos y suministros y la necesidad de equipamiento militar. Es en esta mesa donde Mao escribió sus importantes ensayos teóricos Sobre la práctica y Sobre la contradicción, y donde tomaba notas e informes sobre los asuntos urgentes que tenía entre manos.

Un visitante entró en su cueva, se sentó un rato con Mao, lo observó en su mesa y luego dijo: «¿Es desde aquí desde donde dirige la revolución?».

Mao, al igual que Lenin, no se inmutó. Pero dijo con sencillez: «Desde aquí, cambiaremos China».

Tengo estas historias en mi cuaderno, archivadas bajo el título «La construcción del socialismo en el Tercer Mundo». No se trata de lo cotidiano del lugar donde trabajaron Lenin y Mao, y más tarde Fidel: la fría oficina del Kremlin, la mesa de madera en Yan’an o el asiento trasero de un jeep de regreso a La Habana a altas horas de la noche. Se trata de la dedicación a la construcción del socialismo independientemente de las condiciones, independientemente de la falta de desarrollo de las fuerzas productivas.

Ni Lenin, ni Mao, ni Fidel fueron socialistas utópicos. Rechazaban a quienes creían que se podía pasar directamente de la pobreza a la riqueza. Todos ellos habían leído a Marx, en particular el folleto tan difundido y estudiado «Crítica al Programa de Gotha» (1875), en el que Marx escribía: «El derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado». Una sociedad con fuerzas productivas incapaces de generar un excedente suficiente y, por lo tanto, con instituciones culturales y de ocio insuficientes, no podría por sí sola constituir la emancipación humana. Los derechos liberales a la propiedad en un sistema capitalista, por ejemplo, garantizan a toda persona la «libertad de poseer propiedad» —que había sido restringida en las formaciones sociales precapitalistas—, pero no garantizan la «libertad de la propiedad», o dicho de otro modo, el ser libre de la tiranía de carecer de propiedad. Solo «en una fase superior de la sociedad comunista», que haya pasado del reino de la necesidad al de la libertad —con la abundancia como su característica—, se proporciona la base social para la libertad. «Solo entonces», escribió Marx en 1875, «podrá traspasarse por completo el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad inscribir en sus estandartes: De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades».

Lenin, Mao y Fidel sabían que ese argumento diferenciaba su tradición de la del utopismo y el liberalismo. Pero cada uno de ellos comprendía un axioma fundamental: el desarrollo desigual del capitalismo en condiciones coloniales y neocoloniales no permitiría a las naciones más pobres desarrollar sus fuerzas productivas, sino que solo les permitiría agravar su subdesarrollo. Esto significaba que los frentes de liberación nacional tenían que derrocar a los gobernantes coloniales y luego llevar a cabo dos tareas históricas simultáneamente y con gran habilidad: construir las fuerzas productivas (lo que debería haber sido tarea de la burguesía) y socializar los medios de producción (que es la misión teórica del proyecto socialista). En las naciones más pobres, tanto la tarea de la burguesía como la del proletariado deben ser llevadas a cabo por las fuerzas socialistas bajo una presión inmensa: los problemas no pueden impedirnos avanzar; debemos construirla de todos modos. No hay otro camino; y, desde aquí, cambiaremos China.

Estoy sentado en una habitación de hotel en Durban con Fidel y otras personas de su delegación para la Conferencia Mundial contra el Racismo. Me está haciendo preguntas sobre el sistema de castas en la India y el significado de la discriminación por motivos de casta. La curiosidad de Fidel es contagiosa y consciente de sí misma; en otras palabras, es consciente de lo que no sabe y de lo que no entiende. Hago todo lo posible, admirado por él, por explicarle las cosas. En 2001 tengo treinta y cuatro años y me pregunto cómo estará mi hija de seis meses en casa. Intento explicarle lo que sé, pero al mismo tiempo pienso que ojalá hubiera traído una cámara para hacernos una foto juntos.

Fidel comienza a hablarme de las dificultades de construir el socialismo y de cómo la Revolución cubana no había hecho lo suficiente, de forma explícita y abierta, para derribar las jerarquías de raza y género en las primeras décadas. Sí, la Revolución cubana había eliminado la segregación en los espacios públicos, pero no se había hecho lo suficiente para abordar la naturaleza arraigada del racismo (y aunque esto era en 2001, y aunque él estuviera diciendo todo esto, la Revolución cubana tardaría hasta 2019 en establecer el Programa Nacional contra el Racismo y la Discriminación Racial). Era importante abordar las realidades obstinadas, partir de los hechos concretos y luego tratar de encontrar el método para cambiar la situación. La negación de los hechos es un impedimento para el progreso. Eso tenía claro Fidel. Pero la precisión era importante.

El último día, Fidel habló durante unas dos horas en el foro de ONG, ofreciendo a los delegados una lección magistral sobre las realidades más crudas.

«El racismo, la discriminación racial y la xenofobia —afirmó— no son reacciones instintivas naturales de los seres humanos, sino más bien un fenómeno social, cultural y político que surge directamente de las guerras, las conquistas militares, la esclavitud y la explotación individual o colectiva de los más débiles por parte de los más poderosos a lo largo de toda la historia de las sociedades humanas». Si afrontamos ese hecho, entonces no basta con celebrar seminarios sobre cómo comportarse mejor o compartir buenas prácticas para acabar con el racismo; debemos cambiar el sistema que dota a las jerarquías sociales de tal poder: derrocar y transformar el sistema capitalista.

Mientras estaba sentado con Fidel, planteé la distinción que Marx establece entre el «reino de la libertad» y el «reino de la necesidad»: el primero, la zona de aquellas partes del mundo que han sido capaces —en parte gracias al colonialismo— de dotarse de fuerzas productivas avanzadas y, por lo tanto, han sentado las bases para su transición al socialismo; el segundo —las víctimas del saqueo colonial— aún no ha superado las necesidades básicas de la población y, por lo tanto, está lejos del socialismo. Y, sin embargo, a pesar de Marx, fue en el reino de la necesidad donde tuvieron lugar las revoluciones, y es en el reino de la necesidad, por lo tanto, donde el socialismo, como escribió el Che en 1965, «es joven y tiene sus errores». «Cometemos nuestros errores —dijo Fidel—, pero debemos ser honestos al respecto. No podemos fingir que no cometemos errores. Pero también debemos recordarnos a nosotros mismos que tenemos algunas certezas. No podemos estar siempre disculpándonos por nuestros esfuerzos cuando estos solo tienen como objetivo hacer del mundo un lugar más humano».

Estas frases las escribí por la noche en mi habitación, en mi cuaderno.

Intenté reconstruir la conversación en la medida de lo posible, pero, por desgracia, la mayor parte permanece como un recuerdo difuso. Pero eso es precisamente lo que quiero decir. Un revolucionario como Fidel no nos ofrece solo tal o cual idea. Esas ideas se pueden leer en sus discursos y en sus ensayos. Lo que nos ofrece, sobre todo en esos momentos íntimos, es el ejemplo absoluto de un revolucionario: lo que Ho Chi Minh denominó la necesidad de la emulación. Verle explicar sus ideas con su pasión y su certeza solo me hizo sentir más apasionado y seguro, y me aumentó el deseo de emularlo no a él —pues eso habría sido cómico—, sino esta participación en la lucha por salvar a nuestra humanidad de la brutalidad y por intentar construir honestamente un mundo socialista.

Si escuchas los discursos más importantes de Fidel, verás que están llenos de detalles que parecen irrelevantes para el público que tiene ante sí. Parece leer los registros de producción agrícola de cada distrito de Cuba, contando a los asistentes en la plaza de la Revolución los más mínimos detalles de la administración burocrática. ¿Por qué hace esto? Sí, es cierto que Fidel era el gran maestro, nuestro profesor revolucionario, y al mismo tiempo, Fidel era el presentador de televisión que daba las noticias diarias. Pero estaba haciendo algo más que es importante. Nos estaba diciendo que el socialismo se basa en los detalles: estar atento a la ciencia de la construcción de las fuerzas productivas y ser claro y honesto sobre los reveses, así como abrir la puerta a la participación de las masas para transformar los fracasos en éxitos y cambiar los hechos.

He dedicado décadas a estudiar la construcción del socialismo, desde la Unión Soviética hasta Cuba, pero sobre todo la experiencia de Vietnam. Leer y releer los documentos del Viet Minh y del Gobierno de la República Democrática de Vietnam —incluidos los informes y resúmenes de Ho Chi Minh—me ha fascinado por esa insistencia en los detalles y en la honestidad. En 1957, el primer ministro Pham van Dong escribió una nota sobre los avances en la elaboración del primer plan quinquenal (1961-1965). «Dado que nuestro país sigue siendo un país agrícola atrasado en el que predomina la economía de los pequeños productores, en materia de gestión económica debemos ser cautelosos y corregir la gestión burocrática que da demasiada importancia a las medidas administrativas». Construir el socialismo es experimentar con políticas y ponerlas a prueba en función de su capacidad para resolver los problemas básicos del pueblo. En el ámbito de la necesidad, no se pueden ignorar las necesidades del pueblo. La lista es bien conocida: sanidad, educación, alimentación, vivienda, cuidado infantil, cuidado de las personas mayores, vitalidad cultural, organización comunitaria; los problemas no pueden impedirnos avanzar; debemos construirlo de todos modos. No hay otra manera; y, desde aquí, cambiaremos China.

La última vez que vi a Fidel en La Habana, me dijo: «Deja el café. Toma té de moringa».

La historia de Fidel y la moringa nos lleva de vuelta a la India. La casa de Fidel en La Habana tenía un jardín donde cultivaba la planta de moringa. Moringa, que proviene de la palabra tamil murungai (vaina retorcida), se refiere a una planta que se utiliza en todo el sur de la India casi a diario en la alimentación y con la que se elaboran diversas mezclas por motivos de salud. Tras el terremoto de Haití en 2010, Fidel preguntó a la profesora Concepción Campa Huergo (a quien Fidel llamaba Conchita), directora del Instituto Finlay en Cuba, qué se podía hacer para abordar la cuestión de la soberanía alimentaria en Haití. Hablaron de la moringa como posible cultivo alimenticio, por lo que Conchita viajó a la India (a Andhra Pradesh, Kerala y Tamil Nadu) para estudiar la planta, conseguir semillas y llevarlas a Cuba. Estas plantas contribuyen ahora al bienestar del pueblo cubano (también se plantaron en Haití). Castro solía tomar té de moringa para ayudarle a dormir por la noche y por sus propiedades medicinales en general.

En junio de 2020, en La Sierpe (provincia de Sancti Spíritus, Cuba), se inauguró la Planta de Procesamiento Integrado de Moringa, perteneciente a la Empresa Agroindustrial de Granos del Sur de Jíbaro. Se trataba de la primera planta de este tipo en Cuba. Más de treinta personas trabajaron para cultivar dieciséis acres de moringa y procesarla en polvo de moringa para té, pan y pienso para animales. Más tarde, supe que hay otra planta en Pinar del Río, y otra en Santiago de Cuba… cada una de ellas aumentando la soberanía alimentaria de la gente, cada una haciendo que la gente esté más sana, cada una construyendo —a su pequeña manera— las bases para una sociedad mejor.

Bebed té de moringa; los problemas no pueden impedirnos avanzar; debemos construirla de todos modos. No hay otra manera; y, desde aquí, cambiaremos China…y Cuba, y el mundo.

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