Los nuevos referentes mediáticos y la política
Por Manolo Pichardo.
La verticalidad de la información se transformó radicalmente con la llegada de internet. El monopolio del comunicador tradicional en televisión, radio y prensa escrita dio paso a creadores de contenido y medios alternativos que hoy dinamizan el debate público y marcan la narrativa.
Esta horizontalización de la comunicación, impulsada por la inmediatez digital y la crisis de los medios impresos, democratizó el acceso a la libre expresión, pero también diluyó las fronteras del ejercicio periodístico.Si bien la apertura mediática redujo el control de los grandes grupos económicos sobre la opinión pública, también incrementó los riesgos de desinformación.
Aunque la manipulación no es un fenómeno nuevo y estuvo presente en los medios tradicionales, la velocidad de las plataformas digitales y la lógica de los algoritmos tienden a priorizar el espectáculo y el consumo rápido sobre el rigor y el análisis exhaustivo.Este entorno ha favorecido la visibilidad de nuevos actores que apelan al sensacionalismo para ganar audiencia.
Convertidos en referentes de opinión para sectores de la sociedad, sus discursos no siempre cuentan con el sustento conceptual o la verificación técnica necesarios. Sin embargo, capturar la atención o generar métricas masivas en plataformas digitales no equivale a ejercer un liderazgo político efectivo: la visibilidad en redes no se traduce automáticamente en capacidad de gestión, articulación social o poder real para transformar la institucionalidad.
Atribuir este panorama únicamente a los nuevos creadores resulta incompleto. El fenómeno refleja debilidades estructurales en el sistema educativo y una falta de alfabetización digital causada por la desidia del Estado, que históricamente ha cedido ante presiones coyunturales y electorales.
Más que líderes con un peso político propio, algunos de estos referentes suelen ser figuras emergentes dentro de un ecosistema donde diversos grupos de interés aprovechan su alcance mediático para moldear la opinión pública y la cultura, normalizando lo vulgar y soez, estimulando el desprecio por la educación, el irrespeto a las leyes y a los demás: degradando el debate.
