Los partidos dominicanos le temen a sus propias bases.
Tres décadas de primarias manipuladas, expulsiones y estatutos reescritos a medida revelan el patrón que paraliza a la política dominicana.
Por Cesarín Leonardo Febles M.A.
Dicen que Danilo Medina quedó con el rostro desencajado. No por una derrota electoral, no por una crisis de Estado, sino por algo mucho más íntimo y devastador: una encuesta interna que le mostró, en números fríos, que los hombres en los que más confiaba —Reinaldo Pared, Temístocles Montás, Francisco Domínguez Brito— no sumaban entre los tres ni el 10% de las preferencias de su propia militancia. Luis Reyes lo contó en *Una Nueva Mañana* con la soltura de quien describe algo que en los pasillos del poder se sabe desde hace tiempo, pero nadie pronuncia en voz alta.
La anécdota importa no por el chisme político que contiene, sino por la verdad estructural que expone: en República Dominicana, los partidos evitan sus propias elecciones internas porque saben lo que encontrarían.
El capítulo del PLD con Gonzalo Castillo es quizás el más revelador. En 2019, la maquinaria del danilismo organizó una contienda interna cuestionada para imponerle al partido un candidato presidencial que, al final, tampoco convencería al electorado en las generales de 2020. Lo que estaba en juego no era un proceso democrático, sino el control de la sucesión. Leonel Fernández denunció que todo fue una maniobra de poder diseñada para cerrarle el paso y asegurar el control de la organización en manos del círculo íntimo de Medina —esto, después de casi 50 años de hermandad política entre ambos, desde que juntos ayudaron a fundar el PLD en 1973.
Lo paradójico es que Juan Bosch había diseñado ese partido precisamente para evitar los vicios del PRD: prohibió el culto a la personalidad, desalentó las corrientes internas y limitó las aspiraciones personales sin el consentimiento de los organismos del partido. Lo que quiso evitar terminó siendo exactamente lo que destruyó su creación. El partido que nació como antídoto a los caudillismos acabó fracturado entre leonelistas y danilistas, dos cortes de poder tan herméticos como los que Bosch había jurado nunca construir.
El PRD, por su parte, lleva décadas perfeccionando el arte de la implosión. Las divisiones del partido blanco continuaron con el intento de reelección de Hipólito Mejía, quien impulsó una reforma constitucional para buscar un nuevo período, contradiciendo los principios históricos del PRD. La derrota electoral de 2004 desencadenó una crisis que fragmentó al partido en varias facciones. Luego vino la guerra entre Mejía y Miguel Vargas Maldonado por el control de la organización. En enero de 2014, la Casa Nacional del PRD fue literalmente un campo de batalla, con hechos violentos tras una reunión convocada por Vargas. Las confrontaciones entre ambas corrientes llevaron a expulsiones, renuncias y enfrentamientos públicos que terminaron desangrando la organización , dando origen, ese mismo septiembre, al PRM.
Es decir: el partido gobernante hoy en República Dominicana nació de una crisis interna que nadie supo resolver por las vías democráticas. Es un dato que merece más atención de la que normalmente recibe.
Porque el PRM no escapa al patrón. En su Convención Nacional, el partido modificó formalmente sus estatutos para eliminar la prohibición a la reelección presidencial, abriendo el camino para que Luis Abinader pudiera aspirar a un segundo mandato consecutivo en 2024. Ahora, con Abinader reelecto y la sucesión de 2028 ya en marcha, la cúpula del PRM ha convocado reuniones para definir el método de escogencia de sus autoridades internas, en una movida que neutraliza las voces disidentes contra la intención de prolongar el mandato de la actual dirigencia. El guion no cambia: cuando las reglas no favorecen a quienes mandan, se cambian las reglas.
Como un analista de la realidad sociopolítica de mi país y estudioso de los procesos históricos que han dado como resultado el estado de cosa que a nivel institucional presenta nuestro pedacito de tierra, no quiero ni pretendo tener la razón, pero es necesario señalar que la renovación del liderazgo político partidario no es solo deseable, es urgente. Pero la historia reciente enseña que esa renovación no llega sola. Las tensiones internas que afloran en el PRM por la competencia entre sus figuras presidenciales son una advertencia para toda la oposición: tanto la Fuerza del Pueblo como el PLD enfrentan el mismo desafío de preservar la cohesión interna mientras avanzan hacia 2028. Esto revela qué, el problema es sistémico, no partidario.
Es triste ver jóvenes aspirantes a ser partes de la dirigencia política ver desvanecerse sus sueños cada vez que un anunciado proceso interno es traumado por quienes no quieren soltar y dar chance a otros y al visualizar una quimera, una utopía —como parece ser en el sistema partidario dominicano— la renovación, creo necesario significar que juventud (segmento poblacional mayoritario) que tanta incidencia tienen en las votaciones —esa que avanza sigilosamente, rompiendo corozas— tiene frente a sí algo más complicado que un adversario, y esa cultura política que lleva treinta años enseñando que las elecciones internas son un riesgo que los poderosos no están dispuestos a correr.
Cambiar eso requiere algo más que participación. Requiere la voluntad de obligar a que las reglas se cumplan, aunque el resultado incomode a quienes llevan décadas mirándose en el espejo y creyendo que lo que ven coincide con lo que quiere la gente.
El rostro desencajado de Danilo Medina —al que se refirió Reyes— ante unas cifras que nadie quería ver sigue siendo la metáfora más honesta de la política dominicana. Los partidos pueden seguir redactando estatutos a su medida, blindando candidatos y postergando sus procesos. Pero las bases siguen ahí, esperando que alguien, por fin, se atreva a preguntarles.
Sobre el autor:
Cesarín Leonardo Febles M.M es comunicador, educador y analista de tendencias sociales.
