Mudanza y acarreo. La sociedad se mudó. Los políticos se quedaron en su casa

Por Manuel Martínez.

Hubo un tiempo en que mudarse era un acontecimiento. En los barrios de clase media y popular, cambiar de vivienda movilizaba a los vecinos. Aparecía un camión, alguien cargaba la nevera, otro desmontaba las camas y varios acompañaban a la familia hasta su nuevo hogar. Era un espectáculo de sudor, solidaridad y cariño. Nadie cobraba por ayudar.

Aquella escena casi ha desaparecido, pero la mudanza continúa. Millones de personas trasladaron buena parte de sus vidas a Instagram, Facebook, TikTok y WhatsApp. Allí conversan, discuten, denuncian, se informan y construyen relaciones. Cambiaron de domicilio sin pedir permiso. Mientras tanto, buena parte de la dirigencia política dominicana se quedó administrando la casa vieja.

Basta observar las redes de nuestros partidos. Un dirigente cumple años y comienza el espectáculo: fotografías, felicitaciones, diseños conmemorativos y elogios dignos de un prócer nacional. Otro participa en una reunión y aparecen veinte fotografías de la misma mesa. Un tercero organiza una actividad interna y aquello se convierte en una celebración de su propia importancia.

¿A quién le importa semejante despliegue fuera del círculo de sus protagonistas? ¿Qué ciudadano encuentra respuestas a sus problemas mirando las felicitaciones de cumpleaños de un político?

La facilidad de publicar democratizó la comunicación, pero también desató una epidemia de vanidad política. Nunca tantos dirigentes tuvieron tantas oportunidades de exhibirse con tan poco que comunicar. Confunden presencia con influencia, fotografías con liderazgo y comentarios de sus compañeros con respaldo ciudadano. Han convertido las redes en un álbum familiar donde los mismos producen, consumen y celebran sus mensajes.

La experiencia brasileña de 2026 ofrece elementos para reflexionar. La confrontación entre Lula y Flávio Bolsonaro también se desarrolló intensamente en el espacio digital. Los debates continuaron después de cada transmisión mediante fragmentos audiovisuales, comentarios y nuevas interpretaciones. Pero la atención digital no equivale necesariamente a intención de voto. Una cosa es conseguir reproducciones y otra, conquistar voluntades.

Aquí seguimos obsesionados con producir imágenes que aparenten actividad. El dirigente aparece rodeado, saludando, inaugurando o pronunciando discursos. Casi nunca escuchando. Y cuando intenta proyectar algo diferente, algunas producciones olvidan que una imagen necesita sentido antes que espectacularidad.

Pensemos en un dirigente experimentado, vestido de saco y corbata, arrastrando un recipiente lleno de libros dentro de una biblioteca. ¿Qué pretende comunicar? ¿Conocimiento, esfuerzo, cercanía, modernidad? La pregunta no es cuánto costó producir aquella escena, sino si alguien pensó seriamente en su significado.

Nuestros políticos no necesitan convertirse artificialmente en muchachos de veinte años, bailar frente a una cámara ni disfrazarse de personajes que no son. La autenticidad no se fabrica con vestuario ni siguiendo tendencias. Tampoco la experiencia o la preparación intelectual garantizan por sí solas conexión con la ciudadanía.

El problema es más profundo. Muchos partidos siguen creyendo que comunicar consiste en hablar y que el ciudadano tiene la obligación de escuchar. No comprenden que las personas también producen contenidos, cuestionan, comparan y deciden qué merece su atención. El viejo discurso vertical tropieza con una sociedad que ya no espera sentada frente al televisor para recibir instrucciones.

Y aquí aparece el verdadero significado del acarreo. Durante décadas, la política dominicana utilizó esa palabra para describir el traslado de personas hacia concentraciones y actividades. Hoy la sociedad se trasladó por su propia cuenta. El desafío ya no consiste en llenar vehículos ni multiplicar publicaciones, sino en comprender dónde ocurren las conversaciones públicas y qué preocupaciones las alimentan.

La política necesita recuperar el contacto con la realidad, no multiplicar sus retratos. Necesita menos celebraciones internas y más capacidad para escuchar a quienes no pertenecen a ningún partido. Un millón de reproducciones no representa necesariamente un millón de ciudadanos convencidos, como tampoco una fotografía multitudinaria explica lo que piensa un país.

La gente hizo su mudanza. Se llevó sus preocupaciones, frustraciones, aspiraciones y conversaciones. Los partidos todavía discuten quién aparece en la fotografía, quién ocupa la primera fila y a quién corresponde felicitar.

El camión se fue hace tiempo. Y todavía hay dirigentes esperando que el pueblo regrese a buscarlos.

Manuel Martínez
Profesor universitario
Magíster en Comunicación Visual

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