Planificación territorial, ambiente y vida cotidiana en la República Dominicana.

 

𝐏𝐨𝐫 𝐋𝐮𝐢𝐬 𝐂𝐚𝐫𝐯𝐚𝐣𝐚𝐥 𝐍𝐮́𝐧̃𝐞𝐳

𝐀𝐑𝐓𝐈́𝐂𝐔𝐋𝐎 𝟒 𝐃𝐄 𝟔

𝐀𝐆𝐔𝐀, 𝐙𝐎𝐍𝐀𝐒 𝐃𝐄 𝐕𝐈𝐃𝐀, 𝐆𝐄𝐎𝐌𝐎𝐑𝐅𝐎𝐋𝐎𝐆𝐈́𝐀 𝐘 𝐂𝐔𝐄𝐍𝐂𝐀𝐒: 𝐋𝐀 𝐅𝐔𝐍𝐂𝐈𝐎́𝐍 𝐄𝐂𝐎𝐋𝐎́𝐆𝐈𝐂𝐀 𝐃𝐄𝐋 𝐓𝐄𝐑𝐑𝐈𝐓𝐎𝐑𝐈𝐎

𝐈𝐃𝐄𝐀𝐒 𝐂𝐄𝐍𝐓𝐑𝐀𝐋𝐄𝐒

𝐈𝐝𝐞𝐚 𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐥 𝟏: El agua debe ser el eje superior de la planificación territorial dominicana.

𝐈𝐝𝐞𝐚 𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐥 𝟐: Las zonas de vida, las provincias ecológicas, la geomorfología, la altitud, la pendiente, los suelos y las cuencas permiten entender qué puede sostener cada territorio.

𝐈𝐝𝐞𝐚 𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐥 𝟑: Donde se produce agua, donde hay humedales, zonas de recarga, laderas frágiles, bosques protectores o sistemas kársticos, la planificación debe establecer límites claros a la urbanización, la minería, el turismo intensivo y las infraestructuras contaminantes.

𝐔𝐧 𝐩𝐚𝐢́𝐬 𝐢𝐧𝐬𝐮𝐥𝐚𝐫, 𝐦𝐨𝐧𝐭𝐚𝐧̃𝐨𝐬𝐨, 𝐭𝐫𝐨𝐩𝐢𝐜𝐚𝐥 𝐲 𝐯𝐮𝐥𝐧𝐞𝐫𝐚𝐛𝐥𝐞 𝐚𝐥 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐨 𝐜𝐥𝐢𝐦𝐚́𝐭𝐢𝐜𝐨 𝐧𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐫 𝐬𝐮 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐢𝐠𝐧𝐨𝐫𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐚𝐠𝐮𝐚.

La República Dominicana depende de cordilleras, sierras, ríos cortos, pendientes fuertes, acuíferos, humedales, manglares, bosques nublados, bosques ribereños, zonas de recarga y llanuras de inundación.

Cuando uno de esos componentes se altera, el impacto no se queda en el lugar del daño. Baja por la cuenca, llega a los valles, afecta acueductos, cultivos, presas, ciudades, costas y familias.

Para comprender esa complejidad basta mirar cómo está dividido el país. 𝐄𝐧 𝐚𝐩𝐞𝐧𝐚𝐬 𝟒𝟖,𝟒𝟒𝟐 𝐤𝐢𝐥𝐨́𝐦𝐞𝐭𝐫𝐨𝐬 𝐜𝐮𝐚𝐝𝐫𝐚𝐝𝐨𝐬, la República Dominicana reúne 𝟏 𝐃𝐢𝐬𝐭𝐫𝐢𝐭𝐨 𝐍𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥, 𝟑𝟏 𝐩𝐫𝐨𝐯𝐢𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬, 𝟏𝟓𝟖 𝐦𝐮𝐧𝐢𝐜𝐢𝐩𝐢𝐨𝐬 𝐲 𝟐𝟑𝟓 𝐝𝐢𝐬𝐭𝐫𝐢𝐭𝐨𝐬 𝐦𝐮𝐧𝐢𝐜𝐢𝐩𝐚𝐥𝐞𝐬. Sobre ese mismo territorio se colocan, además, 𝟏𝟎 𝐑𝐞𝐠𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐔́𝐧𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐏𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧: Cibao Norte, Cibao Sur, Cibao Nordeste, Cibao Noroeste, Valdesia, Enriquillo, El Valle, Yuma, Higuamo y Ozama. A esa división administrativa se superponen 𝟑𝟎 𝐠𝐫𝐚𝐧𝐝𝐞𝐬 𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐚𝐬, 𝟏𝟕 𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐚𝐬 𝐜𝐨𝐬𝐭𝐞𝐫𝐚𝐬 𝐲 𝟏𝟖 𝐬𝐮𝐛𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐚𝐬 𝐩𝐫𝐢𝐧𝐜𝐢𝐩𝐚𝐥𝐞𝐬; otras escalas hidrológicas identifican 𝟗𝟕 𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐫𝐞𝐧𝐚𝐧 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐚 𝐞𝐥 𝐦𝐚𝐫. También se reconocen 𝟗 𝐳𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐩𝐫𝐢𝐧𝐜𝐢𝐩𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐇𝐨𝐥𝐝𝐫𝐢𝐝𝐠𝐞, 𝐦𝐚́𝐬 𝐯𝐚𝐫𝐢𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐭𝐫𝐚𝐧𝐬𝐢𝐜𝐢𝐨́𝐧; 𝟑 𝐩𝐫𝐨𝐯𝐢𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐞𝐜𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐩𝐫𝐢𝐧𝐜𝐢𝐩𝐚𝐥𝐞𝐬; 𝐚𝐥𝐫𝐞𝐝𝐞𝐝𝐨𝐫 𝐝𝐞 𝟐𝟎 𝐫𝐞𝐠𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐠𝐞𝐨𝐦𝐨𝐫𝐟𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚𝐬; 𝟏𝟑𝟏 𝐮𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐒𝐢𝐬𝐭𝐞𝐦𝐚 𝐍𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐀́𝐫𝐞𝐚𝐬 𝐏𝐫𝐨𝐭𝐞𝐠𝐢𝐝𝐚𝐬; y múltiples divisiones por ecosistemas, cobertura vegetal, suelos, riesgos, corredores biológicos, zonas agrícolas, zonas urbanas, zonas turísticas, zonas industriales, reservas de biosfera y territorios de alto valor ambiental. 𝐄𝐥 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐭𝐞𝐧𝐞𝐫 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐦𝐚𝐩𝐚𝐬. 𝐄𝐥 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚 𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐬𝐨𝐬 𝐦𝐚𝐩𝐚𝐬 𝐫𝐚𝐫𝐚 𝐯𝐞𝐳 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐞𝐫𝐬𝐚𝐧 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐬𝐢́: el mapa político decide una cosa, el mapa del agua dice otra, el mapa de pendientes advierte otra, el mapa ecológico reclama otra, y el mercado muchas veces pretende imponerse sobre todos.

Por eso, 𝐥𝐚 𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐚 𝐡𝐢𝐝𝐫𝐨𝐠𝐫𝐚́𝐟𝐢𝐜𝐚 𝐞𝐬 𝐮𝐧𝐚 𝐮𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐞𝐬𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧. Una cuenca integra cabeceras, laderas, ríos, afluentes, cañadas, suelos, vegetación, asentamientos humanos, agricultura, industrias, descargas, inundaciones, acuíferos y desembocaduras.

𝐋𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐨𝐜𝐮𝐫𝐫𝐞 𝐚𝐫𝐫𝐢𝐛𝐚 𝐚𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐞 𝐚𝐛𝐚𝐣𝐨.

Si se deforesta una cabecera, aumenta la erosión.

Si se remueve una ladera, baja el sedimento.

Si se contamina un afluente, enferman comunidades aguas abajo.

Si se rellena un humedal, se pierde capacidad natural de amortiguamiento.

Si se urbaniza una zona de recarga, se reduce la infiltración y aumenta la escorrentía.

Si se impermeabiliza demasiado suelo, el agua deja de entrar a la tierra y empieza a correr con violencia sobre calles, cañadas y barrios.

En República Dominicana esto no es teoría. El Yaque del Norte, el Yaque del Sur, el Yuna, el Ozama-Isabela, el Nizao, el Haina, el Camú, el Soco, el Artibonito y muchas otras cuencas demuestran que el agua no respeta límites provinciales ni municipales. Un daño en la montaña puede convertirse en inundación, sequía, contaminación o escasez en lugares muy distantes.

Por eso, una regla de planificación debe quedar clara:

𝐥𝐚 𝐫𝐞𝐠𝐢𝐨́𝐧 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐬𝐞𝐫𝐯𝐢𝐫 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐮𝐩𝐮𝐞𝐬𝐭𝐚𝐫 𝐲 𝐜𝐨𝐨𝐫𝐝𝐢𝐧𝐚𝐫; 𝐥𝐚 𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐚 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐬𝐞𝐫𝐯𝐢𝐫 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐨𝐫𝐝𝐞𝐧𝐚𝐫 𝐞𝐥 𝐚𝐠𝐮𝐚 𝐲 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐛𝐥𝐞𝐜𝐞𝐫 𝐥𝐢́𝐦𝐢𝐭𝐞𝐬 𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞𝐧𝐭𝐚𝐥𝐞𝐬.

Las 𝐳𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐇𝐨𝐥𝐝𝐫𝐢𝐝𝐠𝐞 aportan otra lectura imprescindible. Nos ayudan a clasificar el territorio según condiciones bioclimáticas, especialmente temperatura, precipitación y humedad.

No se planifica igual en bosque seco que en bosque húmedo.

No se planifica igual en un valle agrícola que en una llanura costera.

No se planifica igual en una zona montana que en un bosque nublado.

No se planifica igual en el suroeste seco, en la Cordillera Central, en la Cordillera Septentrional, en Los Haitises, en la Sierra de Bahoruco, en el valle del Cibao o en las zonas costeras del este y del sur.

Cada zona tiene distinta disponibilidad de agua, distinta productividad, distinta biodiversidad, distinto riesgo de incendios, distinta capacidad de regeneración y distinta fragilidad.

𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐥𝐚𝐬 𝐳𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐧𝐨 𝐛𝐚𝐬𝐭𝐚𝐧 𝐬𝐨𝐥𝐚𝐬. Deben cruzarse con geomorfología, pendiente, suelos, riesgo, biodiversidad, usos actuales, presión urbana, infraestructura existente y memoria comunitaria.

Un mapa bioclimático puede decir qué tipo de ambiente domina, pero no indica por sí solo si una ladera puede urbanizarse, si un relleno es estable, si una cañada fue ocupada, si un humedal fue ocultado, si una cueva está conectada al agua subterránea o si una carretera abrirá paso a la fragmentación ecológica.

Las provincias ecológicas, trabajadas en la tradición dominicana por investigadores como Eleuterio Martínez, ayudan a mirar el país como un mosaico vivo: cordilleras, sierras, valles, llanuras, humedales, manglares, bosques secos, bosques húmedos, bosques nublados, zonas kársticas, áreas de endemismo y corredores biológicos.

Ese enfoque tiene un enorme valor educativo porque rompe la visión plana del territorio.

𝐋𝐚 𝐑𝐞𝐩𝐮́𝐛𝐥𝐢𝐜𝐚 𝐃𝐨𝐦𝐢𝐧𝐢𝐜𝐚𝐧𝐚 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐮𝐧𝐚 𝐬𝐮𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐬𝐨𝐥𝐚𝐫𝐞𝐬.

Es una isla de contrastes intensos, donde una loma puede producir agua para miles de personas, un humedal puede proteger una ciudad, un manglar puede defender una costa, un bosque seco puede guardar especies únicas y una zona kárstica puede sostener acuíferos, cuevas, biodiversidad y memoria cultural.

𝐋𝐚 𝐠𝐞𝐨𝐦𝐨𝐫𝐟𝐨𝐥𝐨𝐠𝐢́𝐚 𝐚𝐠𝐫𝐞𝐠𝐚 𝐨𝐭𝐫𝐚 𝐝𝐢𝐦𝐞𝐧𝐬𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐯𝐚. El territorio tiene pendientes, fallas, terrazas, abanicos aluviales, dunas, costas, depresiones, montañas, valles, llanuras de inundación y sistemas kársticos.

La pendiente determina erosión, deslizamientos, escorrentía, estabilidad de viviendas, costos de infraestructura y capacidad de infiltración.

La altitud influye en temperatura, nubosidad, producción de agua, cultivos, biodiversidad y fragilidad ecológica.

Los sistemas kársticos, como Los Haitises, el Pomier y otras zonas de calizas, no pueden tratarse como piedra muerta. Allí el agua circula por grietas, cavernas y conductos subterráneos. Lo que se contamina o se rompe arriba puede aparecer después en manantiales, acuíferos, ríos, cuevas y comunidades.

Por eso hay que decirlo con claridad:

𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐫 𝐬𝐢𝐧 𝐩𝐞𝐧𝐝𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐞𝐬 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐫𝐢𝐳𝐚𝐫 𝐝𝐞𝐬𝐥𝐢𝐳𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨𝐬 𝐟𝐮𝐭𝐮𝐫𝐨𝐬;

𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐫 𝐬𝐢𝐧 𝐥𝐥𝐚𝐧𝐮𝐫𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐢𝐧𝐮𝐧𝐝𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐞𝐬 𝐟𝐚𝐛𝐫𝐢𝐜𝐚𝐫 𝐝𝐚𝐦𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐝𝐨𝐬;

𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐫 𝐬𝐢𝐧 𝐚𝐜𝐮𝐢́𝐟𝐞𝐫𝐨𝐬 𝐞𝐬 𝐡𝐢𝐩𝐨𝐭𝐞𝐜𝐚𝐫 𝐞𝐥 𝐚𝐠𝐮𝐚;

𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐫 𝐬𝐢𝐧 𝐡𝐮𝐦𝐞𝐝𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐭𝐫𝐮𝐢𝐫 𝐝𝐞𝐟𝐞𝐧𝐬𝐚𝐬 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐬;

𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐫 𝐬𝐢𝐧 𝐳𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐞𝐬 𝐢𝐦𝐩𝐨𝐧𝐞𝐫 𝐮𝐬𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐧𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐬𝐨𝐬𝐭𝐞𝐧𝐞𝐫;

𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐫 𝐬𝐢𝐧 𝐠𝐞𝐨𝐦𝐨𝐫𝐟𝐨𝐥𝐨𝐠𝐢́𝐚 𝐞𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐢𝐫 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐢𝐠𝐧𝐨𝐫𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐩𝐞𝐥𝐢𝐠𝐫𝐨𝐬𝐚.

La asignación de funciones debe partir de esa lectura.

Una cabecera de cuenca debe tener como función principal producir, infiltrar, regular y proteger agua.

Una ribera debe funcionar como corredor ecológico, zona de amortiguamiento y espacio de seguridad.

Una llanura de inundación debe conservar capacidad para recibir agua, no convertirse en trampa urbana.

Un humedal debe reconocerse como infraestructura natural de protección, no como terreno baldío.

Una zona de recarga debe mantenerse permeable y protegida.

Una ladera frágil debe tratarse con conservación, restauración o usos cuidadosamente controlados.

Un valle agrícola estratégico debe protegerse como soporte de alimentación.

Una zona kárstica debe manejarse con extrema precaución por su relación con agua subterránea, cuevas, biodiversidad y patrimonio.

Una montaña productora de agua no debe ser tratada como simple depósito de minerales.

𝐄𝐥 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐥𝐢𝐜𝐭𝐨 𝐚𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐞 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐬𝐞 𝐚𝐬𝐢𝐠𝐧𝐚 𝐚𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐚𝐫𝐢𝐚 𝐚 𝐬𝐮 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐳𝐚.

Minería donde debe producirse agua.

Urbanización donde debe circular la inundación.

Turismo pesado donde debe mantenerse un humedal.

Vertedero donde debe protegerse un acuífero.

Industria contaminante donde vive una comunidad vulnerable.

Carreteras que fragmentan bosques sin evaluar escorrentías, pendientes ni conectividad ecológica.

Construcciones en cañadas que luego convierten la lluvia en tragedia anunciada.

𝐋𝐚 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐜𝐨𝐫𝐫𝐞𝐜𝐭𝐚 𝐧𝐨 𝐞𝐥𝐢𝐦𝐢𝐧𝐚 𝐞𝐥 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐫𝐫𝐨𝐥𝐥𝐨. 𝐋𝐨 𝐯𝐮𝐞𝐥𝐯𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐭𝐢𝐛𝐥𝐞 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚.

Dice dónde se puede producir, dónde se puede construir, dónde se puede cultivar, dónde se puede conservar, dónde se debe restaurar y dónde sencillamente no se debe intervenir.

𝐄𝐥 𝐚𝐠𝐮𝐚 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐬𝐞𝐫 𝐞𝐥 𝐩𝐫𝐢𝐦𝐞𝐫 𝐜𝐫𝐢𝐭𝐞𝐫𝐢𝐨.

Sin agua no hay ciudad, agricultura, turismo, industria, salud, escuela, hospital, comida ni familia posible.

Por eso, 𝐝𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐩𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐞 𝐚𝐠𝐮𝐚, 𝐥𝐚 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐡𝐢́𝐝𝐫𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐭𝐞𝐧𝐞𝐫 𝐫𝐚𝐧𝐠𝐨 𝐬𝐮𝐩𝐞𝐫𝐢𝐨𝐫.

De todo esto debe ocuparse el sistema educativo dominicano, desde la educación inicial hasta el postgrado, incluyendo la educación formal, no formal, técnica, comunitaria y especializada.

La población debe aprender a preguntar:

¿En qué cuenca vivimos?

¿Qué río nos sostiene?

¿Dónde nace el agua que bebemos?

¿Qué zonas de recarga debemos proteger?

¿Qué humedales nos defienden?

¿Qué laderas no deben urbanizarse?

¿Qué suelos producen comida?

¿Qué zonas de vida dominan nuestro territorio?

¿Qué actividades son incompatibles con la seguridad de la comunidad?

Una sociedad que aprende a leer el agua, la pendiente, el suelo, el clima, la vegetación, el riesgo y la memoria del lugar, se defiende mejor frente a la improvisación, la especulación y el falso desarrollo.

𝐄𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐭𝐞𝐧𝐞𝐫 𝐧𝐞𝐠𝐨𝐜𝐢𝐨𝐬.

Y cuando esas funciones se respetan, la planificación territorial deja de ser un documento frío y se convierte en una herramienta para proteger la vida cotidiana.

En el próximo artículo hablaremos de lo que la ciudad no quiere ver: relación ciudad-ruralidad, basura, aguas servidas, marginalidad y territorio.

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