Planificación territorial, ambiente y vida cotidiana en la República Dominicana
𝐏𝐨𝐫 𝐋𝐮𝐢𝐬 𝐂𝐚𝐫𝐯𝐚𝐣𝐚𝐥 𝐍𝐮́𝐧̃𝐞𝐳
𝐀𝐑𝐓𝐈́𝐂𝐔𝐋𝐎 𝟓 𝐃𝐄 𝟔
𝐂𝐈𝐔𝐃𝐀𝐃, 𝐑𝐔𝐑𝐀𝐋𝐈𝐃𝐀𝐃, 𝐁𝐀𝐒𝐔𝐑𝐀 𝐘 𝐀𝐆𝐔𝐀𝐒 𝐒𝐄𝐑𝐕𝐈𝐃𝐀𝐒: 𝐄𝐋 𝐓𝐄𝐑𝐑𝐈𝐓𝐎𝐑𝐈𝐎 𝐃𝐄 𝐋𝐎 𝐐𝐔𝐄 𝐋𝐀 𝐂𝐈𝐔𝐃𝐀𝐃 𝐍𝐎 𝐐𝐔𝐈𝐄𝐑𝐄 𝐕𝐄𝐑
𝐈𝐃𝐄𝐀𝐒 𝐂𝐄𝐍𝐓𝐑𝐀𝐋𝐄𝐒
𝐈𝐝𝐞𝐚 𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐥 𝟏: La ciudad no termina en sus avenidas, edificios y urbanizaciones. Depende de territorios rurales, cuencas, suelos agrícolas, zonas de recarga, ríos, cañadas, vertederos, plantas de tratamiento, áreas verdes, costas y periferias ambientales.
𝐈𝐝𝐞𝐚 𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐥 𝟐: La basura, las aguas servidas, el drenaje pluvial, las industrias contaminantes, los vertederos y las 𝑧𝑜𝑛𝑎𝑠 𝑑𝑒 𝑠𝑎𝑐𝑟𝑖𝑓𝑖𝑐𝑖𝑜 también son formas de ocupación del territorio.
𝐈𝐝𝐞𝐚 𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐥 𝟑: Una planificación territorial justa debe impedir que las comunidades pobres, rurales y periféricas carguen con los impactos que producen los centros urbanos, turísticos, industriales y económicos.
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Cuando se habla de ordenamiento territorial, muchas personas piensan en calles, edificios, permisos de construcción, torres, residenciales, avenidas o zonas urbanas.
Pero la ciudad es mucho más que su parte visible.
𝐋𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐮𝐧 𝒎𝒆𝒕𝒂𝒃𝒐𝒍𝒊𝒔𝒎𝒐.
Consume agua, energía, alimentos, suelo, arena, grava, madera, combustibles, materiales de construcción y servicios ambientales.
Y produce basura, aguas servidas, emisiones, ruido, calor, tránsito, contaminación, escorrentías, presión inmobiliaria y desigualdad territorial.
Ese metabolismo no se queda dentro de los límites municipales. La ciudad siempre depende de otros territorios, aunque muchas veces no los vea, no los reconozca o no los respete.
El Distrito Nacional, por ejemplo, es un territorio pequeño, densamente urbanizado y políticamente poderoso. Pero su agua viene de fuera. Sus alimentos vienen de territorios rurales. Sus residuos se trasladan hacia otros lugares. Sus aguas servidas afectan ríos y costas. Su movilidad compromete municipios vecinos. Su expansión se articula con Santo Domingo Norte, Santo Domingo Este, Santo Domingo Oeste, Los Alcarrizos, Pedro Brand, Boca Chica, Guerra y otros territorios del Gran Santo Domingo.
Lo mismo ocurre, con sus diferencias, en Santiago, San Francisco de Macorís, La Vega, Puerto Plata, San Cristóbal, Higüey, La Romana, San Pedro de Macorís, Baní, Barahona y otras ciudades dominicanas.
𝐍𝐢𝐧𝐠𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐯𝐢𝐯𝐞 𝐬𝐨𝐥𝐚.
Todas dependen de cuencas, campos, montañas, suelos productivos, ríos, carreteras, vertederos, mercados, costas, periferias y comunidades que sostienen su funcionamiento diario.
Por eso, 𝐥𝐚 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐧𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐬𝐞𝐫 𝐬𝐨𝐥𝐨 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚.
Debe ser también 𝒎𝒆𝒕𝒓𝒐𝒑𝒐𝒍𝒊𝒕𝒂𝒏𝒂, 𝒉𝒊𝒅𝒓𝒐𝒈𝒓𝒂́𝒇𝒊𝒄𝒂, 𝒆𝒄𝒐𝒍𝒐́𝒈𝒊𝒄𝒂, 𝒓𝒖𝒓𝒂𝒍, 𝒔𝒂𝒏𝒊𝒕𝒂𝒓𝒊𝒂 𝒚 𝒔𝒐𝒄𝒊𝒂𝒍.
𝐋𝐚 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚𝐥 𝐧𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐝𝐮𝐜𝐢𝐫𝐬𝐞 𝐚 𝐮𝐧𝐚 𝐭𝐞́𝐜𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐫𝐞𝐬𝐞𝐫𝐯𝐚𝐝𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐨𝐟𝐢𝐜𝐢𝐧𝐚𝐬, 𝐞𝐬𝐩𝐞𝐜𝐢𝐚𝐥𝐢𝐬𝐭𝐚𝐬 𝐨 𝐛𝐮𝐫𝐨́𝐜𝐫𝐚𝐭𝐚𝐬. Planificar una ciudad, una cuenca o un municipio es decidir quién respira aire limpio, quién recibe agua segura, quién vive lejos del riesgo, quién carga con la basura, quién soporta las aguas servidas y quién se beneficia del crecimiento urbano.
Por eso, 𝐥𝐚 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐚𝐬𝐮𝐧𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐩𝐨𝐝𝐞𝐫. Si la población no construye poder social, organización comunitaria, conocimiento territorial y capacidad de vigilancia, otros decidirán por ella: el mercado, la especulación, la improvisación o la presión política.
𝐎𝐫𝐝𝐞𝐧𝐚𝐫 𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐬𝐨𝐥𝐨 𝐝𝐢𝐛𝐮𝐣𝐚𝐫 𝐦𝐚𝐩𝐚𝐬: 𝐞𝐬 𝐝𝐢𝐬𝐩𝐮𝐭𝐚𝐫 𝐪𝐮𝐢𝐞́𝐧 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐝𝐞 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐞 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐮́𝐧.
Una ciudad no está bien planificada si embellece avenidas, pero contamina ríos; si levanta torres, pero no trata sus aguas residuales; si recoge basura en los sectores visibles, pero la descarga en comunidades vulnerables; si permite urbanizaciones sin drenaje, sin áreas verdes, sin saneamiento y sin respeto por la capacidad del lugar.
Tampoco está bien planificada si destruye el suelo agrícola que la alimenta, ocupa cañadas, reduce zonas de recarga o convierte el calor urbano en castigo cotidiano para los barrios con menos árboles, menos agua y menos servicios.
𝐋𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐧𝐨𝐜𝐞 𝐬𝐮 𝐝𝐞𝐩𝐞𝐧𝐝𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐫𝐮𝐫𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐭𝐞𝐫𝐦𝐢𝐧𝐚 𝐦𝐚𝐥𝐭𝐫𝐚𝐭𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐥𝐚 𝐛𝐚𝐬𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐬𝐨𝐬𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞.
La relación entre municipio y ruralidad es uno de los temas más importantes y menos considerado del ordenamiento territorial dominicano.
En teoría, muchos municipios tienen zonas urbanas y rurales. En la práctica, la atención política suele concentrarse en el casco urbano: calles, aceras, comercio, tránsito, mercados, parques, permisos, iluminación, recogida de basura y obras visibles.
La ruralidad queda muchas veces como reserva de suelo barato, patio trasero, zona de extracción, lugar para vertederos, canteras, plantas contaminantes, expansión inmobiliaria, carreteras improvisadas o actividades que la ciudad no quiere cerca.
Eso produce 𝐢𝐧𝐣𝐮𝐬𝐭𝐢𝐜𝐢𝐚 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚𝐥.
La ciudad recibe agua, alimentos, paisaje, aire, biodiversidad, suelos, sombra, regulación climática y amortiguamiento desde territorios rurales.
Pero muchas veces devuelve contaminación, presión inmobiliaria, residuos, ruido, polvo, aguas servidas, fragmentación ecológica y pérdida de tranquilidad comunitaria.
El campo sostiene a la ciudad, pero la ciudad no siempre protege al campo.
La montaña produce agua, pero la ciudad no siempre defiende la montaña.
La cuenca abastece acueductos, pero la ciudad no siempre cuida la cuenca.
El valle produce comida, pero la ciudad muchas veces lo cubre de cemento.
La cañada conduce el agua, pero la ciudad la tapa, la ocupa o la convierte en cloaca.
𝐋𝐚 𝒊𝒏𝒕𝒆𝒓𝒇𝒂𝒛 𝒖𝒓𝒃𝒂𝒏𝒐-𝒓𝒖𝒓𝒂𝒍 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐭𝐫𝐚𝐭𝐚𝐫𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐳𝐨𝐧𝐚 𝐞𝐬𝐭𝐫𝐚𝐭𝐞́𝐠𝐢𝐜𝐚.
Ahí se decide si habrá suelos agrícolas cercanos, riberas protegidas, cañadas restauradas, zonas de recarga conservadas, corredores verdes, ventilación natural, sombra, drenaje, infiltración y expansión urbana segura.
Un municipio ambientalmente responsable debe identificar con claridad:
• los suelos agrícolas que no deben urbanizarse;
• las riberas que no deben ocuparse;
• las cañadas que deben liberarse y restaurarse;
• las zonas de recarga que no deben impermeabilizarse;
• las pendientes que no deben lotificarse;
• los humedales que deben conservarse;
• los bosques protectores que deben mantenerse;
• los territorios de riesgo que no deben venderse como solares;
• y las infraestructuras contaminantes que requieren distancia, control, tratamiento, monitoreo y vigilancia social.
𝐋𝐚 𝐛𝐚𝐬𝐮𝐫𝐚 𝐫𝐞𝐯𝐞𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐛𝐫𝐮𝐭𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐫𝐞𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧.
No es solo un problema de recogida, camiones o vertederos. Es un problema de consumo, educación, mercado, gobierno local, salud pública, agua, suelo, aire, justicia ambiental y uso del territorio.
Un vertedero mal ubicado puede contaminar acuíferos, emitir gases, generar humo, atraer vectores, degradar el paisaje, afectar la salud, invadir humedales, ocupar llanuras de inundación o colocarse cerca de comunidades que no tienen poder para rechazarlo.
Cuando la basura se quema, el aire se enferma.
Cuando llega a una cañada, la lluvia la arrastra.
Cuando tapa drenajes, la ciudad se inunda.
Cuando llega al río, el río la lleva al mar.
Y cuando llega al mar, afecta playas, manglares, arrecifes, pesca, turismo y vida marina.
Por eso, 𝐥𝐚 𝐠𝐞𝐬𝐭𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐬𝐢𝐝𝐮𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐬𝐞𝐫 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞 𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐥 𝐝𝐞𝐥 𝐨𝐫𝐝𝐞𝐧𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚𝐥.
No basta recoger más. Hay que reducir, separar, reutilizar, reciclar, compostar, educar, ubicar correctamente, controlar lixiviados, cerrar vertederos improvisados, construir soluciones sanitarias reales y evitar que las comunidades pobres sean convertidas en 𝑧𝑜𝑛𝑎𝑠 𝑑𝑒 𝑠𝑎𝑐𝑟𝑖𝑓𝑖𝑐𝑖𝑜.
𝐋𝐨 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐨𝐜𝐮𝐫𝐫𝐞 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚𝐬 𝐚𝐠𝐮𝐚𝐬 𝐬𝐞𝐫𝐯𝐢𝐝𝐚𝐬.
Una ciudad que no trata sus aguas residuales no ha resuelto su desarrollo. Simplemente exporta enfermedad hacia ríos, cañadas, acuíferos, costas, manglares, playas y comunidades aguas abajo.
El agua que entra limpia a una ciudad no puede salir convertida en veneno.
El saneamiento no puede ser un lujo.
El drenaje pluvial no puede seguir siendo un parche posterior.
Las plantas de tratamiento no pueden ser promesas eternas.
Las cañadas no pueden funcionar como alcantarillas a cielo abierto.
Los ríos urbanos no pueden ser tratados como tuberías de desecho.
En República Dominicana, el Ozama, el Isabela, el Haina, el Yaque del Norte, el Yuna, el Camú, el Nigua, el Nizao, el Soco y muchos otros ríos muestran que la ciudad y la producción económica han usado demasiadas veces los cuerpos de agua como receptores de abandono.
𝐔𝐧𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐧𝐟𝐞𝐫𝐦𝐚 𝐬𝐮𝐬 𝐫𝐢́𝐨𝐬 𝐬𝐞 𝐞𝐧𝐟𝐞𝐫𝐦𝐚 𝐚 𝐬𝐢́ 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐚.
También las industrias de alta contaminación deben ser asignadas con criterios rigurosos.
No basta decir que generan empleos. Hay que preguntar dónde se ubican, qué emiten, qué agua consumen, qué descargan, qué población vive cerca, qué vientos dominan, qué acuíferos existen debajo, qué ríos, cañadas, costas o humedales pueden recibir impactos, qué riesgo acumulativo producen, qué institución monitorea, qué información recibe la comunidad y qué sanciones se aplican cuando contaminan.
𝐋𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐚𝐦𝐢𝐧𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐞𝐬 𝐮𝐧𝐚 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐨𝐜𝐮𝐩𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨.
Ocupa el aire que respira una familia.
Ocupa el agua que bebe una comunidad.
Ocupa el suelo donde juegan los niños.
Ocupa el río donde pescaban los vecinos.
Ocupa la costa donde se bañaban los barrios.
Ocupa la memoria de un lugar que antes era habitable.
Y ocupa también el futuro, porque deja daños que muchas veces duran más que el proyecto que los produjo.
La marginalidad urbana tampoco puede separarse del territorio.
Los sectores más pobres suelen ocupar cañadas, riberas, laderas inestables, rellenos, zonas inundables, periferias sin servicios, barrios sin drenaje, áreas contaminadas o terrenos donde el Estado llegó tarde.
Pero esa ubicación no es una simple decisión individual. Es resultado de desigualdad, falta de vivienda digna, especulación del suelo, ausencia de planificación, debilidad institucional y abandono histórico.
Por eso, 𝐨𝐫𝐝𝐞𝐧𝐚𝐫 𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐬𝐢𝐠𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞𝐟𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐣𝐮𝐬𝐭𝐢𝐜𝐢𝐚 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥.
No se puede pedir a una familia pobre que “no viva en riesgo” si no existe una política real de vivienda segura.
No se puede desalojar sin solución.
No se puede culpar a la comunidad por vivir donde el mercado y el Estado la empujaron.
No se puede hablar de ciudad moderna mientras miles de familias viven entre aguas negras, humo, basura, cañadas ocupadas, calor extremo y miedo a la próxima lluvia.
La planificación territorial debe sacar estos temas de la marginalidad.
Basura, aguas servidas, drenaje, industrias, vertederos, plantas de tratamiento, cañadas, riberas, barrios vulnerables y zonas de sacrificio no son detalles técnicos.
𝐒𝐨𝐧 𝐞𝐥 𝐥𝐚𝐝𝐨 𝐨𝐜𝐮𝐥𝐭𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐫𝐫𝐨𝐥𝐥𝐨.
Si se planifican mal, enferman a la población y degradan el territorio.
Si se planifican bien, mejoran la salud, reducen desigualdad, protegen el agua y hacen más segura la vida diaria.
𝐔𝐧𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐞𝐜𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐥𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐬𝐜𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐬𝐮 𝐛𝐚𝐬𝐮𝐫𝐚.
Es la que reduce, clasifica, trata, ubica correctamente, monitorea y no sacrifica comunidades vulnerables.
𝐔𝐧 𝐦𝐮𝐧𝐢𝐜𝐢𝐩𝐢𝐨 𝐣𝐮𝐬𝐭𝐨 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐞𝐥 𝐪𝐮𝐞 𝐜𝐫𝐞𝐜𝐞 𝐬𝐢𝐧 𝐩𝐚𝐫𝐚𝐫.
Es el que sabe dónde no crecer, qué proteger, qué restaurar y cómo vincular su zona urbana con la ruralidad que lo sostiene.
𝐔𝐧𝐚 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚𝐥 𝐬𝐞𝐫𝐢𝐚 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐫 𝐜𝐨𝐧 𝐜𝐥𝐚𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝:
• donde hay cañada, debe haber cauce libre y restaurado;
• donde hay río, debe haber ribera protegida;
• donde hay barrio vulnerable, debe haber inversión social y seguridad;
• donde hay basura, debe haber gestión integral, no abandono;
• donde hay aguas servidas, debe haber tratamiento;
• donde hay industria contaminante, debe haber control, distancia y monitoreo;
• donde hay ruralidad productiva, debe haber protección del suelo agrícola;
• donde hay ciudad, debe haber saneamiento, drenaje, sombra, movilidad y justicia.
La ciudad no puede seguir viviendo como si el agua llegara sola, como si la comida naciera en los supermercados, como si la basura desapareciera al salir del frente de la casa, como si las aguas servidas se evaporaran, como si los ríos pudieran aguantarlo todo y como si las comunidades pobres estuvieran obligadas a cargar con lo que otros producen.
𝐎𝐫𝐝𝐞𝐧𝐚𝐫 𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐞𝐬 𝐦𝐢𝐫𝐚𝐫 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐧𝐨 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞 𝐯𝐞𝐫.
Porque detrás de cada avenida limpia puede haber una cañada contaminada.
Detrás de cada torre puede haber una zona de recarga impermeabilizada.
Detrás de cada urbanización puede haber un suelo agrícola perdido.
Detrás de cada playa turística puede haber aguas servidas sin tratar.
Detrás de cada vertedero puede haber una comunidad sacrificada.
Y detrás de cada desastre anunciado puede haber una 𝑑𝑒𝑐𝑖𝑠𝑖𝑜́𝑛 𝑡𝑒𝑟𝑟𝑖𝑡𝑜𝑟𝑖𝑎𝑙 𝑚𝑎𝑙 𝑡𝑜𝑚𝑎𝑑𝑎.
En el próximo artículo hablaremos de quién decide sobre el territorio: consulta, corrección de errores, áreas protegidas y ciudadanía.
