Presidente, presidente
Por Luis Córdova
La Presidencia de la República se acaba. El presidencialismo, muchas veces, simplemente se muda.
Terminado el mandato constitucional, se entrega la banda presidencial, se abandona el Palacio Nacional y cesa la facultad de emitir decretos. Pero queda el hábito del mando. Entonces aparece un universo más pequeño, manejable y cercano en el cual reproducirlo: el partido.
No se trata de algo nuevo en estas tierras de Dios, la más bella según el Almirante. Es parte de nuestra tradición caudillista, de ese absolutismo caribeño capaz de convertir dirigentes en patriarcas, jefes, líderes eternos y, llegado el entusiasmo suficiente, hasta en maestros y guías.
Robert Michels lo advirtió hace más de un siglo con su “ley de hierro de la oligarquía”: hasta las organizaciones democráticas tienden a concentrar el poder en pequeñas élites. Sartori, desde otra perspectiva, recordaba que un partido es apenas una parte del todo. El problema comienza cuando esa parte termina convertida en patrimonio de quienes la dirigen.
Nuestra historia partidaria ofrece material abundante. El tránsito suele ser parecido. Se construyen estructuras alrededor de pactos y acuerdos de cúpula, se reparten espacios para satisfacer a las élites y se deja para después a la militancia. En una de las metáforas más aviesas de nuestra política, durante años se ha repetido que las bases, como en el béisbol, están hechas para pisarlas.
El reformismo aprendió dolorosamente las consecuencias. Su último gobierno terminó en 1996, hace ya treinta años, pero durante mucho tiempo resultó difícil distinguir dónde terminaba el partido y dónde comenzaba Joaquín Balaguer. La organización sobrevivió jurídicamente a su caudillo; electoralmente no.
El viejo PRD tampoco estuvo exento. Sus períodos de gobierno estuvieron acompañados por luchas de liderazgo, pactos, expulsiones y divisiones. Al final, una de las mayores organizaciones de masas del Caribe terminó convertida en una suma de herederos disputándose la propiedad de una tradición.
Y llegó el PLD. Durante años el danilismo cuestionó acremente aquella aureola casi providencial que rodeaba a Leonel Fernández, presidente de la República y del partido, convertido en centro gravitacional de la vida morada. Sin embargo, las ironías de la política son persistentes: terminado su propio ciclo presidencial, Danilo Medina acabó ocupando también la presidencia del PLD.
Nada de eso es, por sí mismo, antidemocrático. Un expresidente tiene derecho a continuar haciendo política y a dirigir la organización a la que pertenece. El problema comienza cuando la autoridad adquirida desde el Estado convierte al partido en una prolongación del liderazgo presidencial; cuando nadie compite contra el jefe, los organismos solo ratifican y la palabra “consenso” termina significando obediencia.
Porque la democracia interna no consiste únicamente en celebrar convenciones, votar resoluciones o modificar estatutos. Se demuestra cuando existe la posibilidad efectiva de disputar el poder, contradecir al líder y aspirar a sustituirlo sin convertirse por ello en traidor.
El desafío, ahora, es del PRM.
Después de todo, las democracias necesitan dirigentes. Lo que no necesitan son emperadores jubilados del Palacio que trasladen su corte a la casa nacional del partido para continuar siendo presidentes.
