¿Provocará Trump un nuevo Crash bursátil?

Por German Gorraiz

Caso de persistir la escalada bélica de Estados Unidos e Israel en Oriente Medio, Irán podría cerrar el Estrecho de Ormuz por donde pasa cerca del 20 % del petróleo mundial y el crudo podría escalar hasta los 150 $, reeditando la Crisis del Petróleo de 1973 y un nuevo Crash bursátil como efecto colateral.

 

 

Nuestra mente es capaz de secuenciar únicamente fragmentos de la secuencia total del inmenso genoma del caos, con lo que inevitablemente recurrimos al término «efecto mariposa» para intentar explicar la vertiginosa conjunción de fuerzas centrípetas y centrífugas que terminarán por configurar el puzzle inconexo del caos ordenado que se está gestando. Así, el » efecto mariposa» trasladado a sistemas complejos como el Mercado de Valores, tendría como efecto colateral la imposibilidad de detectar con antelación un futuro mediato pues los modelos cuánticos que utilizan serían tan sólo simulaciones basadas en modelos precedentes (Teoría de la Inestabilidad financiera de Minsky), con lo que la inclusión de tan sólo una variable incorrecta o la repentina aparición de una variable imprevista ( conflicto de Oriente Medio), provoca que el margen de error de dichos modelos se amplifique en cada unidad de tiempo simulada hasta exceder incluso el límite estratosférico del cien por cien, dando lugar a un nuevo estallido o crash bursátil.

 

 

La burbuja actual sería hija de la euforia de Wall Street y por extrapolación del resto de bolsas mundiales tras las políticas monetarias de los grandes Bancos Centrales mundiales que han inundado los mercados con centenares de miles de millones de dólares y euros con la esperanza de relanzar la economía tras la crisis del 2008. La posibilidad real de un nuevo crash bursátil estaría pasando desapercibida para la mayoría de Agencias de Calificación debido a la desconexión con la realidad que les llevaría a justificar la exuberancia irracional de los mercados y desechar los hedge funds (fondos de cobertura), con lo que se cumpliría la famosa frase del iconoclasta John Kenneth Galbraiht. «Hay dos clases de economistas: los que no tenemos ni idea y los que no saben ni eso».

El proceso especulativo impulsa a comprar con la esperanza de sustanciosas ganancias en el futuro, lo que provoca una espiral alcista alejada de toda base factual y el precio del activo llega a alcanzar niveles estratosféricos hasta que la burbuja acaba estallando (crash) debido a la venta masiva de activos y la ausencia de compradores, lo que provoca una caída repentina y brusca de los precios hasta límites inferiores a su nivel natural (crack), cumpliéndose una vez más la máxima de Keynes: «Los mercados pueden permanecer irracionales más tiempo del que tú puedes permanecer solvente». Así, un inversor está dispuesto a pagar un precio por una acción si le reporta dinero en el futuro, por lo que el valor de dicha acción es el total de flujos esperados pero el nivel suelo de las Bolsas mundiales, (nivel en el que confluyen beneficios y multiplicadores mínimos), se situaría a años-luz de los niveles actuales.

 

 

Debido al «efecto Trump», los inversores de EEUU siguen instalados en la euforia tras superar el techo ionosférico de los 49.000 puntos en el Dow Jones, (rememorando el boom bursátil de los años 20, preludio del crack bursátil de 1.929), por lo que son incapaces de percibir el vértigo de la altura, pero la escalada del conflicto en Oriente Medio podría reeditar la Crisis del Petroleo de 1973  y un nuevo Crash bursátil.

Así, es previsible una inflación desbocada que acelerará las próximas subida de tipos de interés del dólar  haciendo que los inversionistas se distancien de los activos de renta variable y que los bajistas se alcen con el timón de la nave bursátil mundial, derivando en una psicosis vendedora que terminará por desencadenar el estallido de la actual burbuja bursátil, con lo que cumplirá la máxima del iconoclasta Galbraiht: «Llegará el día en que el mercado descienda como si nunca fuera a detenerse».

Dicho estallido tendrá como efectos colaterales la consiguiente inanición financiera de las empresas, la subsiguiente devaluación de las monedas de incontables países para incrementar sus exportaciones y como efectos benéficos el obligar a las compañías a redefinir estrategias, ajustar estructuras, restaurar sus finanzas y restablecer su crédito ante el mercado (como ocurrió en la crisis bursátil del 2000-2002) y como daños colaterales la ruina de millones de pequeños inversores todavía deslumbrados por las luces de la estratosfera, la inanición financiera de las empresas y el consecuente efecto dominó en la declaración de quiebras y el retorno a escenarios de estanflación.

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