Pueblo colombiano, “¡Contra la oligarquía, a la carga!”

Por Hernando Calvo Ospina

La mayor parte de la información de este texto proviene del libro de Hernando Calvo Ospina, «Colombia, terrorismo de estado»

Un abogado nacido en un hogar humilde, el parlamentario liberal Jorge Eliécer Gaitán Ayala, en una enardecida denuncia ante el Congreso, indicó con dedo acusador a la oligarquía como responsable de la masacre que se había cometido en la zona bananera de la empresa estadounidense United Fruit, en la costa Caribe de Colombia: Más de 1500 trabajadores asesinados en ese diciembre de 1928.

Del clero dijo: “aquellos misioneros de Cristo son fariseos que traicionan su doctrina, descuidan sus deberes para entrar en la palestra de las menesterosas luchas políticas, terrenas e interesadas”.

Gaitán constataría que se había aplicado contra los huelguistas, en favor de los intereses estadounidenses, la política del “enemigo interno”, que más de 30 años después el régimen de John Kenney aplicaría en toda América Latina, a excepción de Cuba revolucionaria : «Para una huelga pacífica, se empleó toda la crueldad inútil y el crimen sin nombre […] No es que yo niegue que una gran agitación de justicia social recorre de uno a otro extremo del país para todos los espíritus. Ella existe, pero no como fruto del comunismo, sino como razón vital de un pueblo que quiere defenderse contra la casta de los políticos inescrupulosos […] Así proceden las autoridades colombianas cuando se trata en este país de la lucha entre la ambición desmedida de los extranjeros y de la equidad de los reclamos de los colombianos […] Naturalmente no hay que pensar que el gobierno ejerció ninguna presión para que se reconociera la justicia de los obreros. Estos eran colombianos y la compañía era americana, y dolorosamente lo sabemos que en este país el gobierno tiene para los colombianos la metralla homicida, y una temblorosa rodilla en tierra ante el oro americano.»

Los años fueron pasando. El parlamentario Jorge Eliécer Gaitán Ayala seguía sacudiendo con su oratoria encendida no solo al Congreso, denunciando a la oligarquía colombiana ahí representada, sino en las plazas públicas. En ellas las gentes del pueblo, liberales pero también conservadores, se congregaban masivamente para escucharlo, pues él les contaba que los enemigos del pueblo colombiano estaban en las dirigencias de ambos partidos.

Desde la tribuna, en mangas de camisa, él remata sus arengas con “¡Contra la oligarquía, a la carga!”. A pesar de ello, aboga por un cambio pacífico.

Gaitán sostenía: “el pueblo no tiene dos partidos, sino que ha sido partido en dos.” Así fue despertando un sentimiento de clase y la desconfianza en los poderosos. A pesar de los otros dirigentes, el apoyo popular lo llevo a ser máximo dirigente del Partido Liberal, por lo cual se convirtió en un real peligro para la élite. El hecho de que Gaitán militara en las filas liberales estaba lejos de tranquilizar a la burguesía. El líder popular había dicho en 1935 que ingresaba al partido “a la manera del Caballo de Troya”.(1)

La oligárquica conocía esta posición táctica. Sabía que estaba utilizando las estructuras del partido para tomárselo, y desde allí invitar a la unidad popular en su contra. El 16 de mayo de 1946, el embajador de Estados Unidos en Bogotá, John C. Wiley, enviaba un informe al Departamento de Estado. En la misiva se pueden deducir los “peligros” que representaba Gaitán: « […] Quienes lo conocen aseguran que él no quiere a los Estados Unidos. Gaitán se ha pronunciado a favor de la nacionalización de la banca, cervecerías y empresas de servicios públicos y otras formas de socialismo de Estado, lo cual con el tiempo, puede incluir la industria del petróleo […] Conociendo su propia habilidad para manejar las emociones de los desposeídos, está decidido a coger la oportunidad que le brinda el amplio descontento de las gentes para asumir el control del Partido Liberal, y si puede, del Gobierno. Como van las cosas, podría ganar la presidencia mediante el proceso democrático. No obstante existe la creencia general de que sus escrúpulos no lo prevendrían para usar otros medios, si fuera necesario […] Los Estados Unidos deben observarlo con cuidado y tacto. Puede ser que vuelva al camino correcto y sea de gran ayuda […] También puede convertirse, fácilmente en una amenaza, o al menos, en una espina clavada en nuestro costado. Es un hombre pequeño de una gran estatura […] » (2)

Con la llegada a la presidencia del conservador Mariano Ospina Pérez (1946-1950), la violencia se extendió como fuego en hierba seca. En varias regiones al oriente del país las autoridades civiles conservadoras y eclesiásticas reclutaron delincuentes, prófugos y bandidos para la policía política, que por su actuación empezó a conocerse como la “Gestapo criolla”.(3)

Existía una particularidad que se venía dando desde el precedente gobierno, que había sido liberal: los campesinos más perseguidos eran liberales gaitanistas. El país rural se desangraba. El 7 de febrero de 1946 Gaitán llama a realizar la “Marcha por la Paz”. En completo silencio, ondeando banderas enlutadas, una multitud nunca antes vista marchó hasta la Plaza de Bolívar, frente a la sede presidencial. En un discurso que pasaría a conocerse como la “Oración por la Paz”, el líder elevó su indignada voz contra la criminalidad oficial.

En el nombramiento de los delegados a la IX Conferencia Panamericana, donde se creó la OEA, volvió a demostrarse que no había divergencias estratégicas en las alturas. También se constató el desprecio sentido hacia Gaitán. De una parte, los elegidos eran dirigentes de ambos partidos, encabezados por el más reaccionario de los conservadores, Laureano Gómez Castro. De otra, a Gaitán no se le consultaron los nombres de los elegidos liberales a pesar de ser el jefe del partido. Todo se hizo a sus espaldas, aunque no se oponía a la Conferencia. (4)

El 29 de marzo de 1948 llega a Bogotá el general George Marshall, encabezando la delegación estadounidense a la Conferencia, que se iniciaba al día siguiente. El país se hallaba al borde de la guerra civil; reinaba el terror en las regiones; la capital estaba llena de refugiados que habían huido del campo, ignorados totalmente por el Estado.

El 9 de abril, al medio día, es asesinado Jorge Eliécer Gaitán en una calle capitalina. Moría quien había sabido interpretar la inconformidad popular, destruyéndose con él toda expectativa de evolución social. Se sacaba del camino a quien de seguro se elegiría presidente al año siguiente. Gaitán pagaba con su vida el desafío al poder establecido, a la oligarquía, a la dirigencia bipartidista y eclesial.

Se le cobraron las denuncias contra los abusos de las empresas estadounidenses a los trabajadores colombianos y a la nación.

El pueblo se levantó en rebelión pero sin dirección política, aunque los hechos demostraron que entendía muy bien quiénes eran los responsables del crimen: el cadáver del pobre infeliz que acribilló a Gaitán fue arrastrado por las multitudes enfurecidas hasta el palacio presidencial, y ahí lo tiraron. La ira del pueblo se centró principalmente en ataques e incendios a los símbolos de poder: la Nunciatura Apostólica, dos conventos de monjas, el Palacio de Justicia, la Procuraduría de la Nación, la Gobernación, el Ministerio de Educación, la sede presidencial, pero también el Capitolio, sede de la Conferencia Panamericana, entre otras. La noticia se regó como pólvora, y otras ciudades empezaron a vivir las mismas revueltas.

Los informes oficiales hablan de casi 3 000 muertos durante los primeros tres días. Lo que significa que debió de ser el doble. Ese asesinato volvió a demostrar que, ante la defensa de sus intereses de clase, la oligarquía estaba por encima de los partidos: los líderes liberales, temerosos y acobardados por la reacción popular, no tardaron muchas horas en llegar hasta donde se encontraba el presidente Ospina Pérez, su gran “enemigo”. Fueron a brindarle su total respaldo, en “gesto patriótico”, para ayudar a poner fin a la insurrección que estaba tocando a la puerta de sus mansiones.

En las ciudades colombianas el enardecido y adolorido pueblo fue rápidamente aplastado de manera sangrienta. La dirigencia liberal hábilmente responsabilizó de manera global al Partido Conservador por el asesinato de Gaitán. Todo estaba dispuesto para que los liberales de abajo se despedazaran con los conservadores de abajo. En el campo la vida dejó de valer. La tierra se volvió sepulcral. Las matanzas se convirtieron en fenómeno de ocurrencia ordinaria, donde se arrasaban pueblos enteros. Ochenta, cien, hasta ciento cincuenta campesinos se llegaron a contar, asesinados y hasta despedazados, en una sola matazón. (5)

¿Quiénes fueron los autores intelectuales? Sin siquiera hacer la pantomima de una investigación, la versión oficial fue categórica, y coincidía con la utilizada regularmente para explicar de donde provenía el descontento popular: a Gaitán lo mataron los “comunistas”. Para demostrar que no se mentía, aunque sin una sola prueba, se rompieron relaciones diplomáticas con la Unión Soviética.

El asesinato de Gaitán “comprobaba” en vivo y en directo que la URSS y su comunismo, eran el peligro para la paz, la democracia, la libertad y el cristianismo.

Como la tesis sobre el asesinato de Gaitán por los soviéticos no se sostuvo por mucho tiempo, en los años sesenta otra apareció. El día del crimen estaba en Bogotá un joven “izquierdista” participando de un congreso universitario: el cubano Fidel Castro Ruz. Nunca se han mostrado los mínimos indicios de culpabilidad o complicidad, pero tal señalamiento sí ha servido en las campañas internacionales difamatorias contra él y la Revolución que lidera.

El secreto mejor guardado en Colombia son los nombres de los que prepararon y dieron la orden del asesinato. Tan solo en la inmensa mayoría del pueblo quedó una certeza: la oligarquía liberal-conservadora fue la culpable.

Extrañamente, el gobierno estadounidense se ha negado a desclasificar la información que tiene sobre ello, a pesar que ya han pasado casi 75 años, y a los 25 se desclasifican la mayoría de documentos sensibles. Son muchos los investigadores que no han excluido la participación de la CIA que, recién creada, hubiera tenido en ese asesinato político su gran bautizo.

Después de varios años de litigio, el abogado estadounidense Paul Wolf, que investigaba sobre los responsables intelectuales del asesinato de Gaitán, logró que el FBI le entregara casi mil páginas: la mayoría de ellas estaban poco relacionadas con lo central de su investigación. Pero así conoció que en 1972 habían destruido las que verdaderamente tenían que ver con la vida política del dirigente.

Por su parte, la CIA se sigue negando a desclasificar documentos aduciendo “razones de seguridad nacional”. ¿“Seguridad nacional” de Estados Unidos?

Y desde ese 9 de abril de 1948 la negra y terrible noche de la violencia estatal y paraestatal cubrieron al pueblo colombiano : millones de muertos, torturados, masacrados, desaparecidos… Pero parece que, al fin, el pueblo colombiano va despertando de esa larga pesadilla. Quizás esté por llegar su amanecer…

“¡Contra la oligarquía, a la carga!”, invitó Gaitán al pueblo.

Notas:

1. Colectivo de autores: Once Ensayos sobre la Violencia.. Editorial Centro Gaitán/ Fondo Editorial Cerec, Bogotá, 1985.

2. Idem

3. Ramsey Russell: Guerrilleros y Soldados. Editorial Tercer Mundo, Bogotá, 1981.

4. Vernon Lee Fluharty: La Danza de los Millones. Régimen Militar y Revolución Social en Colombia (1930-1956). Áncora Editores, Bogotá, 1981.

5. Germán Guzmán Campos; Orlando Fals Borda; Eduardo Umaña Luna: La Violencia en Colombia. Estudio de un proceso social, tomo 1. Editorial Círculo de Lectores, Bogotá, 1988.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.