¿Puede la ‘OTAN islámica’ contener tanto a Israel como a Irán?

Por Murad Sadygzade

La firma del Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca por parte de Arabia Saudita, Turquía y Pakistán podría pasar a la historia como uno de los acontecimientos geopolíticos más importantes surgidos de la actual crisis en Oriente Medio.

Firmado en La Meca por el príncipe heredero saudita Mohammed bin Salmán, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan y el primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif, el acuerdo establece un principio de defensa colectiva muy claro: un ataque armado contra cualquiera de los tres países será considerado un ataque contra todos.

Todavía no se ha detallado cómo funcionará este compromiso en la práctica, qué nivel de asistencia militar activaría automáticamente o si en el futuro se crearán mecanismos conjuntos de mando y planificación. Sin embargo, estas incógnitas no reducen su relevancia política. Por primera vez, tres de los Estados más influyentes del mundo musulmán han vinculado formalmente su seguridad nacional en un marco que combina el peso financiero y político de Arabia Saudita, la capacidad militar e industrial de Turquía y las enormes Fuerzas Armadas de Pakistán, además de su condición de potencia nuclear.

Los responsables de los tres países han evitado presentar el acuerdo como el nacimiento de un bloque militar agresivo. El vicepresidente turco, Cevdet Yilmaz, subrayó que no está dirigido contra ningún país en particular, mientras que funcionarios turcos lo describieron como un pacto estrictamente defensivo que no altera las obligaciones de Ankara con otros socios.

Por su parte, el viceministro saudita de Diplomacia Pública, Rayed Krimly, fue incluso más lejos al rechazar la idea de que el pacto de La Meca represente un eje militar sectario o el inicio de una carrera armamentista nuclear.

Estas declaraciones son comprensibles en un momento en que la región ya se enfrenta a una guerra que involucra a Irán, Israel y Estados Unidos. Sin embargo, la importancia del acuerdo no radica tanto en contra de quién dicen sus firmantes que está dirigido, sino en la profunda transformación del entorno de seguridad que hizo necesario un tratado de este tipo.

El fin de la dependencia exclusiva de Washington

La aparición de esta alianza no resulta sorprendente.

La confrontación militar desencadenada tras el ataque estadounidense-israelí contra Irán el 28 de febrero no solo alteró el equilibrio militar en Oriente Medio, sino también la percepción de seguridad de los tradicionales aliados de Washington.

Los misiles iraníes que impactaron en Arabia Saudita y otros países del Golfo, los ataques contra infraestructuras estratégicas y las interrupciones en el transporte energético dejaron al descubierto una debilidad fundamental del modelo de seguridad en el que las monarquías del Golfo habían confiado durante décadas.

Las enormes compras de armamento estadounidense, la presencia de bases militares de EE.UU. y la estrecha alineación política con Washington eran vistas como una garantía frente a este tipo de amenazas. Sin embargo, cuando la región cayó en una confrontación más amplia, pertenecer al sistema de seguridad estadounidense no evitó que los países del Golfo se convirtieran en objetivos directos ni protegió sus economías de las consecuencias del conflicto.

Esto no significa que Riad esté preparando una ruptura con Washington, ni que la participación turca implique sustituir a la OTAN.

Lo que está cambiando es la idea de que un único garante externo pueda seguir siendo suficiente en un sistema internacional cada vez más impredecible.

El acuerdo de La Meca representa menos una ruptura con Estados Unidos que una forma de reducir la dependencia excesiva de él. Forma parte de un proceso más amplio de ‘soberanización estratégica’, mediante el cual los Estados de la región buscan diversificar sus alianzas defensivas, fortalecer sus industrias militares nacionales y crear mecanismos capaces de funcionar incluso cuando los intereses de Washington no coincidan plenamente con los suyos.

Para las monarquías del Golfo, la conclusión es cada vez más difícil de ignorar: el poder estadounidense sigue siendo indispensable, pero su protección ya no puede considerarse absoluta ni incondicional.

Las bases institucionales ya estaban preparadas.

Arabia Saudita y Pakistán firmaron un pacto de defensa mutua el año pasado, mientras que su cooperación militar se ha vuelto mucho más tangible gracias al despliegue de tropas pakistaníes, cazas, drones y sistemas de defensa aérea en territorio saudita.

Al mismo tiempo, los lazos defensivos entre Arabia Saudita y Turquía se han fortalecido rápidamente. Riad se ha convertido en un importante comprador de drones turcos, mientras que Ankara e Islamabad llevan años desarrollando proyectos conjuntos de entrenamiento, cooperación naval e industria militar.

Lo ocurrido en La Meca no es más que la consolidación política de relaciones que ya se venían construyendo desde hace tiempo.

Egipto, la pieza que podría cambiar el tablero

Otro país al que conviene prestar atención es Egipto.

Durante el último año, Arabia Saudita, Turquía, Pakistán y Egipto han coordinado cada vez más sus posiciones en materia de seguridad regional. Además, la progresiva reconciliación entre Ankara y El Cairo ha eliminado uno de los principales obstáculos políticos para una mayor alineación entre las grandes potencias sunitas.

La incorporación egipcia no es inevitable, pero tendría una lógica estratégica evidente. Egipto aportaría la mayor población árabe de la región, unas fuerzas armadas considerables y el control del canal de Suez a una combinación ya poderosa de capital saudita, tecnología militar turca y capacidades estratégicas pakistaníes.

Si eso ocurre, la expresión ‘OTAN de Oriente Medio’, utilizada durante décadas de forma bastante vaga, empezaría a describir algo mucho más concreto.

Israel y el regreso de la disuasión regional

La cuestión más importante es contra quién podría resultar realmente relevante este nuevo sistema de disuasión.

Aunque el contexto inmediato es la confrontación con Irán, interpretar el acuerdo de La Meca únicamente como una coalición antiiraní sería pasar por alto una transformación más profunda.

Desde octubre del 2023, las guerras y operaciones militares israelíes se han extendido desde Gaza hasta el Líbano, Siria e Irán. La expansión constante del espacio geográfico en el que Israel está dispuesto a utilizar la fuerza ha generado una creciente preocupación entre las capitales regionales, que consideran que el antiguo sistema de límites y restricciones prácticamente ha desaparecido.

Desde la perspectiva de Riad o Ankara, el problema no es una operación israelí concreta, sino un entorno en el que una sola potencia regional parece cada vez más capaz y dispuesta a actuar militarmente en múltiples países vecinos sin enfrentarse a un contrapeso regional organizado.

En este sentido, el marco de La Meca podría ser más relevante para Israel que para Irán.
Según la investigadora Burcu Ozcelik, del instituto británico RUSI, el acuerdo puede entenderse como un intento de crear un mecanismo de disuasión frente a Israel y, al mismo tiempo, equilibrar la influencia iraní, más que como una preparación para una guerra con Teherán.

Arabia Saudita, Turquía y Pakistán no tienen interés evidente en iniciar otro conflicto con Israel, pero sí en restablecer límites a las acciones militares unilaterales.

Un bloque que combine las capacidades militares turcas, los recursos financieros sauditas y la profundidad estratégica de Pakistán no necesitaría enfrentarse directamente a Israel para modificar sus cálculos. Su valor radicaría en hacer que las consecuencias de una nueva escalada regional fueran más inciertas y, por tanto, más costosas.

¿Un mecanismo contra Irán o una puerta para incluirlo?

La posición de Irán dentro de esta arquitectura es más ambigua.

Teherán podría terminar siendo uno de los objetivos de la disuasión o incluso uno de sus participantes.

La capacidad iraní para imponer costos significativos a las fuerzas estadounidenses y a sus aliados ha reforzado sin duda su posición regional. Arabia Saudita, Turquía y Pakistán tienen poco interés en sustituir una dependencia excesiva de Washington por una aceptación de la hegemonía iraní.

Si la creciente confianza de Irán derivara en un intento de establecer una supremacía más explícita sobre el Golfo o sobre Oriente Medio en general, el marco de La Meca podría convertirse en un mecanismo natural de equilibrio.
Pero también es posible el escenario contrario.

Una estructura de seguridad regional más inclusiva podría acabar ofreciendo a Irán un lugar dentro de un sistema más amplio de garantías mutuas, transformando la alianza de un bloque diseñado para contener adversarios concretos en la base de un equilibrio regional donde ninguna potencia —ya sea Israel, Irán o cualquier otra— pueda imponerse sobre las demás

Una nueva división, pero no una nueva Guerra Fría

Existe además otra dimensión que podría cobrar importancia con el tiempo.

Israel participa actualmente en el grupo I2U2 junto con la India, los Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos. Aunque esta plataforma no es una alianza militar y se centra principalmente en inversiones, tecnología, energía, seguridad alimentaria e infraestructuras, se desarrolla paralelamente a unas relaciones estratégicas y defensivas cada vez más estrechas entre esos mismos países.

La India mantiene una cooperación militar excepcionalmente cercana con Israel, mientras que también ha fortalecido sus vínculos con los Emiratos Árabes Unidos. Sin embargo, sería prematuro dividir la región en dos bloques claros: por un lado Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, y por otro Israel, la India y los Emiratos.

Los Emiratos son el mejor ejemplo de por qué el nuevo orden regional probablemente no se parecerá a la rígida política de bloques del siglo XX. Abu Dabi mantiene relaciones estrechas con Israel y la India, pero al mismo tiempo coopera con Arabia Saudita, Turquía, Egipto y Pakistán en numerosos asuntos regionales y ha expresado, en repetidas ocasiones, críticas hacia las acciones israelíes.

La India presenta una situación similar: su asociación estratégica con Israel convive con relaciones económicas, energéticas y políticas cada vez más importantes con Arabia Saudita, los Emiratos y el resto del Golfo.

Por ello, la región podría dirigirse hacia una compleja red de alianzas superpuestas, donde los Estados cooperan en algunos ámbitos, compiten en otros y evitan depender completamente de un solo socio.

Una OTAN de Oriente Medio… sin Estados Unidos

Durante décadas, distintas administraciones estadounidenses promovieron versiones de una supuesta ‘OTAN de Oriente Medio’: una red de aliados capaces de coordinar recursos militares, contener a Irán, proteger infraestructuras estratégicas y reforzar el orden regional liderado por Washington.

La idea fracasó repetidamente porque los países llamados a participar discrepaban sobre las amenazas, desconfiaban unos de otros y seguían sintiéndose cómodos bajo el paraguas estadounidense.

Ahora algo muy parecido comienza a surgir, pero por razones completamente distintas. Arabia Saudita, Turquía y Pakistán no están actuando porque Washington haya logrado integrarlos en una nueva arquitectura liderada por Estados Unidos, sino porque la inestabilidad de los últimos años los ha convencido de que ninguna potencia externa, incluida Estados Unidos, debe seguir siendo el único pilar de su seguridad.

Por eso, esta alianza no es producto del dominio estratégico estadounidense, sino de la pérdida de su exclusividad.

Para Oriente Medio, este proceso podría resultar estabilizador si evoluciona hacia un equilibrio inclusivo y no hacia otro bloque enfrentado.
La región ha pasado décadas atrapada entre intervenciones extranjeras, disputas interestatales sin resolver, rivalidades ideológicas y sistemas de seguridad diseñados en gran medida desde el exterior.

Una estructura capaz de limitar las acciones unilaterales de Israel sin buscar su destrucción, contener las ambiciones iraníes sin intentar aislar permanentemente a Teherán y reducir la dependencia árabe y turca de protectores militares externos representaría algo que Oriente Medio rara vez ha tenido: un orden de seguridad construido principalmente por los propios actores de la región.

El paraguas estadounidense no ha desaparecido, ni el poder de Washington dejará de ser relevante en Oriente Medio. Pero la idea de que toda arquitectura de seguridad importante debe girar necesariamente en torno a Estados Unidos está empezando a desvanecerse.

La ‘OTAN de Oriente Medio’, que durante años imaginaron los estrategas estadounidenses, podría estar tomando forma, solo que esta vez será diseñada por las propias potencias regionales, según su percepción de las amenazas y con capacidad potencial para contener no solo a Irán, sino también al aliado más cercano de Washington en la región.

 

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