¿Quién nos robó los sueños?

Por Altagracia Paulino

Somos sobrevivientes de una generación forjada en la lucha por un país y un mundo mejor. Lo digo en plural, porque no fui la única marcada por los tiempos duros de la posguerra de abril de 1965, cuando el pensamiento se hizo poesía y canción.

La década de los 70 definió el carácter de muchos de nosotros. Ejercitamos el pensamiento crítico, nadie nos convencía fácilmente y mucho menos cuando desde el poder se quería imponer la “mordaza”. Ahí crecimos y encontramos apoyo desde todos los ángulos, incluso desde sectores económicos liberales que creían en la democracia.

Nos antecedieron héroes como Manolo Tavárez Justo, las hermanas Mirabal y quienes se atrevieron a derribar la dictadura. El influjo que dejaron esos héroes y mártires nos dio fortaleza para impulsar ideas y ser una juventud soñadora, con sentido de compromiso.

La música era una aliada, y nos sostuvo en medio del miedo. Desde la rebeldía de los Beatles, Joan Báez y Bob Dylan, hasta los que protestaron por la guerra de Vietnam y los que originaron la Nueva trova, los trovadores latinoamericanos nos condujeron a imaginar un mundo mejor.

Hoy, la realidad mundial y la que vivimos en el país obligan a preguntarnos si este era el mundo que queríamos. Guerras, corrupción al más alto nivel, drogas, ejércitos de sicarios, impunidad, chantajes, amenazas nucleares y una desigualdad que se profundiza.

Escucho a Mercedes Sosa clamando por la tierra, al grupo chileno Quilapayún rezando “líbranos de aquel que nos domina en la miseria”, o aquel lamento de “triste se oye la lluvia en las casas de cartón”. Y vuelvo a Johnny Ventura cantándole a Mamá Tingó, a Sonia Silvestre y Víctor Víctor, a Ramón Leonardo, Chico González y Luis Días, a tantos artistas nacionales e internacionales que nos suplieron parte del deseo de libertad.

Esa memoria no es nostalgia. Es una vara para medir lo que tenemos. Se normaliza el abuso, se premia la trampa y se castiga al que denuncia. El país crece, pero no reparte, y cuando la vida se reduce a sobrevivir, los sueños se encogen.

Francisco Alberto Caamaño ofrendó su vida junto a otros que creyeron que “el poder nace del fusil”. Muchos se preguntan si valió la pena esa entrega y es válido pensarlo. Por ellos nació la democracia en la que vivimos. Abonaron con su sangre el camino del progreso -y el crecimiento tiene un costo. Ahí es donde todos pescan y pecan. Ese es el mal-. Por eso la prensa crítica y una sociedad vigilante y activa no son adornos, son defensa.

Los casos de corrupción no deben ser permitidos. Lo ocurrido en el país en el presente siglo no debe repetirse. Y lo que se denuncia en Senasa es un doble crimen: un atentado contra la salud de la mayoría de los dominicanos. ¿Se ha calculado el número de personas que murieron por falta de los tratamientos que necesitaban? Además de los montos robados, debería producirse una acción colectiva de las familias afectadas.

El Ministerio Público debe hacer un levantamiento de las posibles víctimas y añadir ese agravante criminal al expediente. Este caso se compara con otros, pero aquí se viola el derecho fundamental a la salud y se atenta contra la vida. Nunca había pasado algo similar. Millones de afiliados fueron víctimas. Nos robaron los sueños, no permitamos pesadillas.

 

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