Razones socioeconómicas explican el desenlace en primera vuelta.
Por Juan Carlos Espinal.
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En el transcurso del calendario pre electoral del año 2023 (período regulado por la Junta Central Electoral hacia la planificación de las elecciones del 2024), la Secretaría General del PRM entregó un padrón electoral alterado de 3,092,389 afiliados.
En 2026 el PRM entregó 1,551,727 militantes. Es una reducción de casi 1.54 millones. Es decir, un 50% menos.
¿Qué realmente pasó?
Las autoridades del PRM tratan de explicar que «no es que su militancia desertó, sino que el registro de miembros se depuró».
Según ellos: «El PRM es el único partido que aplica prueba de vida para verificar que la persona registrada en el padrón existe y evitar duplicados».
La Junta Central Electoral ahora tiene una regla nueva: si una persona aparece en el padrón de 2 partidos a la vez, se registra como inactivo en ambas organizaciones hasta que se decida la membresía del elector. Ante esa realidad las autoridades del PRM dijeron «que cruzaron su padrón con los demás para no incluir a nadie de otro partido».
El nuevo padrón fue sometido a verificación digital y biométrica para eliminar registros que no cumplían los requisitos.
En esta nueva entrega destacan «que el nuevo padrón tiene 50/50 paridad de género y 40% del mismo está constituido por jóvenes».
Los partidos políticos opositores afirman «que el padrón de 3 millones depositado por el PRM en 2023 estaba inflado».
De hecho, el propio Secretario de Organización del PRM, Deligne Ascención, admitió en 2024 «que aunque oficialmente tenían más de 3 millones inscritos, la proyección real era de alrededor de 1.2 millones de miembros reales», basado en los votos que sacaron en 2024.
En 2024 el PRM obtuvo 2,109,069 votos, que era el 68.20% de su padrón de 3.09 millones. Es decir, casi 1 millón de sus propios afiliados según ese padrón no votó por Luis Abinader.
Por eso ahora todos los partidos están haciendo lo mismo: PLD, FP y PRM están auditando sus padrones porque la Junta Central Electoral está exigiendo padrones limpios y verificables, no listas abultadas.
Según los resultados oficiales de la Junta Central Electoral el PLD perdió más de 1 millón de votos.
En 2020, con Gonzalo Castillo como candidato presidencial el PLD alcanzó 1,537,041 votos para un (37.46%).
En 2024, con Abel Martínez obtuvieron 453,468 votos para un (10.39%).
En apenas 4 años el PLD perdió 1,083,573 votos. Es decir, un 70% de su votación.
Si sumamos todos los votos (a presidente, incluyendo los senadores y diputados) en
2020 el PLD alcanzó 3,882,291 votos totales.
En 2024, alcanzó 1,819,463 votos totales.
Una reducción total de 2,062,828 votos, -46%.
¿Por qué sucedió ese fenómeno?
La división del 6 de octubre del año 2019 marcó el rumbo de la organización. Tras un fraude masivo el líder histórico pos Bosch,
Leonel Fernández renuncia del PLD en 2019 y fundó el partido la Fuerza del Pueblo. El PLD se partió en dos.
Tres meses antes de las presidenciales del año 2024, el PLD obtuvo 828,492 votos en las municipales (22.38%).
En mayo alcanzó solo 453,442 en las presidenciales. Perdió 375,050 votos en 90 días. Ni su propia militancia que votó por sus alcaldes votó por el candidato presidencial Abel Martínez.
Las consecuencias políticas de las acusaciones de corrupción administrativa contra exfuncionarios de la administración de Danilo Medina 2012-2020 generó aún más incertidumbre entre las filas del PLD.
El agotamiento del modelo político continuista después de 16 años seguidos en el poder causó un fuerte desgaste de la imagen del PLD.
En el terreno, el PLD no hizo una alianza consolidada con Fuerza del Pueblo. Danilo Medina creyó que podía ir por sí solo a las congresionales y se quedó sin senadores: pasó de 29 senadores a 0.
En el año 2016 el PLD había alcanzado 2,315,980 votos con Danilo Medina como candidato presidencial.
En 2020 bajó a 1,352,812. En 2024 a 453 mil. Desde 2016 esa organización política opositora mantiene un continúo descenso.
Ahora Danilo Medina dice «que el PLD está compitiendo por el primer lugar en las encuestas para 2028». Pero el dato de la Junta Central Electoral es que en 2024 quedó en tercer lugar, detrás del PRM (57.44%) y FP (28.85%).
En el mismo análisis comparado podemos observar que en las elecciones presidenciales de mayo 2024 el padrón total alcanzó un registro oficial de 8,145,548 dominicanos habilitados.
Votaron 4,428,423 (54.37%).
No votaron 3,717,125.
Esa es la cifra del 45.63% de abstención electoral que la JCE reportó con 99.96% computado.
Al redondear esas cifras se obtiene un 46%. Es decir, 8,145,548 dividido entre 46% es igual a 3,746,952 personas que no fueron a votar.
Para que la opinión pública nacional tenga una idea del tamaño de la hipótesis de primera vuelta que al 2028 defendemos establezco qué la abstención electoral del 2024 es más grande que todos los votos que obtuvieron el PLD y la FP juntos en 2024, (1.6 millones).
Es más grande que el padrón electoral completo que el PRM acaba de depositar (1.55 millones).
Es 7 veces más grande que el voto del PLD, (453 mil).
De esos 3.7 millones que no votaron, 863,784 estaban en el exterior, y solo votó el 19% de ellos. Con 81% de abstención. El voto en el exterior solo hace impulsar el porcentaje de abstención hacia arriba.
Si no tomamos en cuenta el voto en el exterior y solo contamos los votos válidos en República Dominicana, la abstención baja a 41.4% y la participación sube a 58.6%.
Por eso el estudio de la Junta Central Electoral con CAPEL dice que «la abstención no es de pobres ni excluidos, sino de zonas urbanas prósperas que no se sienten motivadas».
No obstante, para apreciar las transiciones pacíficas debemos realizar un estudio histórico comparado en la actualidad yuxtaponiendo los ciclos históricos en tiempos de ingobernabilidad democrática, 1978-1986, 2000 – 2004 y 2020-2028.
Deberíamos comprender lo que para muchos observadores de la oposición política dominicana significan las divisiones históricas del PRSC, PRD y PLD, qué ante todo resultaron en una transición pacífica de poder hacia la construcción de nuevas coaliciones bipartidistas, fenómeno que para el gobierno del presidente Luis Abinader ha pasado a ser un ejercicio político aleccionador.
En un aspecto importante las elecciones presidenciales del año 2024 fueron como ninguna otra en la historia contemporánea. Resultó que tras el confinamiento de más de 550 días en Covid19 algunos líderes políticos ya no sentían que el país presenciaría una transición pacífica de poder desde el presidente en ejercicio Danilo Medina hacia el presidente-electo Luis Abinader.
Años atrás muchos en el Congreso Nacional temían que la Reforma Constitucional para habilitar a Danilo Medina permitiría la continuidad del PLD, provocaría disturbios y saqueos a gran escala y conduciría a los propietarios de comercios en la avenida Duarte o en la Calle El Conde a proteger sus vitrinas y puertas de vidrio con tablas de playwood.
Incluso después que en 2024 el presidente Luis Abinader aseguró su victoria, – aún cuando ésta podría estar sometida posteriormente a la acusación de robo de votos en algunas provincias-, todavía en 2026 muchos comentaristas de Radio y Televisión, a sabiendas del desgaste del gobierno del presidente Abinader, en sus comentarios políticos han llegado a decir que «se preocupan de que algunos partidarios de Leonel Fernández estén proponiendo abiertamente un desenlace en primera vuelta».
Mientras que las preocupaciones sobre la situación actual de la economía política dominicana pudiese acercarnos a escenarios anteriores de disturbios civiles, vale la pena tomar en serio las actuales protestas callejeras en demanda de mejores servicios públicos, muchas anomalías de corrupción denunciadas por el propio gobierno del PRM, que según la Directora de Ética de la Presidencia Milagros Ortiz Bosch, «deberían ser investigadas a profundidad».
En verdad, deberíamos también hacer notar que las transiciones pacíficas de poder en la pos guerra, (1966-1994), se han vuelto más frecuentes.
Aún así, en economías fondomonetaristas dependientes de Washington las transiciones pacíficas de poder están lejos de ser la norma.
Según un análisis publicado por The Economist, en los últimos 100 años, solo alrededor de la mitad de los países de la democracia representativa lograron incluso una sola transición de poder libre de golpes de Estado, guerras civiles o crisis constitucionales.
La buena noticia es que una vez que un país logra asegurar un cambio pacífico de gobierno, la práctica suele volverse establecida a través del tiempo y genera un ímpetu positivo para que se den las transferencias pacíficas de poder de manera contínua.
Consideremos una perspectiva histórica de largo plazo. A lo largo de gran parte de la existencia de la democracia representativa 1966-1994, la autoridad política tradicionalmente cambiaba de manos mediante el uso de la presión social, el injerencismo del Departamento de Estado de los Estados Unidos o el uso de la fuerza.
En el siglo XIX, muchas veces se asesinaban a los presidentes antecesores, incluso matando a familiares cercanos de los funcionarios removidos, o las ordas montoneras derrotaban al gobernante anterior en una nueva guerra civil.
Desafortunadamente, la tendencia a largo plazo de la democratización se ha revertido recientemente, – y por primera vez-, desde el inicio del gobierno del presidente Abinader, mediante la guerra inflacionaria.
Mientras que las preocupaciones políticas acerca de los disturbios civiles valen la pena ser tomadas en serio, y muchas supuestas anomalías de la elección presidencial del 2024 deberían ser investigadas a profundidad, deberíamos también notar que las transiciones pacíficas de poder, —alguna vez algo extraño—, se han vuelto más frecuentes.
Aún así, en América Latina y el Caribe las transferencias pacíficas de poder están lejos de ser la norma.
De todos modos, el hecho de que la tendencia mediante la cual las transiciones pacíficas de poder se volvieron más comunes alrededor del mundo todavía no son algo normal en todas partes, está relacionada con el auge global del modelo neoliberal.
Ese sistema de gobierno es mucho más ineficaz para producir cambios pacíficos de régimen que los sistemas políticos constitucionalizados.
Entre otros beneficios, un desenlace en primera vuelta provee un medio para que los opositores del actual régimen neoliberal tomen el control sin que se derrame sangre.
Al reemplazar los planes de endeudamiento acelerado con estrategias de campaña judicializando opositores, y a los competidores perseguirlos instrumentando consultores políticos, la democracia neoliberal en su funcionamiento reemplazó la fuerza letal por la persuasión pacífica.
Afortunadamente, la tendencia a largo plazo de la democratización de pos guerra se ha revertido recientemente, —y por primera vez-, desde el inicio del gobierno mediante las urnas.
A nivel de la región caribeña, la democratización está lejos de ser la norma, incluso en la historia moderna.
Incluso una vez que un país establece una tradición de transferencias pacíficas de poder, no hay garantías constitucionales de que la tradición continuará.
El intenso proselitismo electoral impide a la comunidad democrática mantenerse a sí misma a pesar de los inevitables conflictos internos.
Conforme Fuerza del Pueblo aborda el resultado de la elección interna de su candidato presidencial, sus militantes deberían tener esto en cuenta.
Una tradición de transiciones pacíficas de poder debe ser apreciada y protegida mediante un esfuerzo consciente, o, en cambio no advertir el fenómeno indicaría que las transiciones pacíficas de poder mediante las urnas son algo valioso que todavía está lejos de ser la norma.
Las últimas 2 elecciones generales fueron como ninguna otra en la historia política contemporánea en un aspecto importante: algunos observadores ya no sentían que el país presenciaría una transición pacífica de poder desde el presidente Danilo Medina en ejercicio que en su momento informó que no entregaría la banda presidencial al presidente-electo.
Consideremos el período de tumultos del gobierno del presidente Hipólito Mejía 2000-2004 que implicó una transición política particularmente problemática.
Si puede tómese un momento para reflexionar acerca del destino del gobierno del presidente Antonio Guzmán 1978-1982, luego del triunfo electoral de Salvador Jorge Blanco 1982-1986.
No deberíamos obviar qué los líderes históricos José Francisco Peña Gómez, Jacobo Majluta Azar, Hatuey Decamos y Hugo Tolentino Dipp alertaron durante años sobre la división en el PRD antes de que sus propios dirigentes los expulsaran.
El presidente Luis Abinader está claro en eso. Sabe de antemano que el presidente Antonio Guzmán gobernó hasta que él y sus colaboradores se dieron cuenta de que al final de su mandato no contaban con el apoyo del PRD.
Tras el suicidio del presidente Antonio Guzmán, el Vice presidente Jacobo Majluta Azar brevemente condujo al gobierno hasta que ya nuevamente quedaba claro el retorno de Joaquín Balaguer.
El presidente Antonio Guzmán fue abandonado por sus propios funcionarios.
Meses luego de haber dejado el poder, el siguiente presidente Salvador Jorge Blanco también sería traicionado por sus funcionarios.
¿Notamos algún patrón histórico- político similar con el presidente Abinader?
El próximo presidente constitucional de la República Leonel Fernández sabe que algunas versiones de la historia política contemporánea se ejecutan a partir del ciclo histórico Bipartidista.
Eventualmente, los presidentes son víctimas de cospiraciones. En los partidos políticos en declive los sucesores usualmente suelen reunirse con la oposición buscando un final inoportuno.
Los reportes históricos de los conflictos políticos sugieren que, «o el presidente de turno en transición cometió algún delito o cayó en desgracia, en parte por diatribas con sus rivales políticos». O incluso sus propios funcionarios los delatan. El próximo presidente de la República, Leonel Fernández, también en su momento fue discriminado por su propia gente.
La transición política desde la crisis de la democracia representativa actual hacia un traspaso de poder de un gobierno a otro posteriormente sirve como un ejemplo extremo que muchas veces se presenta como un período relativamente pacífico.
Pero la transición desde un gobierno del PRM liderado por Luis Abinader hacia uno encabezado por La Fuerza del Pueblo sigue siendo una convergencia electoral de carácter histórico que alguna vez en el pasado fue algo normal.
La tendencia histórica mediante la cual las transiciones de poder se volvieron más comunes todavía no son algo normal en todos los partidos políticos aún cuando debemos establecer qué éstos fenómenos están relacionados con el auge global de la extrema pobreza.
Se debería advertir qué el sistema de gobierno representativo es mucho menos eficaz para producir cambios pacíficos de gobiernos que los de las democracias constitucionalizadas.
Entre otros beneficios, un resultado en primera vuelta implica que los opositores al actual gobierno tomen control del Congreso sin que en el PRM haya división.
Al reemplazar los planes del presidente Abinader por las estrategias de campaña de los FUNCIONARIOS públicos aspirantes a la presidencia de la República los consultores políticos saben que en una democracia liberal con baja legitimidad democrática el funcionamiento del presupuesto nacional reemplaza la fuerza electoral del oficialismo por la persuasión pacífica.
Desafortunadamente, la tendencia a largo plazo de la democratización se ha revertido recientemente, y por primera vez, desde el inicio del segundo período de gobierno del presidente Abinader, la democracia nuevamente se ha reducido en número.
Casi todos los estudios de satisfacción con la democracia representativa ahora clasifican al gobierno del presidente Abinader como un retroceso.
Cuando esta se define con rigurosidad el puntaje alcanza el más bajo Índice de Democracia Electoral. En algunos casos, los análisis de opinión pública reportan el auge de una forma de populismo detrás de este supuesto cambio.
En estas etapas históricas de crisis estructurales las transiciones pacíficas de gobierno mediante las urnas nunca deberían darse por sentado.
A nivel global, están lejos de ser la norma, incluso en la historia moderna. Incluso, como ya antes advertimos, una vez que un país establece una tradición de transferencias pacíficas de poder, no hay garantías de que la tradición continuará.
En su carta de despedida el presidente Abinader se precipitó en la primera impresión reelecionista, hablando acerca de «los peligros de la política que giran en torno a la lucha intensa entre los grupos económicos del PRM». En sus discursos ante la Asamblea Nacional describe el espíritu de la Nación como “una dramática cultura democrática que no se extinguirá”, advirtiendo que este momento histórico “demanda una vigilancia uniforme para prevenir que la situación calamitosa del país estalle en llamas, a menos que, en lugar de desestabilizarse debería continuar».
No es algo fácil para un sistema de partidos políticos mantenerse a sí mismo a pesar de los inevitables conflictos internos. Conforme el gobierno del presidente Abinader aborda el resultado de las elecciones generales del año 2028 sus funcionarios públicos deberían tener esto en cuenta. Una tradición de transiciones pacíficas de poder debe ser apreciada y protegida mediante un esfuerzo consciente, o, como el Departamento de Estado de Estados Unidos en República Dominicana lo viene expresando “con vigilancia, sin violencia y el fiel mantenimiento de la congregación de los intereses nacionales”.
