Razones socioeconómicas explican el desenlace político en primera vuelta.
Por Juan Carlos Espinal.
1/3
Cuando en el año 2020 el presidente Luis Abinader ganó en primera vuelta con +50%, el PRM tenía la opinión pública nacional a su favor.
Tras una intensa campaña de descrédito a la administración peledeísta, la irrupción de la pandemia COVID-19, meses de incertidumbre económica, desestabilización política, denuncias de fraude electoral, suspensión de elecciones municipales, un clima geopolítico de polarización impulsó la victoria del candidato presidencial del PRM. De esa manera la oposición se convirtió en clase gobernante antes de ser juramentada el 16 de agosto sin pactar con el gobierno del presidente Danilo Medina.
En ese momento, la poli-crisis sanitaria se conjuga con la crisis económica. De manera que la inseguridad ciudadana motivó la inestabilidad sociopolítica.
Una segunda vuelta hubiera costado 1,500-2,000 millones de pesos más. El argumento de entonces era que «ese dinero se podría más bien utilizar para construir una red de hospitales, escuelas, carreteras en favor de la gente».
Si el electorado de clases medias estaba harto, era necesario pues resolver el problema político de una vez y para siempre.
En el análisis situacional de entonces los especialistas en síntesis de opinión pública sugerían qué la oposición ganaría en la primera vuelta porque «en las protestas callejeras la Marcha Verde habló de un Cambio».
«No hay que alargar el sufrimiento de la población con la espera» vociferaban en las calles los actuales incumbentes.
Para el año 2020, si hubiese existido una segunda vuelta electoral, los candidatos presidenciales tenían que volver a convencer, debatir, hacer propuestas nuevas, afirmaban politólogos, académicos, periodistas e incluso los voceros de la Embajada de los Estados Unidos en el país.
El problema de prolongar el conflicto socio político sugería qué para el país opositor la percepción debía ser lo suficientemente creíble como para instalar el argumento de primera vuelta pues en ese escenario se gana con un empuje inicial del 40% del electorado insatisfecho.
Los teóricos neoliberales de sociedad civil, empujados por el lobbie estadounidense en Santo Domingo, se convertirían en activistas del PRM pues suponían que una segunda vuelta implicaba tener que buscar el 50%+1, y ello obligaba a pactar con el centro político.
Todos sabemos que históricamente en segunda vuelta vota más gente. No obstante, la única oportunidad de ganar las elecciones presidenciales del 2020 implicaba estimular el 45% de abstención.
Abinader y su grupo económico sabían que para ganar en primera o segunda vuelta tenían que buscar aliados.
De hecho, Washington sabía de ante mano que en Santo Domingo sus nuevos aliados estaban obligados a ganar «pero necesitaban construir un gobierno de coaliciones».
En esa dirección, todas las encuestas comenzaron a señalar el destino del país. De inmediato, los medios de comunicación de masas empezaron a establecer en sus programaciones la necesidad de que «al país le conviene que quien gane, gobierne desde la primera vuelta».
«Un presidente que gana en primera vuelta ganaría en segunda pero el riesgo de los empresarios sería muy alto».
Los empresarios del consenso de Washington, la sociedad civil pro USAID, las oeneges financiadas con capitales occidentales, el sector financiero nacional, sectores de las iglesias cristianas asimiladas, los intelectuales sistémicos y un vasto segmento de la opinión pública nacional se montaron en la nueva ola que según el Departamento de Estado de los Estados Unidos «convenía al país».
La Embajada de los Estados Unidos en República Dominicana machacaba a diario la frase que «quien gane debía ganar con reglas claras, sin crisis, y con un plan que la gente entienda». Sea en primera vuelta o en segunda, eso luego de escuchar la estrategia comunicacional, repetían los titulares de la prensa de la burguesía.
A fin de cuentas, el problema no es la vuelta. La discusión del año 2024, respecto de la necesidad de una nueva segunda ola de populismo en reelección de Abinader, era que “en 2020 teníamos que montarnos en la fiebre del Cambio”. Apenas 3 años después estos mismos actores se preguntaban sobre la importancia de lo que pasaría después del 16 de agosto.
Seis años después de gobierno del presidente Abinader la insatisfacción de la clase media señala problemas de bolsillo, servicios públicos de baja calidad y niveles de expectativas sin cumplimiento de las promesas. El grupo económico que llevó al PRM al poder en 2020 y 2024 está sintiendo en 2026 el mismo choque emocional que los llevó desde la oposición al oficialismo.
Los altos precios de los alimentos, los elevados costos de la matrícula del colegio, la baja cobertura del seguro médico, los bajos salarios, los insoportables precios de los combustibles y la energía cara desnudan la realidad por la que atraviesan millones de hogares nacionales.
Los apartamentos y alquileres en el DN y el GSD, se disparó. Ya en 2026 es imposible comprar una casa.
Los análisis de los especialistas en discursos de opinión pública en 2026 sienten que «la gente paga ITBIS, ISR, y no ven mejora en calles y hospitales». En sus conclusiones establecen que «la clase media votó por «cambio» y eficiencia».
No obstante, continúan las largas filas en hospitales y el seguro no cubre. «Se acumulan los casos de las enfermedades terminales, se percibe un estado de ingobernabilidad permanente, la corrupción se siente más que en años anteriores», titulan los Directores de medios de prensa escrita. Como si fuese un guión establecido.
El taponamiento está peor, titula Listin Diario.
«El Metro ha colapsado» editorializa Diario Libre.
«Los ciudadanos sienten que la delincuencia y los atracos no bajan en urbanizaciones», artículiza El Nacional de Ahora.
«Cambiamos de gobierno pero no de Estado», afirman las asociaciones de empresarios PYMES.
«Nos dan apagones interminables mientras nos vendieron gerencia. La clase media no esperaba eso», critican los teóricos de la sociedad civil corporativa de Participación Ciudadana.
FINJUS ve «nombramientos políticos, obras lentas, y comunicación que no conecta con el día a día».
