Rubén Darío, sus amigos dominicanos y los cuentos de política criolla

Por Miguel Ángel Fornerín

La reedición del libro de Emilio Rodríguez Demorizi, Rubén Darío y sus amigos dominicanos, pone de nuevo en la discusión algunas afirmaciones sobre el modernismo dominicano y, también, el conocimiento del deseo y el esfuerzo de los escritores nuestros porque sus obras sean difundidas más allá de nuestras fronteras; porque ser isla es también tener fronteras acuáticas que, si bien nos unen, también nos separan.

Esta obra de Rodríguez Demorizi es ambas cosas. Una amplia exposición que provoca preguntas sobre el modernismo y su principal exponente: Rubén Darío en la cultura y en la literatura dominicana. Con su detenimiento de investigador, Rodríguez Demorizi traza el itinerario y las coordenadas de su amistad con autores como Tulio M. Cestero, Fabio Fiallo, Pérez Alfonseca, Osvaldo Bazil y Américo Lugo. En las cartas y artículos se nota la relación de amistad y colaboración entre los dominicanos y el nicaragüense. También las rutas que toman las letras entre amigos diplomáticos y difusores de sus obras y de la cultura del país.

Las decisiones sobre el movimiento de Darío en República Dominicana son muy variadas. El mayor estudioso del tema Max Henríquez Ureña (“Panorama histórico de la literatura dominicana, 1945) no les dio mucha importancia a los modernistas y prácticamente los ignoró. El movimiento llegó tarde para Max. La literatura nueva del siglo XX dominicano la iniciaron los jóvenes de El Paladión. Emilio Rodríguez Demorizi trae a colación que la defensa del primer libro de Rubén Darío se realizó en “Revista científica…” por José Joaquín Pérez en 1884. Por su parte, Gastón Fernando Deligne no se adscribe al modernismo por encontrarlo muy parnasiano o por esto: “Nuestra oposición ha sido contra “los menos (no Rubén Darío, mal aconsejado imitador de Paul Verlaine; este ingenuo; el otro deliberado) que nos ha hartado de la época del Rey Sol; de las lises, de las Pompadours y de las frivolidades de Watteau (“Galaripsos y prosas”, OC, 322). Lo cierto es que Deligne era un lector de la poesía francesa y ya no necesita una traducción a las aspiraciones modernas latinoamericanas.

Las consideraciones de Max Henríquez Ureña en su obra son refutadas por Marcio Veloz Maggiolo (“Cultura, teatro y relatos en Santo Domingo”, 1969), pero también por Baeza Flores (“La poesía dominicana en el siglo XX”, 1976). Los amigos de Darío son los modernistas: Tulio M. Cestero, que más bien es un modernista en la prosa; Fiallo Fiallo (“Cuentos frágiles”, 1908), que es modernista en el cuento, y por tanto en la prosa. Su poesía ha sido más cercana a Heine, según sostiene Joaquín Balaguer. Nos quedan Osvaldo Bazil (“Rosales en flor”, (1906), Américo Lugo (“Heliotropo”, 1903), y Ricardo Pérez Alfonseca, (“Oda de un yo”, 1913). Poeta modernista, de la segunda época es Federico Bermúdez (“Los humildes”, 1916). ¿Dónde queda el asunto en cuestión? El modernismo llegó tarde. La primera parte del modernismo llamada Torre de Marfil casi no existe en la República Dominicana. El exotismo caló en una prosa portentosa.

Por otra parte, el modernismo es mucho más que la liberación del metro. Centro de la heurística de los Henríquez Ureña. La tendencia a la ruptura formal es el centro de la exposición que sobre el tema recoge “Rubén Darío y sus amigos dominicanos”: “La principal innovación realizada por Darío y los modernistas americanos ha consistido en la modificación definitiva de los acentos; han sustituido con la acentuación ad libitum la tiránica y monótona del endecasílabo, del dodecasílabo hijo de las viejas coplas de arte mayor, y del alejandrino. Los últimos han alcanzado, con esta variación, inmediata y estupenda boga… (293).

Este libro, compuesto de cartas, artículos y una biografía de Darío escrita por Bazil, es una cantera de asuntos de comunicaciones y fijaciones sobre el rumbo de nuestras letras, en las primeras décadas del siglo XX. El prólogo de esta edición es del recientemente fallecido ensayista y publicista José Rafael Lantigua, quien señala que la obra “de Rodríguez Demorizi es una joya, como suceso de la literatura dominicana, y como espacio único y deslumbrante de todo cuanto significó la vida y la obra del gran poeta centroamericano…” (19).

La reedición es de la Fundación Emilio Rodríguez Demorizi, presidida por Bernardo Vega e integrada por los también historiadores Wenceslao Vega Boyrie y Juan Daniel Balcácer. La fundación ha tenido a bien publicar también el interesante volumen “Cuentos de Política criolla” (1963-1967). Ya lo había expresado Héctor Inchaustegui Cabral que, sin la obra de Rodríguez Demorizi, sería difícil escribir la historia de la cultura dominicana. Sus investigaciones, que abarcan la historia, la literatura, la música, entre otras disciplinas, son minas para los investigadores del presente y del futuro. Y eso se puede entender de forma práctica al analizar el libro “Cuentos de política criolla», publicado en la Colección Pensamiento Dominicano, de la Librería Dominicana.

La importancia de este texto se encuentra en que, además de anotar la afición de los dominicanos por la narrativa breve, desde que comienza a desarrollarse la educación y proliferan los impresos en el último cuarto del siglo XIX, comienzan a ser publicados cuentos y otras narraciones breves en revistas y periódicos dominicanos. De entre ellas se destacan los cuentos de José Ramón López (“Cuentos puertoplateños”, 1904) y los de Virginia Elena Ortea (“Risas y lágrimas”, 1900). Pero hay una cuentística que versaba sobre la política criolla que se cultivó profusamente y que recoge en este libro Emilio Rodríguez Demorizi. Estos cuentos vienen a ser los precursores del cuento moderno dominicano que nace, a mi manera de ver, con la publicación de “Camino real» (1933), de Juan Bosch.

Lo que me lleva a postular lo arriba señalado tiene que ver con la lectura del prólogo que don Emilio Rodríguez Demorizi pidió a Juan Bosch. Y en él tenemos al autor de “La Muchacha de la Guaira” en función de crítico del cuento dominicano que se hacía cuando él establece una ruptura importante en la forma de narrar. Lea al lector interesado ese prólogo y encontrará el parteaguas entre el cuento tradicional dominicano y el cuento moderno. El texto muestra la agudeza crítica de Bosch y muestra cómo tenía muy bien pensada, y ya establecida, su teoría literaria. Es, en fin, una brillante exposición sobre el arte de narrar. Recomiendo que se lea junto a la “Teoría del cuento”, que Bosch expuso en la década anterior en Venezuela.

Pero hay más. Bosch cataloga este libro. Dice: “es una colección en la que figuran once autores con veintinueve cuentos. En la mayoría de esos trabajos la política queda descrita como una actividad de sinvergüenzas, abusadores y ladrones; y era así como la veían los pequeños burgueses dominicanos… (66).

En el prólogo de la actual edición, agrega una nueva perspectiva Manuel García Cartagena: “Sin dudas el lector contemporáneo sabrá decidir si le satisface o no esta valoración de los textos antologados como “cuentos” fundamentada con argumentos históricos y culturales y si la misma le resulta conveniente para justificar la selección de los textos que se reúnen en la presente antología. Por mi parte, me limito a subrayar que dichos textos constituyen una importante fuente de información para cualquier persona interesada en conocer tanto los usos y costumbres como algunos de los rasgos lingüístico-culturales que predominaban en distintas zonas del país dominicano durante el período comprendido entre 1890 y 1930” (21).

En definitiva, la reedición de “Rubén Darío y sus amigos dominicanos” y la recuperación de “Cuentos de política criolla” no solo reafirman la centralidad de Emilio Rodríguez Demorizi en la historiografía cultural dominicana, sino que permiten reconsiderar los vínculos entre modernismo, identidad y tradición narrativa. A través de estas obras se advierte que la literatura dominicana no ha sido un fenómeno tardío ni marginal, sino un espacio de diálogo constante entre historia y creación, entre política y estética. Volver a estos textos es, pues, una forma de revisar nuestras genealogías literarias y de comprender mejor los procesos que dieron forma al cuento moderno y a la conciencia crítica nacional.

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