Sanatorio/cárcel para Trump Trump carece de las mínimas capacidades para trabajos que no impliquen sus íntimos deseos e intereses. Foto
Por Luis Linares Zapata
Bastante peor que entrar a una guerra sin saber porqué hacerlo, es hacerlo con miradas y propósitos equivocados. Eso le pasó a Donald Trump en su agresión a Irán. Lleva semanas amenazando con destrucciones infernales, edades de piedra y acusando de lunáticos y bastardos a los dirigentes iraníes. Todo ello apunta hacia ningún lugar, aunque, también, a su desesperación por elusiva victoria. No sabe como obligar a sus oponentes a plegarse a sus caprichos momentáneos y torpes, acostumbrado, como parece estar, a capitalizar gratuitamente temores o francos miedos de sus contrapartes. Aunque ahora no le parecen funcionar sus muecas, gritos y espavientos. Y lo que es peor: no sabe evaluar el momento que vive su guerra, la propia y, por derivada consecuencia, la de los demás.
Cierto es que, en su zigzagueante trayectoria guerrera, vaya dejando insensata destrucción a su paso. Nunca esperó, menos sopesó, el costo humano de su aventura guerrera. Simplemente se lanzó al ruedo siguiendo los empujones israelíes. Meterse en peleas ajenas es uno de los peores consejos que se puedan recibir, y precisamente así lo hizo Trump.
Fue a combatir en terreno por completo ajeno, y con armas por demás desiguales. Los costos de ello son también desbalanceados, pero en la final contabilidad, mucho parece inclinarse en favor de los considerados como la parte débil. Sobre todo, si el enorme costo resultante se reparte entre el mundo afectado. El obligado precio a pagar por las distintas naciones aparece, entonces, además de injusto, gratuitamente oneroso para los no beligerantes. Y de ello, México no se salva.
Trump llegó a esta guerra de su vanidosa manufactura, en un momento crucial para evaluar la integridad de su corta y endeble trayectoria. Quedó situado frente a las venideras elecciones de mitad de período, y la perspectiva se le ha ido descomponiendo en la medida de sus veleidades y torpezas. El futuro que le espera, un tanto más adelante, no augura buen resultado. La pérdida de soporte ciudadano es acelerada. Su misma base, antes firme, parece dudar.
El resto de la población electiva, aún aquella no comprometida de antemano, va tomando parte en el asunto. Su imagen se ha deteriorado a grado inconveniente para un político que aspira, incluso, a relegirse, muy a pesar de no contar con la ley respectiva de su lado. Varios son los elementos que van marcando la actualidad estadunidense con vistas a las elecciones de medio tiempo. Uno lo conforma la solidez con que ha progresado la oposición, en específico la decidida a confrontarlo. Agrupados con el paraguas conceptual propagandístico del No Kings, millones han tomado las calles en varias ocasiones.
Y lo han hecho con la beligerancia requerida para madurar un movimiento que apunta a su crecimiento sostenido. Dos. La desconcertante trayectoria de sus subalternos directos, en especial aquellos que han sido separados con sus intratables decisiones, pero también por aquellos que se aprecian o sospechan incapacitados para desempeñar altos puestos sensibles.
Al jefe del Departamento de Defensa lo está enfrentando con los militares, en especial los de alta graduación. Tres. La paulatina y hasta tardía, pero constante, organización y reciedumbre de la oposición partidaria –demócrata–. Cuatro. La insolente y por demás injusta decisión de favorecer, en atención e impuestos, a los megabillonarios, desbalance que empieza a provocar reacciones encontradas con el resto de los ciudadanos. Cinco. La ya sólida opinión en el resto del mundo sobre una imagen dislocada y poco confiable en un aspirante al liderazgo mundial. Los europeos trabajan para fincar, entre ellos, sus armas y capacidades defensivas.
Seis. Las ventajas obtenidas, por simple diferencia, por otros lideres globales: el ruso y el chino. Siete. La inhumana disposición de ahorcar al pueblo cubano sin una visión integrada y empática del complejo resultado factible. Pero lo que va agotando la capacidad de Trump para mantener una imagen sólida y atractiva frente a sus conciudadanos, es su dislocada calidad moral. Trump carece de las mínimas capacidades para trabajos que no impliquen sus íntimos deseos e intereses.
El profundo desprecio que lo anima para responder a inquietudes ajenas es sorprendente. Las formas que emplea para verbalizar sus pensamientos, además de una cortedad de lenguaje notable, los envuelve en amenazas y desprecios. Es difícil, sino tarea imposible, apreciar la validez de las motivaciones populares para elegirlo como presidente del país. El gigantesco embrollo que ha formado con su actuación guerrera, lo sitúa frente a crímenes de guerra.
No sólo ningunea tal posibilidad, sino que la aparta con frívola actitud. Asegurar que destruirá Irán completo en sólo un día revela su nula calidad individual. No le espera sino un terrible juicio histórico y una cárcel sanatorio para guardarlo indefinidamente.
LA JORNADA

