Si no sabe leer, olvídese
Por Manuel Martínez
Conversamos con las máquinas sin comprender lo que leemos.
¿Para qué queremos superinteligencia si no sabemos leer? Esa es la pregunta que debería hacerse este país antes de seguir discutiendo inteligencia artificial general y gemelos digitales de instituciones públicas. No se la hace nadie, porque suena grosera. Pero la grosería no está en la pregunta: está en la respuesta que todos conocemos y nadie dice en voz alta.
El domingo pasado, seis dominicanos se sentaron frente a cámaras, micrófonos y una red de más de veinte medios aliados en Debate RD para discutir “Inteligencia Artificial y Geopolítica”. Terminó siendo un conversatorio sobre educación dominicana con vocabulario prestado de Silicon Valley. De la geopolítica de verdad —la que decide quién controla chips, datos e infraestructura— se habló menos de lo que sugería el título. República Dominicana no fabrica los grandes modelos de IA ni los semiconductores que sostienen esta carrera, ni define sus reglas globales. Nuestro desafío es otro: decidir qué lugar ocupar y qué capacidades desarrollar para no convertirnos en simples consumidores de tecnología ajena. Llamar “geopolítica” a un panel que terminó en educación y en el ITLA puede ser posicionamiento. El problema aparece cuando el nombre es más grande que el debate.
En medio de esa confusión de escalas aparecieron afirmaciones espectaculares: que los tipos de cáncer podrían curarse antes de 2030, que los seres humanos podrían vivir 200 o 300 años y que una inteligencia artificial podría acabar con nosotros casi accidentalmente. Son afirmaciones extraordinarias, presentadas sin el contexto, la evidencia y las incertidumbres que exige una conversación seria. Y lo paradójico es que apareció una idea concreta y útil: que el país debe controlar y aprovechar sus propios datos en salud y educación, porque los sistemas entrenados con información de otras sociedades pueden no responder a las particularidades de la nuestra. Esa idea merece discusión. Un comunicador con alcance público tiene la responsabilidad de ayudar a distinguir entre información, hipótesis y especulación. Cuando esa frontera desaparece, el problema ya no es solo tecnológico. También es educativo.
Uno de los panelistas defendió los exámenes tradicionales como base de la meritocracia. Es una posición discutible que revela una tensión: si la IA puede hacer cada vez más tareas de memorización, cálculo y resolución mecánica, la educación tendrá que discutir qué debe medir realmente. Y ahí está el problema que debió estar en el centro.
PISA 2025 acaba de ponerle números a algo que el país conoce desde hace años. En lectura, apenas el 23 % de los estudiantes dominicanos de 15 años alcanzó el nivel mínimo de competencia; en matemáticas, apenas el 9 %. Es decir: casi ocho de cada diez quedaron por debajo del mínimo en lectura y nueve de cada diez en matemáticas. Eso no significa que no sepan descifrar un texto, sino que no logran comprenderlo con la profundidad mínima que exige la prueba. Y no es una foto nueva: los resultados de 2025 son estadísticamente iguales a los de 2022. No hablamos de un deterioro reciente, sino de un estancamiento que se prolonga.
Esa distancia es la verdadera noticia. PISA evalúa a jóvenes de 15 años escolarizados, pero es el espejo más serio que tenemos de lo que la escuela logra en comprensión. Preguntarle a un país que no comprende suficientemente lo que lee sobre el futuro de la inteligencia artificial es como preguntarle a alguien que no sabe nadar sobre la profundidad ideal de una piscina. La pregunta es legítima. Pero el orden de las preguntas importa.
Y aquí está lo más incómodo de admitir: el chatbot no exige comprensión lectora para funcionar. Ese es su encanto y su trampa. No hace falta entender un problema para copiar su solución ni leer con atención para pegar una respuesta generada en segundos. Un país que no domina la lectura corre el riesgo de usar la inteligencia artificial no como herramienta de pensamiento, sino como sustituto del pensamiento que todavía no desarrolló. La IA no le va a resolver el analfabetismo funcional al país. Puede esconderlo mejor: producir textos impecables para quienes no saben evaluar si son ciertos y fabricar respuestas convincentes para ciudadanos sin herramientas para preguntar si tienen sentido. No se trata de impedir que la gente use inteligencia artificial, sino de asegurarnos de que tenga suficiente inteligencia propia para utilizarla.
No estoy en contra de que se hable de IA. Estoy en contra de que se hable de ella como si fuera el problema más urgente, cuando el más urgente sigue siendo el de hace décadas: conseguir que nuestros niños y adolescentes comprendan lo que leen. Se dirá que ambas cosas pueden atenderse a la vez, o que la IA puede ayudar a enseñar a leer. Puede ser. Pero ninguna herramienta sustituye a la base, y hoy la base falta.
Y hay que decirlo con justicia: esa prioridad no está ausente del discurso político. En julio, Leonel Fernández expresó en la conferencia que ofreció en Juan Dolio que el sistema educativo debe fortalecer la lectura comprensiva y el pensamiento crítico frente a la IA, y advirtió que estas herramientas no deben sustituir el análisis y el razonamiento de los estudiantes. El problema no es solo decirlo. Es convertir esa prioridad en una política educativa sostenida, medible y capaz de cambiar los resultados.
Porque ninguna arquitectura tecnológica puede sostenerse sobre una sociedad con una grieta abierta en su capacidad para leer, comprender y pensar. Podemos hablar de superinteligencia, de gemelos digitales, de soberanía de datos y de una humanidad que viva 200 años. Pero antes de preguntarnos si las máquinas dejarán de necesitarnos, deberíamos preguntarnos algo más elemental: ¿qué estamos haciendo nosotros con la inteligencia que ya tenemos?
La pregunta que debería incomodarnos no es qué hará la inteligencia artificial con nosotros. Es qué haremos nosotros, sin saber leer, con la inteligencia artificial.
Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual
