Sonoridad de un mundo recién descubierto
A propósito de Ngũgĩ wa Thiong’o
Por Nicolás Bera
Un niño contempla el letrero de madera colgado en su pecho e imagina una iglesia. Entre sus cortas pestañas sostiene el aire que ebulle del sol cuando le quema las pupilas, como lágrimas de cera dibujadas en los rostros de los cristos. Respira —porque llorar nunca fue tan rápido—, deseando creer que su cruz es tan grande como la que le espera.
La imaginación del niño keniata ante el perfil erigido de las cúpulas. Las campanas remolcadas por camiones, trincadas a las anchas cuerdas de los barcos. Dos imágenes del mundo, conocimiento a priori del niño, lo ajustan perfectamente al medio, con una visión perpetua del mundo.
El letrero dice Donkey (burro). Así como otros niños depositan sus miradas en él, él ve a los animales de carga, cada vez más escasos, desvanecidos en ruta. En el depósito se lee una luz: una vida destinada a un nuevo mundo. Hasta que otro niño recibe el letrero; la tinta y la palabra que determinan sus mundos.
Dios se hace hombre. Alguna vez se preguntó cómo se vería el oro, cómo olerían el incienso y la mirra del relato. Y alguna vez —pasando el letrero a otros— pudo entender antes de nombrarla: La eternidad es ahora el fin, su facultad de una sinrazón, impráctica y cautiva.
En los encuentros cotidianos entre viejos conocidos y personas afines a esa bambalina social donde todos actuamos con libreto, nos cruzamos con adultos cuyas ideas del mundo se endurecen al contacto de miradas espontáneas —y severas— de un mundo en conversión. Negar la territorialidad de la realidad es negar la colectividad que sostiene los consensos, y esos consensos, vistos desde los hogares de quienes los padecen, siempre se revelan más frágiles de lo que aparentan.
La mente es el mundo recién conquistado. Pasa, como en una cabina, a doscientos grados de frecuencia: vibra, interpreta, traduce. Y cada nombre que damos puede salvarnos, y puede condenarnos a nuestro próximo niño.

