Un 56 % coloca a Fuerza del Pueblo por delante del PLD y revela que el mapa político dominicano está cambiando
Hay derrotas que ocurren el día de las elecciones y hay otras que comienzan mucho antes. También hay victorias que todavía no han ocurrido en las urnas, pero que empiezan a instalarse en la cabeza de los ciudadanos. La política tiene esos momentos incómodos en los que la realidad comienza a cambiar mientras sus protagonistas todavía siguen actuando como si nada hubiera pasado.
Los resultados de esta encuesta contienen precisamente una de esas señales. Ante la pregunta de cuál partido creen los ciudadanos que se convertirá en líder de la oposición, Fuerza del Pueblo aparece con 56 %, mientras el PLD alcanza 35 %. Alianza País obtiene 6 % y un 3 % dice no saber. Hay una diferencia de 21 puntos porcentuales entre las dos principales fuerzas opositoras, y aunque una encuesta no es una elección ni puede confundirse una fotografía con la película completa, sería un error político mirar esta fotografía y pasar de largo.
Porque aquí no se está preguntando quién ganará las próximas elecciones. Se está preguntando algo distinto y mucho más revelador: quién ocupa en la mente del ciudadano el lugar de principal fuerza opositora. Y la respuesta, al menos en este momento, parece bastante clara.
Durante años, el PLD ocupó ese espacio casi por derecho histórico. Después de gobernar durante dos décadas, construir una enorme estructura política y convertirse en una de las principales fuerzas electorales del país, parecía natural pensar que, una vez fuera del poder, seguiría siendo automáticamente el principal referente de la oposición. Pero la política no funciona con derechos adquiridos. La oposición no se hereda; se construye, se disputa y, finalmente, la reconoce el ciudadano.
Eso es precisamente lo que hace incómodo este 56 %. El problema para el PLD no es solamente que aparezca con 35 %. El verdadero problema es la distancia: 21 puntos separan a ambos partidos cuando se pregunta quién será el líder de la oposición. Y esa diferencia obliga a formular una pregunta que quizás algunos dirigentes preferirían no hacerse: ¿qué está viendo el ciudadano que ellos todavía no quieren ver?
La respuesta puede estar en una desconexión cada vez más evidente entre la conversación de los partidos y las preocupaciones de la gente. Los partidos suelen mirar estructuras, dirigentes, organismos, congresos, locales, historia y cuotas de poder. El ciudadano mira otra cosa. Mira quién puede resolver sus problemas, quién representa una posibilidad de cambio, quién tiene credibilidad para gobernar y quién parece tener una idea del país que viene.
El segundo resultado de la encuesta ayuda a entenderlo. Cuando se pregunta en qué debe enfocarse el gobierno de Luis Abinader, las respuestas se concentran en salud, con 30 %; empleo, con 28 %; y fondo de pensiones, también con 28 %. Solo un 7 % menciona la corrupción y otro 7 % no sabe. Es decir, 86 % de las respuestas se concentra en tres preocupaciones profundamente concretas: salud, empleo y pensiones.
No es un dato menor. El ciudadano está hablando de su vida. Está pensando en poder atenderse cuando se enferme, en conseguir o conservar un empleo y en saber qué ocurrirá con sus ingresos cuando llegue el momento de retirarse. Mientras tanto, la política puede estar demasiado concentrada en sí misma: en quién tiene más estructura, quién conserva determinado liderazgo, quién tiene más historia o quién considera que merece ocupar determinado espacio.
La gente está pensando en el futuro mientras algunos partidos siguen discutiendo el pasado.
Y ahí está una de las claves para entender lo que está ocurriendo. El ciudadano no necesariamente está interesado en las disputas internas de los partidos ni en sus genealogías políticas. Está buscando respuestas. Por eso, cuando comienza a identificar a una fuerza como principal referente de la oposición, no necesariamente está premiando su estructura. Puede estar expresando algo más profundo: la percepción de que esa organización tiene mayores posibilidades de convertirse en una alternativa real de poder.
Eso convierte el 56 % en algo mucho más importante que una cifra favorable para Fuerza del Pueblo. Es una responsabilidad. Porque una cosa es ser oposición y otra muy distinta es representar una alternativa de poder. La primera puede construirse criticando al gobierno; la segunda exige tener respuestas.
Si el ciudadano está colocando salud, empleo y pensiones entre sus principales preocupaciones, la oposición que aspire a gobernar no puede limitarse a señalar lo que está mal. Tiene que explicar qué haría diferente. Tiene que hablar de educación, productividad, tecnología, transformación digital, seguridad social, innovación, oportunidades para los jóvenes, institucionalidad y crecimiento. Tiene que demostrar que no solamente quiere sustituir al que gobierna, sino que está preparada para gobernar.
Ahí está el verdadero desafío para Fuerza del Pueblo. Cuando el ciudadano comienza a colocarte en el lugar de alternativa, deja de bastar con parecer alternativa. Hay que comportarse como tal. El liderazgo opositor no se construye únicamente confrontando al gobierno de turno. Se construye ofreciendo una visión de país capaz de convencer a quienes todavía no han decidido dónde colocar su confianza.
Y para el PLD el desafío tampoco es menor. Sus 35 % demuestran que sigue teniendo una fuerza política importante, pero también le colocan frente a una pregunta inevitable: ¿por qué el ciudadano debería volver a verlo como la principal alternativa al poder? La historia, la experiencia y la estructura cuentan, pero ninguna de ellas garantiza el futuro. La política no premia eternamente la memoria.
Fuerza del Pueblo tampoco debería interpretar estos números como una victoria anticipada. El 56 % no significa que las elecciones de 2028 estén decididas. Las campañas cambian percepciones, los errores cuestan caro y las preferencias electorales pueden modificarse. Pero sería igualmente ingenuo pensar que un resultado así carece de importancia. Instalarse como principal referente opositor en la percepción ciudadana es un activo político considerable.
Por eso estos números no deberían provocar únicamente celebración en un partido y preocupación en otro. Deberían provocar reflexión. Porque quizás la verdadera noticia no sea que Fuerza del Pueblo tenga 56 % y el PLD 35 %. La verdadera noticia es que el mapa opositor dominicano está cambiando, y que ese cambio parece estar ocurriendo desde abajo hacia arriba: desde la percepción del ciudadano hacia las estructuras políticas.
Una encuesta no gana elecciones. Eso es cierto. Pero tampoco hay elecciones que puedan ganarse ignorando las señales que aparecen antes. El 56 % no es una corona. Es una advertencia.
Una advertencia para el PLD, que tendrá que decidir si quiere disputar nuevamente el liderazgo opositor o conformarse con su condición de segunda fuerza. Una responsabilidad para Fuerza del Pueblo, que tendrá que demostrar que puede transformar una percepción favorable en una verdadera alternativa nacional. Y una señal para todos los que todavía creen que el mapa político permanece congelado.
No permanece. La oposición tiene dueño.
Y esta vez no lo decidió un congreso partidario, ni una dirección política, ni una asamblea.
Lo está comenzando a decidir el ciudadano.
Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual
