Un país que casi no existe (2) La reina de Saba y Salomón
Por Pedro Conde Sturla.
Hace cinco mil años que en las fértiles montañas del norte de Yemen se registraron los primeros asentamientos humanos, los que darían origen a este gran pueblo. Es un pueblo árabe, inseparable de los orígenes y de la identidad árabe, pero con un cierto mestizaje africano. «En la genealogía tradicional árabe, se considera que los árabes del sur (conocidos como árabes qahtanitas) provienen históricamente de la región del Yemen, y se les asocia con los orígenes más puros y antiguos de este grupo étnico y lingüístico».
A partir del año 1200 a. C. surgieron las primeras civilizaciones: la de los mineos, los sabeos y los himyaritas. Surgió la que llamarían Arabia Felix, el mito y la realidad de la Arabia Felix.
Yemen se convirtió, de hecho, gracias al clima y a la fertilidad de la tierra y a su posición privilegiada frente al golfo de Adén, en uno de los primeros focos de la civilización de la península arábiga. Desde esa geografía bienaventurada, entre la India y el mar Mediterráneo, sus habitantes controlaron o monopolizaron en gran medida el tráfico de especias. El comercio trajo grandes riquezas y propició el surgimiento de asombrosas ciudades como Shibam y Saná, que es la capital del país y tiene más de dos mil quinientos años de antigüedad. Ambas ciudades, eran objeto de admiración por su racionalidad urbanística y sus «rascacielos» construidos en gran medida con ladrillos de adobe. En efecto, desde el siglo tercero de nuestra era, los habitantes de esas y otras ciudades construían edificios o casas torres de cinco y once y más niveles, a veces con una altura de unos cuarenta metros. Los primeros niveles se construían o reforzaban con piedra, quizás piedra caliza o basalto y los demás con adobe. Es decir, ladrillos de barro y paja secados al sol o más probablemente en hornos. Se utilizaba madera, desde luego, sobre todo para los pisos. Nada de acero ni hormigón, por supuesto. Lo importante es que se mantienen todavía en pie en su mayoría, aunque en peligro de extinción gracias a los continuos bombardeos sauditas.
Una de las tres primeras civilizaciones de Yémen, la de los sabeos, tuvo una enorme resonancia histórica. Sus fabulosas y quizás exageradas riquezas y esplendor dieron origen a no menos fabulosas leyendas como la de la famosa reina de Saba. Al frente del reino de Saba se supone que estuvo esta reina que sólo puede ser calificada de legendaria o mitológica. No menos mitológica que su famosa visita al igualmente mitológico Salomón. La verdad es que no se conoce inscripción, monumento o documento que registre su nombre. No hay pruebas arqueológicas, no hay pruebas históricas. Se la menciona en un libro libro etíope, el Kebra Nagast, en el Corán y en la Biblia, en libros de fábulas religiosas.
La misma Biblia es bastante escueta en el relato de los hechos que supuestamente ocurrieron en el imaginario palacio o templo de Salomón. Además la reina de Saba es sólo la reina de Saba. No tiene nombre en la Biblia. En el Kebra Nagast se llama Makeda.
En cuanto a la relación íntima de la reina con su amigo Salomón (el hecho, conocidísimo, de que Salomón la pasara por las armas), la Biblia de los hebreos no dice nada. Ese chisme, sin embargo, aparece muchas veces repetido en escritos menores, en fuentes de menor crédito: en leyendas y tradiciones de Etiopía, en relatos rabínicos y coránicos, en textos árabes. Según el Kebra Nagast, el taimado Salomón, que ardía en deseo hacia ella, la engañó con un truco barato. Le prometió que no la tocaría a condición de que ella no tomara nada de lo que le pertenecía sin su permiso y ordenó después servir un banquete con comida salada y picante. La reina se despertó en medio de la noche, atenazada por la sed, y bebió agua de una jarra que pertenecían, desde luego, a Salomón y de buena o mala gana, tuvo que entregarse a él.
Así lo cuenta el Kebra Nagast (conocido como La gloria de los reyes):
Capítulo 30: De cómo el rey Salomón juró a la Reina
Y Salomón respondió y le dijo: «Te juro que no te tomaré por la fuerza, pero tú debes jurarme que no tomarás nada de lo que hay en mi casa por la fuerza».
Y la Reina se rió y le dijo: «¿Por qué, siendo un hombre sabio, hablas como un tonto? ¿Acaso desearía yo llevarme algo de tu casa? ¿Acaso soy una ladrona que codicia los bienes ajenos? No he venido aquí por hambre, sino por tu sabiduría. Júrame que no me tocarás por la fuerza, y yo te juraré que no tomaré nada que te pertenezca». Y él le prestó juramento y ella le juró a él.
Entonces el rey ordenó a sus sirvientes que prepararan un banquete para él y para la Reina en sus habitaciones privadas. Y mandó a los cocineros que cocinaran alimentos que provocaran sed, platos sazonados con pimienta, especias picantes y abundante sal, tanto para la Reina como para sus damas. También dispuso que se sirvieran bebidas embriagantes y vino puro en abundancia.
El banquete se prolongó hasta altas horas de la noche. Cuando terminaron de comer, el rey Salomón se levantó y mandó colocar un cuenco lleno de agua limpia y fresca en medio de la estancia donde ambos debían dormir, para que estuviera a la vista de todos. Luego le dijo a la Reina: «Descansa aquí con tus sirvientas, conforme a tu deseo». Y el rey se retiró a su propio lecho, que estaba al otro lado de la misma habitación.
Al cabo de unas horas, el sueño se apoderó de todos. Pero Salomón solo fingía dormir.
Debido a la comida picante y salada que había ingerido, una sed abrasadora despertó a la reina Makeda en mitad de la noche. Sus labios estaban secos y su garganta ardía. Se levantó sigilosamente de su cama, miró hacia donde descansaba el rey y lo vio con los ojos cerrados, respirando profundamente como si estuviera sumido en un sueño profundo.
Convencida de que nadie la veía, la Reina caminó despacio hacia el centro de la habitación, alargó su mano y tomó el cuenco para beber el agua fresca.
En ese instante, Salomón saltó de su lecho, la sujetó firmemente por el brazo y le dijo: «¡Has roto el juramento que me hiciste! Has tomado algo de mi propiedad dentro de mi casa sin mi permiso».
La Reina, asustada y temblando, le respondió: «¿Es que acaso he robado oro o plata? Solo he tomado un trago de agua porque mi garganta ardía de sed».
Y Salomón le replicó: «¿Y acaso existe bajo el cielo algo más precioso y sagrado que el agua, que da la vida a toda criatura? Has tomado mi agua dentro de mi palacio. Por lo tanto, quedas liberada de tu juramento y yo quedo liberado del mío».
La Reina, reconociendo que había caído en su trampa y viéndose atrapada por su propia promesa, le dijo: «Tu astucia me ha vencido. Beberé de tu agua, y que se cumpla tu voluntad».
Y aquella noche, Salomón durmió con ella.
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De la feliz unión nació Menelik I, el fundador de la casa real de Etiopía, que según la leyenda ha estado en el poder de forma ininterrumpida hasta época reciente. Haile Selassie, emperador de ese país desde 1930 a 1975, afirmaba ser descendiente directo y el sucesor número 225 de esa dinastía de origen divino… Es venerado como Dios encarnado por el movimiento religioso rastafari.
