Una mirada al crecimiento económico

Daris Javier Cuevas

Un economista acucioso debería observar de manera detenida los detalles del desempeño de la actividad económica y su relación con la ejecución de la política económica y sus consecuencias inmediatas. Pero esto ha de ser más riguroso en tiempos de crisis ya que en esta fase se rompen todas las reglas, dando paso a la desinformación y manipulación sin ningún reparo.

Tal criterio tiene más relevancia si se considera que algunos analistas económicos suelen interpretar la realidad con un alto grado de contaminación con criterio unilateral e ideológico al evaluar los hechos y cifras económicas. Generalmente una de esas contaminaciones se genera alrededor del producto interno bruto, PIB, y su crecimiento como indicador macroeconómico para cuantificar el valor de la riqueza de un país.

Al economista Simon Kuznets se le atribuye ser el primero en descubrir el interés de medir la actividad económicadurante la gran depresión. Es a partir de entonces que cuantificar el PIB de un país se convirtió rápidamente en una medida aceptada ampliamente para cuantificar la prosperidad de una nación.

Ante el congreso de USA, Kuznets expuso y justificó sus planteamientos señalando que “Hay que tener en cuenta las diferencias entre cantidad y calidad del crecimiento del PIB, entre sus costes y sus beneficios y entre el corto y largo plazo”. Bajo esos argumentos es que se inicia la inquietud entre economistas por determinar si el PIB es un buen medidor de la riqueza y el progreso de una sociedad.

En la actualidad, a los diseñadores de política económica se le hace imposible recomendar medidas sin que se considere la medición del PIB para enfrentar la situación económica y así lo concibe el pensamiento económico contemporáneo.  Y la razón está justificada en el entendido de que se acepta que el PIB expresa el valor de mercado de todos los bienes y servicios producidos por un país en un determinado periodo de tiempo.

En virtud de que el PIB se considera el indicador macroeconómico que mejor ofrece información acerca del comportamiento de la economía, entonces, su principal función es medir la riqueza generada en un país en un lapso determinado. Esto significa que a través del comportamiento del PIB se puede diagnosticar que tanto la economía se expande o se contrae y la incidencia que esto tiene en las decisiones de política económica en lo inmediato.

Al contabilizarse el PIB, sustentado en cifras creíbles, se consolida toda la economía de un país en una cifra única, en una sola estadística capaz de generar un dato de dimensiones creíble, sagrado e inmenso. Para la literatura económica el mismo había resuelto un problema de gran complejidad para tener criterios definidos acerca de cómo resolver las adversidades económicas coyunturales y estructurales.

Pero resulta que ha ocurrido todo lo contrario cuando los datos económicos comenzaron a ser contaminados políticamente y atribuir las cifras del crecimiento económico a las decisiones del gobierno, en consecuencia, darle un uso de corte electoralista. Desgraciada, con esos criterios lo que ha ocurrido es que el indicador del crecimiento ha caído en un deterioro progresivo de credibilidad, tal como está ocurriendo a escala planetaria y en la Republica dominicana.

A pesar de las distorsiones de las cifras del PIB y el crecimiento económico, este sigue siendo el indicador macroeconómico de mayor relevancia para medir la actividad económica en toda su dimensión sectorial. Pero resulta que un determinado nivel de crecimiento del PIB no es un reflejo que expresa una mejora en la calidad de vida de la población, sino que lo único que se aprecia es que la actividad económica de un país está en pleno funcionamiento, obviamente es un buen referente macroeconómico.
En definitiva, con la medición del PIB se procura obtener con cierta precisión que tanto crece la economía de un periodo a otro y su impacto en el mercado laboral. Por igual, establecer la comparación en relación con países de similar nivel estructural, aunque hay que tener mucha cautela ya que, al comparar dos o más países, el que tiene el mayor nivel de PIB no necesariamente significa que está mejor que el que tiene un PIB inferior, y es algo coyuntural.

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