Una visión para el futuro. Vamos por lo mejor.
Por Manuel Martínez.
Durante demasiado tiempo hemos confundido madurez con conformismo. Nos acostumbramos a elegir lo posible en lugar de exigir lo necesario, a votar por el menos malo y llamarlo responsabilidad, a celebrar que algo funcione a medias y agradecer como favor aquello que debería ser un derecho. Y una sociedad que aprende a conformarse termina reduciendo también el tamaño de sus sueños.
Lo vemos todos los días: en la familia que hace enormes esfuerzos para que sus hijos estudien; en el maestro que intenta enseñar con recursos insuficientes; en el joven que descubre que, para desarrollar su talento, quizá tenga que marcharse. Nos han repetido que las cosas son así porque siempre han sido así, como si el pasado fuera una sentencia y no una experiencia.
Pero un país cambia cuando sus ciudadanos cambian aquello que están dispuestos a aceptar.
Por eso, lo que viene no debería ser simplemente una discusión sobre nombres. Debería ser una conversación sobre el país que queremos construir y sobre el liderazgo que necesitamos para entrar plenamente en el segundo cuarto del siglo XXI.
Y es ahí donde, para mí, aparece Leonel Fernández.
No solamente por haber sido presidente tres veces, sino por una trayectoria vinculada al conocimiento, la educación, la tecnología y la transformación de la sociedad dominicana. Su discurso político ha incorporado de manera sostenida asuntos como la innovación, la transformación digital, la inteligencia artificial y la formación de las nuevas generaciones.
Pero hay algo que considero todavía más importante: la disposición a seguir aprendiendo.
En un siglo donde el conocimiento envejece cada vez más rápido, ningún dirigente puede vivir exclusivamente de lo que aprendió hace veinte o treinta años. Tiene que estudiar el presente para comprender el futuro. La experiencia importa, pero adquiere verdadero valor cuando se convierte en capacidad para interpretar un mundo que ya cambió.
Eso tampoco significa regresar para repetir un gobierno anterior. Sería un error. El país de hoy no es el de 1996, ni el de 2004, ni el de 2008. Han cambiado las tecnologías, las generaciones, la economía y las exigencias ciudadanas.
Una nueva etapa tendría que partir de esa realidad: conservar los aciertos, reconocer los errores y tener la humildad de no repetirlos. El pasado no puede corregirse, pero puede convertirse en experiencia. Esa es la diferencia entre experiencia y nostalgia.
Y la oportunidad que tenemos delante es enorme.
La inteligencia artificial ya no es una promesa lejana. Está transformando la educación, el trabajo, la producción y nuestra manera de acceder al conocimiento. Nunca habíamos tenido herramientas capaces de multiplicar de esta manera nuestras posibilidades.
Pero las herramientas no construyen solas el futuro. Necesitan personas capaces de comprenderlas y ponerlas al servicio de una visión.
Por eso la educación tiene que ocupar el centro.
No podemos aspirar a un gran salto nacional si nuestros jóvenes no reciben las herramientas intelectuales para comprender el mundo que les tocará vivir. Hay que enseñarles a leer, pero también a interpretar; a memorizar, pero sobre todo a pensar; a utilizar la tecnología, pero también a comprender sus consecuencias; a trabajar con inteligencia artificial sin renunciar a la inteligencia humana.
El verdadero salto tecnológico de un país no ocurre cuando incorpora máquinas o plataformas. Ocurre cuando forma personas capaces de convertir el conocimiento en soluciones, la creatividad en oportunidades y el talento en desarrollo.
Por eso esta no debería ser una discusión basada únicamente en simpatías personales, recuerdos políticos o consignas. Debería ser una discusión sobre el país que queremos construir durante las próximas décadas.
Yo tengo mi posición. Considero que Leonel Fernández reúne una experiencia política y una visión sobre el conocimiento, la educación y la tecnología que pueden responder a buena parte de los desafíos que tenemos por delante.
Y precisamente por eso la exigencia debe ser mayor.
No se trata simplemente de volver. Se trata de demostrar que la experiencia puede transformarse en una nueva etapa; que el conocimiento acumulado puede convertirse en nuevas soluciones; que un liderazgo con visión puede poner las herramientas del siglo XXI al servicio de una nación que quiere dar un salto hacia adelante.
Porque un pueblo que trabaja, estudia, emprende y lucha todos los días por salir adelante tiene derecho a exigir más: una educación mejor, instituciones más eficientes, oportunidades reales para sus jóvenes, un Estado que utilice la tecnología para servir mejor y un país donde el talento no tenga que emigrar para encontrar su valor.
No deberíamos sentirnos satisfechos porque algo funcione cuando sabemos que puede funcionar mucho mejor.
Quizás haya llegado el momento de romper con esa vieja costumbre de escoger entre lo posible y lo menos malo. No tenemos que pedir permiso para aspirar a más. Tenemos las herramientas, tenemos el talento y tenemos una generación capaz de llevar al país mucho más lejos.
Una nación no cambia solamente cuando cambia un gobierno. Cambia cuando cambia la dimensión de lo que está dispuesta a exigir.
El futuro no se administra desde el pasado. Se construye desde el presente.
Por eso no se trata simplemente de volver a gobernar, sino de gobernar mejor: aprender del pasado sin quedar atrapados en él, preparar a nuestros jóvenes para el mundo que viene, exigir resultados y recuperar la ambición de pensar en grande.
Aspirar a lo mejor no es una extravagancia. Es una responsabilidad con el país que queremos dejarles a quienes vienen detrás de nosotros.
VAMOS POR LO MEJOR.
Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual
