Vivir la brevedad y la prisa
Por Antonio Taveras Guzmán.
Hay épocas que pueden explicarse con una palabra. Pienso que una de las palabras que mejor define la nuestra es brevedad. Y junto a ella, la prisa.
Vivimos deprisa. Leemos deprisa. Opinamos deprisa. Nos indignamos deprisa. Nos entusiasmamos con la misma velocidad con que olvidamos aquello que ayer parecía imprescindible. Hasta amamos frágil y deprisa. No perdemos tiempo en cálidos abrazos: un emoji parece resolverlo.
Una noticia desplaza a otra antes de que hayamos comprendido la primera. Una polémica desaparece porque otra, más estridente —y a veces planificada o inventada—, ocupa su lugar.
En los barrios, la pobreza se vive sin comprenderla ni impugnarla. Unos tenis Jordan pueden convertirse para un joven en símbolo de dignidad y estatus, no importa cómo se consiguen.
La humanidad vive un cambio de época. No es la primera vez. El problema no es el cambio, sino qué hacemos con él.
Hace unos días, leyendo La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, encontré una referencia al pintor Georges Seurat. Para alcanzar la aparente sencillez de sus grandes obras, Seurat realizaba innumerables estudios y bocetos. Su trabajo era lento, terco, bien reflexivo, casi obsesivo.
Me quedé pensando en esa palabra: lento como sinónimo de despacio y de reflexión.
¿Cuánto espacio queda hoy para la lentitud? ¿Para ir despacio, razonar y comprender?
No creo que podamos juzgar a las nuevas generaciones con los parámetros de otras épocas. Cada generación construye sus lenguajes, sus códigos y sus maneras de percibir la vida. Lo preocupante no es que los jóvenes vean el mundo de manera diferente. Es que todos estemos perdiendo el hábito de detenernos.
Cuando era adolescente leí a Freud, Sartre, Marx, Nietzsche y José Ingenieros. Autores distintos y contradictorios, pero tenían algo en común: obligaban a detenerse, pensar, discutir e incluso cerrar el libro durante unos minutos para reflexionar.
Freud, en El malestar en la cultura, describió la tensión entre nuestros deseos individuales y las restricciones necesarias para vivir en sociedad.
Casi un siglo después, el malestar continúa, pero quizás ha cambiado de rostro.
Ahora vivimos nuestra individualidad en un mundo virtual donde una mano invisible (más terrible que la de Adam Smith) aprende nuestros gustos, preferencias, deseos, emociones y debilidades y los manipula. Nos invita y empuja a consumir, comprar, desechar, mirar rápido y responder sin pensar. Todo en fracciones de no más de 30 segundos. Hay que desechar todo en 30 segundos.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información. Un joven con un teléfono puede acceder en segundos a conocimientos que durante siglos estuvieron fuera del alcance de millones. Parecería una extraordinaria democratización de la información.
Pero información no significa conocimiento.
Podemos saber lo que ocurre en cinco continentes sin haber reflexionado profundamente sobre ninguna de esas realidades.
Sentimos mucho y reflexionamos poco.
Nos indignamos antes de conocer. Condenamos antes de comprobar. Compartimos antes de leer.
Y existe una diferencia fundamental con otras épocas: nuestra atención se ha convertido en un negocio.
Los algoritmos aprenden qué nos gusta, qué nos indigna y cuánto tiempo permanecemos mirando una imagen. No necesariamente nos muestran lo más importante, sino aquello capaz de retenernos. Así vamos entregando pequeñas parcelas de nuestro tiempo sin saber, en muchos casos, que alguien más está administrando nuestra vida.
A esta realidad se suma ahora la inteligencia artificial.
Es una conquista extraordinaria. Puede ayudarnos a comprender problemas complejos y ampliar nuestros conocimientos. Pero encierra una paradoja: puede ayudarnos a pensar y reflexionar o acostumbrarnos a no pensar
Si la utilizamos para confrontar nuestras ideas y hacernos nuevas preguntas, multiplicaremos nuestras capacidades. Pero si delegamos en ella la lectura, el análisis, la duda y, finalmente, el juicio, podemos terminar atrofiando aquello que pretendíamos potenciar: nuestro cerebro, nuestras capacidades.
Quizás una de las pérdidas más silenciosas de nuestro tiempo sea la capacidad de asombro, porque para asombrarse hay que detenerse.
Contemplar una pintura. Escuchar una pieza musical completa. Leer un poema dos veces. Conversar sin mirar el teléfono. Abrazar a los amigos. Incluso aburrirse y disfrutar del ocio, del silencio.
Del ocio nacieron preguntas, fantasías, libros, amores y descubrimientos.
No propongo regresar nostálgicamente al pasado. Cada época tuvo sus miserias y sus grandezas. Propongo algo más sencillo y, paradójicamente, cada vez más difícil: recuperar el derecho a detenernos, a pensar y reflexionar. En esta frenética locura de la prisa se nos olvida que “yo existo porque el otro existe”, y existe fuera de las pantallas.
La tecnología debe servirnos sin apropiarse de nuestra conciencia. La inteligencia artificial puede ampliar nuestra inteligencia sin sustituir nuestra responsabilidad de pensar.
Freud habló del malestar en la cultura. Vargas Llosa, de la civilización del espectáculo. Quizás a nuestra generación le corresponda reflexionar sobre una nueva etapa: la civilización de la atención disputada.
Una sociedad donde todos quieren unos segundos de nuestros ojos, nuestros oídos, nuestras emociones y, finalmente, de nuestro pensamiento, con un fin específico: monetizar nuestra atención.
Frente a ella, detenerse puede parecer un acto insignificante.
Quizás esté comenzando a convertirse en un acto de libertad y liberación.
