Crisis energética global, capitalismo y soluciones a la vida básica fuera de esa telaraña

Antonio Turiel.

El pasado mes el colectivo comunicativo Cuellilargo editó una serie de vídeos titulados «Petrocalipsis. Crisis energética global y como sí la vamos a solucionar», basados en una síntesis del libro de Antonio Turiel, científico y doctor en Física por la Universidad Autónoma de Madrid. Nosotras nos hemos propuesto realizar un breve resumen de esos vídeos gracias a las notas que el propio colectivo Cuellilargo nos ha compartido. Recomendamos la visualización completa de la serie de vídeos y la profundización en la lectura del ensayo de Antonio Turiel para ampliar toda la información.


La eterna crisis del capitalismo y el pico de petróleo

Estamos viendo cómo suben los precios del petróleo, el gas, la luz y, por extensión, de muchos alimentos y productos básicos. Vemos la tensión en el sector del transporte, pero también en la pesca e incluso la agricultura, la escasez de alimentos será una realidad y esta inflación no es consecuencia exclusiva de Putin como el gobierno español dijo recientemente, pero claro, para esto sirve la guerra, para culpar a otros de problemas mucho más complejos y que tienen responsabilidad compartida. Los problemas energéticos y de recursos básicos vienen de mucho antes de esta guerra, que evidentemente los agrava y los complica aún más. Nunca saldremos de esta crisis, al menos dentro del esquema económico y social capitalista. Éste se niega a reconocer un sencillo enunciado científico, y es que físicamente es imposible crecer ilimitadamente desde una perspectiva económica, ya que la economía se asienta siempre sobre los límites físicos del propio planeta. La problemática está mal planteada, y la solución no se halla en encontrar una fuente de energía verde y eternamente ilimitada como pretende el capitalismo, porque eso es científicamente imposible. Todo el énfasis se pone en aspectos técnicos y tecnológicos y en el desarrollo científico, porque no se quiere mirar el principal, el verdadero y auténtico problema. El sistema económico necesita el crecimiento continuado para sobrevivir, y en los últimos años, nos arrastra a toda la sociedad de un ciclo recesivo al siguiente en una crisis que no va a acabar nunca.

Ese techo de cristal está hecho de energía, concretamente de petróleo, y cada vez está descendiendo más, y sin energía nada funciona, pero cuando nos referimos a nada, no solamente hablamos del mercado capitalista, sino de nuestros servicios más básicos para la vida que están letalmente vinculados al futuro del sistema. Y  en todo este desastre su primer síntoma es la misma escasez de petróleo como una realidad ya en el presente. Es bien conocido que el consumo de petróleo libera grandes cantidades de dióxido de carbono que contribuyen al cambio climático, junto con otros gases contaminantes que provocan enfermedades respiratorias. Además, la extracción de petróleo puede contaminar el agua y la tierra de las zonas que lo albergan. Pero el sistema no puede dejar de usarlo, o colapsaría inminentemente. Este combustible fósil de alto rendimiento energético en poco volumen, hasta ahora extraído en abundancia y utilizado hasta la saciedad, ha hecho posible el sueño de la globalización capitalista. El petróleo, hoy en día, viene a ser la savia, la sangre de la economía mundial, se ha creado un monstruo que funciona a base de petróleo. Pero este globo dorado se ha pinchado y ya en la década pasada se advirtió de haber llegado al cénit de producción de petróleo o peak oil, un problema tan grave que obligará al sistema a prescindir del petróleo aunque no quiera hacerlo. De hecho, el petróleo nos va a abandonar mucho antes de que nosotras renunciemos a él.

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Es un hecho conocido que, a pesar de que las reservas de petróleo puedan ser inmensas, la velocidad a la que extraemos petróleo se halla limitada por diversos factores físicos y no puede sobrepasar cierto valor. Después de haber alcanzado su máximo, la velocidad de extracción de petróleo irá reduciéndose paulatinamente sin remedio. Y es iluso pensar en el descubrimiento de nuevos yacimientos porque las previsiones ya contemplan este punto, y las mejoras tecnológicas y de eficiencia que pueda haber, por eso se denomina Petrocalipsis.

La energía fósil y el resto de energías alternativas en el sistema capitalista

En los siguientes vídeos de esta serie, Cuellilargo analiza una por una las distintas modalidades de la energía fósil, desde el conocido fracking, los petróleos extrapesados o bitumen, el petróleo oceánico, carbón, gas natural; y también otras energías alternativas planteadas como la energía nuclear, el hidrógeno, las energías renovables (eólica, hidráulica, solar…). Ninguna de estas fuentes de energía representa una solución al problema planteado, y en algunos casos, suponen riesgos inasumibles para la vida humana y el medioambiente.

Nos están vendiendo un futuro deslumbrante basado en las energías verdes, alternativas a los combustibles fósiles y una ilusoria movilidad eléctrica, pero lo que hay ahora mismo es algo mucho más limitado, y la energía que requiere el capitalismo para funcionar en su lógica de ilimitado crecimiento no puede ser obtenida ni técnica ni físicamente a través de las alternativas planteadas. Se insiste, una y otra vez, por ejemplo, en que el coche eléctrico es el futuro, como si fuera una verdad evidente e indiscutible, una panacea universal, cuando en realidad tendríamos que aclarar unas cuantas cosas antes de lanzarnos a invertir en una nueva burbuja que pueda empeorar aún más las condiciones de vida de la mayoría para que solo se beneficien unos pocos. Estas medidas no suponen siquiera parches plausibles temporalmente, significan tan solo una huida hacia adelante completamente desesperada.  En distintos estudios académicos se ha llegado a la misma conclusión, las economías de los países crecen a medida que crece el consumo de energía, lo contrario supone una crisis, y por supuesto el capitalismo es un veterano sistema en repartir las consecuencias de una crisis entre la sociedad explotada, costando decenas de miles de vidas humanas directa o indirectamente.

La llegada de la producción de los combustibles fósiles a su pico máximo y la manifiesta incapacidad de las energías renovables de cubrir completamente el agujero que irán dejando los combustibles fósiles van a imponer una situación de racionamiento forzoso. No se disminuirá el consumo de energía porque queramos, sino simplemente porque la cantidad de energía disponible cada año va a ser menor. Tampoco vamos a quedarnos sin energía de golpe ni el descenso va a ser vertiginoso (probablemente, este se prolongue durante unas décadas), pero sí que está garantizado que cada año obtendremos menor cantidad, y eso va a impedir que las economías crezcan de ahora en adelante. En el sistema económico dominante, si no crecemos ilimitadamente, tenemos un problema. Y asumir esta realidad nos va a imponer algo aún más drástico: acabará destruyendo el capitalismo tal como lo entendemos hoy [Aplausos y alborozo… ¿o no…? dependiendo de qué alternativas podamos construir]. Este colapso paulatino no será constante ni tampoco igual en todas las partes del mundo, en algunas zonas se podrán experimentar temporalmente ciertos períodos de mejora a costa de sumir a otras zonas en una depresión económica aún mayor.

No se podrá evitar que la producción de combustibles fósiles disminuya progresivamente a lo largo de las próximas décadas. Lo único que se puede llegar a cambiar, haciendo las cosas de la peor manera posible, es que la caída sea más rápida de lo que resulta estrictamente necesario (por ejemplo, invirtiendo los recursos disponibles en falsas soluciones o embarcándonos en guerras por el control de los últimos recursos). Las fuentes de energía renovable, aunque tengan un potencial de producción de energía muy elevado, solo podrían llegar a cubrir una fracción del total de energía consumida hoy en día. Además, un despliegue de tal naturaleza requeriría enormes cantidades de recursos minerales diversos, algunos de los cuales, como el cobre o el litio, que también van a comenzar a escasear pronto. Por si lo anterior fuera poco, todo esto sucede en un momento en el que la humanidad se enfrenta a grandes retos ambientales, entre los que despunta el cambio climático por su alcance global.

Las soluciones pasan por alternativas sociales que rompan con el capitalismo

La clave está en afrontar el decrecimiento, pero no de nuestras vidas individuales solamente (ya que el consumo al que nos invita el sistema es completamente insostenible), sin renunciar a recursos básicos para una vida digna y justa socialmente para todas las personas del planeta. El reto consiste en forzar al capitalismo a apagar el motor, un motor que debe seguir funcionando desde otras lógicas sociales distintas, por eso buscamos alternativas anticapitalistas reales a escala local y global. Ante esta situación que se nos viene, debemos salir a la calle y explicar el problema real, debatir el asunto y llegar a la conclusión de que hace falta adaptarnos a un entorno de decrecimiento forzado y comenzaríamos a hablar de cómo crear una nueva sociedad que genere empleo razonable y bienestar a todo el mundo sin necesidad de un falso crecimiento constante.

El problema real es la insostenibilidad consustancial al crecimiento. No hay margen para la reforma, no hay nada que se pueda hacer dentro del capitalismo. Mientras no abandonemos este sistema, esta crisis no acabará nunca. Y es que el problema de facto no es la energía, sino el capitalismo. Para demostrarlo, hagamos una sencilla hipótesis: si ahora mismo se duplicasen las reservas de petróleo fácilmente extraíble, tardaríamos solo treinta años en agotarlas al ritmo del consumo actual.

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Debemos orientar la economía a la satisfacción de necesidades y no al crecimiento infinito de un sistema que es nuestra perdición. ¿Qué cambios deben hacerse? Pues se trataría de cambios de índole más social que tecnológico o energético, de modificar nuestra manera de relacionarnos con el planeta y nosotras mismas. De asumir cambios profundos en nuestra manera de entender la economía humana. Algunas medidas necesarias para no colapsar serían las siguientes:

Anulación de las deudas actuales totalmente impagables y que condenan a sociedades y países a la más pura esclavitud, esto implica reconocer la injusticia de esas deudas basada en la desigualdad, y partir de una situación más justa. La redefinición del dinero y su conversión en divisas locales, ajenas a intereses capitalistas globales y cercanas a un flujo socialmente razonable y próximo a una escala humana. Abolición y reforma profunda de los estados-nación actuales que son un esqueleto necesario para el capitalismo y la perpetuación de sus desigualdades, y establecer entidades horizontales de gestión social desde lo municipal, lo comarcal, y la construcción de instituciones confederativas. La definición de planes de transición locales que logren un cambio radical y rupturista, sustituyendo los planteamientos capitalistas por unos sociales a pequeña escala y atendiendo las necesidades de cada contexto social y geográfico. Preservación de los servicios básicos que serán atacados por el capitalismo en sus violentos coletazos para intentar conservar sus privilegios. Estos servicios fundamentales tendrían que ser sanidad, asistencia social y educación, debiendo ser organizados y administrados por el propio municipio.

Los poderes capitalistas se van a tirar encima de quienes osen plantear el abandono del capitalismo y la implementación de medidas en esa dirección. Una parte del sector académico, abiertamente al servicio de los intereses económicos dominantes, descalificará toda propuesta alternativa que se haga, y los gobiernos lo declararán como un ataque a los estados del bienestar y la democracia. Eso no quiere decir que nos podamos sentar tranquilamente en nuestro sillón a esperar a que el capitalismo desaparezca, ahogándose en sus propias contradicciones. Porque, si bien el capitalismo acabará desapareciendo, o mutando muchísimo con respecto a lo que es ahora, aquello hacia lo que nos encaminamos dependerá de las medidas que tomemos nosotras aquí y ahora. No es ninguna locura pensar en que podemos acabar en un sistema ecofascista en que un Estado imponga a sus ciudadanos medidas autoritarias y represivas para el control exhaustivo de los recursos energéticos. También podríamos acabar en un sistema militarista y expansionista, convencido de que la solución a la crisis es invadir tantos países como pueda para obtener los recursos que se necesitan para mantener su statu quo anterior. O incluso derivar en un sistema neofeudal, en el que uno o varios señores de la guerra impongan su ley a sangre y fuego a toda la población. Aunque también podemos acabar en un sistema democrático directo y asambleario, capaz de respetar los límites del planeta y, al mismo tiempo, las libertades individuales y colectivas.

Las medidas esbozadas son las únicas que resultan imprescindibles en una situación de decrecimiento energético, el capitalismo solo pone trabas y los gobiernos generan ficticias soluciones como el Green New Deal que solo perpetúan esa miseria de no afrontar una transformación profunda a tiempo. No hay ningún problema técnico que resolver, sino que todo el problema es de organización social, pero en nuestras mentes moldeadas por este sistema es mucho más difícil cambiar la manera de organizarnos y de entendernos entre nosotras que crear una especie de reactor nuclear mágico que proporcione una cantidad de energía infinita para siempre.

Y sí, así funciona el mundo neoliberal del que nos vendieron la moto en el siglo pasado, un mundo basado en abstracciones ilusorias, falsedades científicas y un egoísmo extremo de quienes lo estructuran y le sacan todo el beneficio. Y eso tiene su reflejo en el mundo global a través de guerras estratégicas como la disputada actualmente en suelo europeo. Cada potencia regional en este mundo multipolar trata de imponer su poderío ideológico en las reglas de juego del capitalismo, no son propuestas ideológicas antagónicas enfrentadas entre sí. Los recursos energéticos son las piezas de un tablero de ajedrez donde actúan múltiples actores, y el jaque definitivo no es a ningún rey, sino a las sociedades que integramos el planeta, nos jugamos nuestras vidas y nuestro futuro. Debemos buscar soluciones reales fuera del capitalismo, pero no mañana, sino hoy mismo, partiendo de la convicción de que habrá muchas problemáticas y que aún está todo por hacer.

Fuente original: Petrocalipsis: Crisis energética global y cómo (no) la vamos a solucionar. Antonio Turiel, 2020.

El vídeo de @Cuellilargo: Petrocalipsis – Crisis energética global y cómo SÍ la vamos a solucionar

Fuente tomada: Germinal

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