Cuando el motor no arranca.
…hay que revisar el motor de arranque
Por Manuel Martínez
Hay una creencia profundamente arraigada en nuestro país: que el progreso de una persona se mide por su paso —y, sobre todo, por su título— por una universidad. Esa idea, repetida durante generaciones como un mandamiento social, ha llevado a miles de jóvenes a invertir años, sacrificios y recursos familiares en carreras que no siempre corresponden con las necesidades de una economía que cambió. El resultado es una concentración preocupante en determinadas carreras tradicionales, mientras sectores enteros de la economía necesitan técnicos especializados que no llegan. El problema, entonces, no es la falta de talento. Es la dirección que estamos dando al talento.
República Dominicana tiene piezas para enfrentar ese desafío. Tiene al INFOTEP, creado en 1980 durante el gobierno de Antonio Guzmán; tiene al ITLA, constituido formalmente en 2000 durante el primer gobierno de Leonel Fernández; y tiene al Instituto Técnico Superior Comunitario, creado en 2012 durante su tercer gobierno y que comenzó su labor docente en enero de 2013, ya bajo otra administración. Tres momentos distintos. Tres instituciones. Una misma posibilidad: formar el talento técnico y tecnológico que el país necesita. Las piezas existen. El motor no arranca.
No lo planteo como una acusación contra un gobierno determinado. Sería reducir un problema estructural a una coyuntura política. Lo que tenemos delante es algo más profundo: instituciones y capacidades que han crecido, pero que todavía no funcionan como partes de una estrategia nacional integrada de formación técnica y tecnológica. Pensemos en lo que el país necesita hoy, no en lo que necesitaba hace treinta años. Necesitamos programadores, especialistas en ciberseguridad, científicos de datos, expertos en telecomunicaciones, técnicos en electrónica, electricidad, dispositivos médicos, automatización y nuevas tecnologías. Necesitamos diseñadores de empaques, diseñadores de producto, diseñadores de etiquetas, diseñadores de interfaces y especialistas en diseño gráfico capaces de responder a las necesidades de una economía que produce, exporta, comunica y compite. Necesitamos técnicos y profesionales capaces de incorporarse rápidamente a sectores productivos que cambian a una velocidad que ningún currículo puede ignorar. Ese es el combustible del motor.
Pero falta algo fundamental: conectar las piezas. Vivimos en una época en la que una universidad o un instituto técnico puede tener acceso, en tiempo real, al conocimiento producido en cualquier lugar del planeta. Un especialista puede dictar una conferencia desde Tokio, Berlín o San Francisco. Un curso puede comenzar aquí y continuar virtualmente con profesores y expertos que se encuentran a miles de kilómetros. Entonces, ¿por qué seguimos pensando la formación técnica como si el conocimiento tuviera que llegar solamente dentro de un aula y detrás de un escritorio? El país debería tener una estrategia permanente para traer a quienes están construyendo el futuro: especialistas en inteligencia artificial, semiconductores, robótica, diseño, tecnología médica, energía, software y nuevas industrias. No para una fotografía ni para una conferencia aislada, sino para crear vínculos, programas, mentorías y conocimiento que permanezca. Traer a quienes están diseñando el mundo que viene no sería un lujo. Sería inversión.
Por eso creo que ha llegado el momento de discutir una transformación más profunda: la articulación —y eventualmente la integración— de las instituciones públicas dedicadas a la formación técnica y tecnológica bajo una visión nacional común. No se trata simplemente de fusionar edificios, presupuestos o estructuras administrativas. Se trata de dejar atrás la lógica de instituciones que funcionan en compartimentos separados y construir una plataforma nacional capaz de identificar las necesidades productivas del país y responder a ellas con velocidad. Una plataforma donde un joven sin recursos para pagar una universidad privada pueda adquirir, en meses y no necesariamente en años, una competencia que el mercado necesita; una plataforma conectada con las empresas, con las universidades, con la ciencia, con la tecnología y, sobre todo, con el mundo.
Porque la formación técnica no puede seguir siendo vista como la alternativa para quien no llegó a la universidad. Debe convertirse en una opción de prestigio, movilidad social y futuro. La pregunta que deberíamos hacernos no es si tenemos las piezas. Las tenemos. Las hemos construido durante décadas. La pregunta es por qué seguimos teniendo un motor con piezas valiosas que no terminan de trabajar juntas. Cada año que pasa sin resolverlo significa jóvenes empujados hacia carreras saturadas, empresas buscando competencias que no encuentran y oportunidades que terminan ocupando otros.
No necesitamos esperar otra generación para comprenderlo. El motor está ahí. Tiene piezas, tiene combustible, tiene talento. Lo que necesita es dirección. Y, sobre todo, necesita que revisemos el motor de arranque.
Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual
