Cuando el progreso no alcanza: el dominicano quiere volver a vivir con tranquilidad
Por Dinamarca Reynoso
Hay una realidad que no podemos maquillar con discursos, estadísticas aisladas ni grandes anuncios: el dominicano está cansado de hacer más esfuerzos para vivir con menos tranquilidad.
La pregunta que debemos hacernos es sencilla, pero incómoda:
¿Está realmente mejorando la calidad de vida del dominicano o estamos aprendiendo a sobrevivir a mayores dificultades?
Porque el progreso de un país no puede medirse únicamente por el crecimiento económico, las construcciones, las inversiones o los indicadores macroeconómicos. El verdadero progreso se siente en la mesa de cada familia, en el bolsillo del trabajador, en la seguridad del barrio y en la tranquilidad con la que una persona puede regresar a su casa y estar dentro de ella, sin miedo.
Y ahí es donde debemos detenernos.
El dinero ya no rinde igual
El costo de la vida se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los dominicanos.
Los alimentos, el transporte, los servicios, el alquiler y las necesidades básicas presionan cada día más el presupuesto familiar.
El Banco Central reportó una inflación interanual de 5.13 % en agosto de 2026. (Banco Central de la República Dominicana)
Pero detrás de ese porcentaje hay algo que las estadísticas no siempre consiguen transmitir: una madre frente al supermercado calculando qué puede dejar para después; un trabajador que cobra y, antes de recibir el dinero, ya sabe que está comprometido; una familia que tiene que elegir entre resolver una necesidad y posponer otra.
No basta con decir que la economía crece y que con 500 pesos resolvemos el día.
La pregunta es: ¿ese crecimiento está llegando al bolsillo de la gente?
Y cuando llega la noche, aparece otro temor: la inseguridad
La delincuencia no solamente se mide por homicidios.
También se mide por el miedo.
Por el comerciante que cierra temprano.
Por la persona que evita sacar el celular en la calle.
Por la madre que llama a sus hijos para saber si llegaron.
Por el ciudadano que cambia su rutina para no exponerse.
Por los barrios donde determinadas horas parecen pertenecerle más al miedo que a la gente.
Hay datos oficiales que muestran una reducción de la tasa de homicidios en comparación con años anteriores: al 4 de septiembre de 2026, la tasa acumulada era de 7.39 homicidios por cada 100,000 habitantes, frente a 8.74 en 2025, 9.65 en 2024, 11.49 en 2023 y 13.20 en 2022.
(Acento)
Ese avance se debe investigar más a fondo.
Pero también debemos entender algo:
una sociedad puede reducir determinados delitos y, al mismo tiempo, mantener una profunda sensación de inseguridad en su vida cotidiana.
Pero lo vivido ayer por un merenguero nuestro, da la sensación que solo son cifras maquilladas.
Por eso la discusión no puede terminar en una cifra.
La seguridad ciudadana significa poder vivir, trabajar, estudiar, comerciar y regresar a casa sin sentir que estamos permanentemente expuestos.
¿Qué pasó con aquella aspiración de vivir mejor?
Durante generaciones, el dominicano ha trabajado con una esperanza muy concreta:
que sus hijos vivan mejor que él.
Pero hoy tenemos que preguntarnos si esa promesa continúa siendo una realidad para todos.
La pobreza monetaria según datos oficiales ha disminuido y para ellos, eso constituye un avance que debe reconocerse.
Pero… que el dominicano no se ha dado por enterado.
Sin embargo, reducir la pobreza no significa que una familia haya dejado de tener dificultades.
Una cosa es superar una línea estadística de pobreza. (Que ahí son unos expertos arreglando las cosas).
Otra muy distinta es sentirse económicamente tranquilo.
Porque una familia puede estar por encima de esa línea y continuar luchando para pagar vivienda, alimentación, transporte, educación, salud y servicios, todos colapsados.
Ahí está una parte de la conversación que no podemos esconder.
El problema no es solamente cuánto gana el dominicano
El problema es cuánto puede hacer con lo que gana.
Si el salario aumenta, pero también aumentan los alimentos, el transporte, el alquiler y los servicios, el trabajador puede sentir que sigue exactamente en el mismo lugar.
Y si además tiene que gastar más en seguridad, modificar sus horarios, limitar sus salidas o renunciar a actividades que antes podía disfrutar, entonces algo está cambiando en nuestra calidad de vida.
Vivir no puede convertirse exclusivamente en trabajar para pagar.
No queremos un país donde sobrevivir sea considerado suficiente
El dominicano merece más.
Merece caminar por su barrio con tranquilidad.
Merece que el salario le permita cubrir sus necesidades.
Merece alimentos accesibles.
Merece servicios públicos eficientes.
Merece oportunidades para sus hijos.
Merece comunidades seguras.
Merece poder salir, trabajar, emprender, recrearse y regresar a casa sin miedo.
Y, sobre todo, merece sentir que el esfuerzo de toda una vida tiene una recompensa.
No se trata de negar los avances del país.
Tampoco de afirmar que todo está peor.
Se trata de algo mucho más serio:
de preguntarnos si el crecimiento económico es real y si se está convirtiendo realmente en bienestar.
Porque un país puede crecer y todavía tener ciudadanos preocupados.
Puede construir más y todavía tener familias que no llegan a fin de mes.
Puede reducir determinados índices delictivos y todavía tener barrios que reclaman mayor seguridad.
Puede disminuir la pobreza y todavía tener millones de personas preocupadas por el costo de vivir dignamente.
La política pública debe volver a mirar al ciudadano
Llegó el momento de hablar menos de promedios y más de personas.
Menos de indicadores aislados y más de hogares.
Menos de cuánto crece la economía y más de cuánto puede comprar una familia.
Menos de cuántas obras se inauguran y más de cuánto cambia la vida de quienes viven alrededor de ellas.
Porque el éxito de una nación no está solamente en sus números; está en la vida de su gente.
El dominicano no está pidiendo que le regalen nada.
Está pidiendo que su trabajo alcance.
Que su familia esté segura.
Que sus hijos tengan oportunidades.
Que el Estado funcione.
Y que aquello que durante décadas se llamó “progreso” finalmente pueda sentirse en la vida cotidiana.
Porque progresar no es simplemente crecer.
Progresar es vivir mejor.
Y si una sociedad empieza a sentir que necesita trabajar más, gastar más y preocuparse más para conseguir lo mismo que antes, entonces tenemos la obligación de detenernos, mirar la realidad de frente y preguntarnos:
¿Qué debemos cambiar para que el progreso vuelva a tener rostro humano?
