Cuando la envidia se disfraza de intelecto

Por Manuel Martínez.

La envidia es el malestar o resentimiento que sentimos cuando vemos que otra persona posee algo que nosotros deseamos —un logro, una posición, una cualidad, un reconocimiento— y aparece, consciente o inconscientemente, el deseo de que esa persona deje de tenerlo. Se distingue de la admiración y del sano deseo de superación en algo fundamental: quien admira quiere alcanzar; quien envidia, muchas veces, quiere que el otro descienda. Por eso suele venir acompañada de frustración, sensación de inferioridad y, en ocasiones, de una hostilidad que rara vez se reconoce abiertamente.

Hay una prueba sencilla para distinguir la crítica legítima del ajuste de cuentas disfrazado de crítica: preguntarse si quien la formula querría, en el fondo, ocupar el lugar del criticado. Cuando la respuesta honesta es afirmativa y, aun así, el discurso se presenta como principio, preocupación institucional o defensa de la democracia, quizá no estemos ante una posición política, sino ante una herida personal vestida de argumento.

No es un fenómeno nuevo y tampoco necesita nombres propios para reconocerse. Basta observar un tipo de figura pública que abunda en nuestro entorno: personas de generaciones anteriores, con trayectorias profesionales vinculadas a momentos de nuestra historia que hoy se recuerdan con más pena que orgullo; quien tuvo responsabilidad en la política económica de un gobierno que terminó hundido en una de las crisis más severas del siglo pasado, o quien puso su pluma, su voz o su prestigio intelectual al servicio de un régimen de veintidós años que hoy resulta difícil reivindicar sin matices. Son personas con formación intelectual real. Han leído, escrito, pensado y construido una obra. Han ocupado espacios importantes en la vida pública y tienen méritos que sería mezquino desconocer. Precisamente por eso el fenómeno resulta interesante: el problema no está en su capacidad intelectual, sino en la manera en que esa capacidad puede terminar justificando una animadversión que, con el tiempo, deja de parecer estrictamente política.

Algunas de esas personas recibieron, en determinado momento de sus carreras, del doctor Leonel Fernández, un trato que difícilmente podría calificarse de mezquino: posiciones de responsabilidad, reconocimiento público y oportunidades para representar al país en escenarios de primer nivel. No fue caridad; fue una apuesta a sus capacidades, incluso por encima de las páginas más incómodas de sus respectivas trayectorias. Y, sin embargo, cuando esa relación política llegó a su fin, el reconocimiento parece haberse transformado, con el tiempo, en una hostilidad que ya no resulta fácil explicar únicamente desde las diferencias ideológicas.

Entonces apareció un discurso nuevo: que ya era tiempo del relevo, que el poder prolongado corroe, que las nuevas generaciones debían ocupar los espacios, que había que mirar hacia el futuro. Todo eso puede sonar razonable. Muchas de esas ideas son perfectamente defendibles. El problema aparece cuando los principios dejan de aplicarse con la misma vara. La defensa de la Constitución, el relevo generacional y la alternabilidad no pueden convertirse en virtudes selectivas. Si una misma conducta merece una condena cuando la protagoniza Leonel Fernández, pero encuentra silencio, indulgencia o explicaciones cuando la protagoniza alguien de mayor cercanía ideológica, entonces ya no estamos simplemente ante una defensa de principios. Estamos ante un doble rasero.

Y el doble rasero es una de las formas más reveladoras de la subjetividad política. No hace falta demostrar que alguien haya defendido abiertamente el continuismo de otro dirigente para advertir la contradicción. A veces basta el silencio. El mismo talento periodístico que se despliega con precisión para señalar, calificar y advertir cuando se trata de Leonel puede volverse sorprendentemente prudente cuando el asunto toca a una figura más cercana: el tema no aparece, se rodea, se relativiza o simplemente se espera a que desaparezca de la conversación pública. La institucionalidad, entonces, deja de parecer un principio y comienza a parecer una herramienta selectiva.

Pero quizá haya algo más profundo detrás de esa conducta. Leonel Fernández pertenece a una generación política distinta de la de muchos de sus críticos, pero logró proyectarse hacia ámbitos que desbordaron ampliamente la política dominicana. Su formación, su permanencia en el escenario internacional, su capacidad para construir una obra propia y, particularmente, la creación de una fundación con presencia y reconocimiento fuera del país, forman parte de un legado que no puede reducirse a sus períodos de gobierno ni a las simpatías o antipatías que despierte su figura.

Ahí puede estar una de las claves incómodas del problema. Hay intelectuales que pueden aceptar que otro político tenga más poder, más votos o más recursos. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es que ese político termine construyendo una obra intelectual, institucional e internacional que sobreviva a su propia carrera política y alcance una dimensión que ellos quizá no imaginaron para sí mismos. La envidia encuentra entonces su disfraz más sofisticado: no aparece diciendo lo envidio; aparece hablando de principios. No dice quisiera estar en su lugar; dice es necesario el relevo. No confiesa me molesta su reconocimiento; cuestiona la legitimidad de quien lo obtuvo.

Por eso la pregunta no debería ser solamente qué dicen, sino desde dónde lo dicen y con qué consistencia lo sostienen. La crítica intelectual es indispensable para cualquier democracia, y Leonel Fernández no puede ni debe quedar fuera del escrutinio público. Se pueden cuestionar sus gobiernos, sus decisiones, sus posiciones y su manera de ejercer el liderazgo. Todo eso forma parte de la democracia. Lo que resulta difícil de justificar es convertir a una persona en el destinatario permanente de todos los males mientras se concede a otros una indulgencia que contradice los mismos principios que se invocan.

El asunto adquiere una dimensión todavía más preocupante cuando observamos el momento que vive nuestro país. Tenemos una escasez evidente de dirigentes capaces de pensar más allá del ciclo electoral inmediato. Pocos están hablando seriamente de inteligencia artificial, transformación tecnológica, educación para el futuro, nuevas formas de producción o de cómo preparar a la juventud dominicana para un mundo que ya está cambiando a una velocidad que la política tradicional apenas empieza a comprender. Leonel Fernández, guste o no, es uno de los pocos dirigentes dominicanos que ha colocado esos temas de manera sostenida en el centro de su discurso político. Puede cuestionarse todo lo demás, pero resulta difícil negar que existe allí una conversación sobre el futuro que hace falta ampliar, no silenciar.

Y aquí el debate deja de ser exclusivamente sobre Leonel Fernández. Se trata de algo más importante: de qué hacemos con el talento intelectual que todavía existe en nuestra sociedad. Si quienes tienen formación, experiencia y capacidad para pensar el país utilizan buena parte de ese capital para desacreditar a una figura política, en lugar de aportar ideas para enfrentar los desafíos que vienen, la pérdida no es solamente de Leonel ni de sus seguidores. Es una pérdida colectiva.

El futuro no debería pertenecerle a ningún partido ni a ninguna generación. Pertenece, sobre todo, a quienes tendrán que vivirlo. Y esos jóvenes necesitarán dirigentes capaces de comprender el mundo que viene, no simplemente dirigentes capaces de administrar el mundo que ya pasó. Por eso la crítica es saludable, pero debe ser honesta; el debate es necesario, pero debe sostenerse con una vara pareja. Cuando los principios se aplican según la persona que los protagoniza y el talento intelectual termina convertido en instrumento para explicar por qué otro no merece el reconocimiento que ha conseguido, conviene mirar detrás del argumento.

A veces, detrás de muchas palabras, no hay una gran idea. Hay simplemente una vieja emoción buscando un lenguaje nuevo.

Y pocas emociones han aprendido a hablar con tanta elegancia como la envidia.

 

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