La nueva abstención dominicana

Por Leonardo Gil.

2020 pudo explicarse por la pandemia. Que la baja participación persistiera en 2024 obliga a mirar hacia otro lugar: la relación entre ciudadanos, territorio y oferta política

Durante mucho tiempo, la política dominicana pudo asumir que, independientemente de quién ganara las elecciones, una amplia mayoría de los ciudadanos acudiría a votar. Esa certeza comienza a desaparecer.

El Estudio sobre la Abstención Electoral en la República Dominicana. Voto Nacional y en el Exterior aporta evidencia para una conclusión que partidos, candidatos e instituciones deberían observar con atención: la abstención podría estar dejando de ser un fenómeno coyuntural para convertirse en un rasgo estructural del comportamiento electoral dominicano.

La evolución es significativa. Según el análisis realizado por el estudio con datos individuales de la Junta Central Electoral, la participación presidencial pasó de aproximadamente 67% en 2016 a 52% en 2020 y se mantuvo en torno a ese nivel en 2024.

Pero el dato políticamente más importante no es 2020. Es 2024.

La caída de 2020 podía explicarse parcialmente por circunstancias extraordinarias: pandemia, incertidumbre sanitaria y una alteración profunda de la vida cotidiana. Sin embargo, la persistencia de una baja participación cuatro años después, ya en condiciones sociales normales, obliga a considerar explicaciones más profundas. El propio estudio interpreta esta continuidad como evidencia de un distanciamiento electoral que trasciende aquella coyuntura.

La reducción de la participación es bastante transversal. El estudio encuentra que edad, generación y género tienen una capacidad limitada para explicar por sí solos la magnitud del fenómeno reciente. Incluso señala niveles de participación relativamente próximos entre la Generación Z y los Baby Boomers en 2024.

Donde aparecen diferencias particularmente relevantes es en el territorio. La abstención tiene un fuerte componente urbano y metropolitano. Algunas de las zonas de mayor desarrollo humano y dinamismo económico, particularmente Ozama y Santiago, presentan elevados niveles de inasistencia electoral, mientras determinadas áreas rurales y periféricas muestran mayor resistencia a la caída de la participación.

Esto cambia la naturaleza del problema. Si la abstención no se concentra exclusivamente en jóvenes, mujeres, hombres o una generación determinada, entonces la respuesta no puede limitarse a campañas demográficas convencionales. Hay que comprender por qué ciudadanos de características muy diferentes están llegando a una misma decisión: no votar.

Y aquí aparece posiblemente el hallazgo más inquietante del estudio. La abstención no significa necesariamente rechazo a la democracia. Cerca del 74% expresa apoyo a la democracia como ideal, mientras 47% describe la oferta electoral como “más de lo mismo”.

Esa contradicción contiene una advertencia para todo el sistema político. Una persona puede creer en la democracia y, al mismo tiempo, no encontrar entre las alternativas electorales una razón suficiente para movilizarse.

Por eso, el desafío que comienza a perfilarse hacia el próximo ciclo electoral dominicano no consiste únicamente en convencer al ciudadano de la importancia de votar. Es más profundo.

Consiste en darle razones para creer que su voto importa.

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