Donald Trump, rostro y voz de un poder criminal

Por Lilliam Oviedo

El anuncio de que ordenará bombardear puentes y centrales eléctricas en Irán retrata a Donald Trump como un delincuente para cuya caracterización es posible utilizar cualquier lista de adjetivos asociados a esta condición. La impunidad con que realiza el anuncio retrata, sin embargo, el componente criminal de un poder ejercido en un orden institucional que no castiga de manera efectiva los crímenes cometidos por las grandes potencias.

¿En qué valla publicitaria es posible anunciar la intención de cometer crímenes de guerra? En la valla en que puede y debe colocarse la imagen de Donald Trump. Se embarra entonces con pintura de cualquier color para impedir el relato sobre las torturas en Abu Ghraib y en Guantánamo y para invisibilizar el genocidio contra la población de Gaza, que continúa, aunque no figure en los titulares de la prensa controlada por el gran capital. Hay que ceñirse a estas menciones, porque es larga la lista de tropelías.

El saqueo y el derramamiento de sangre son prácticas que el poder estadounidense utiliza sin vacilación para preservar su hegemonía ante la amenaza que percibe en el avance de China y Rusia y para mantener sometida a una Europa cuyo liderazgo hoy se desmerita y deslegitima al sacrificar el gasto social para cumplir la exigencia yanqui de aumentar el gasto militar en el capítulo dirigido a financiar aventuras imperialistas.

En el afán por preservar la hegemonía ha cometido crímenes todavía más horripilantes que los perpetrados en Irak, en Guantánamo (la criminalidad traspasa cualquier límite) y actos de despojo que superan el saqueo colonial de décadas anteriores.

La competencia por el control de las grandes empresas tecnológicas y la monopolización en la comercialización de equipos y dispositivos otorga carácter estratégico a la posesión de recursos naturales como las tierras raras y otros minerales. Para disponer sin obstáculos de recursos de este tipo ya no son suficientes los contratos leoninos ni las imposiciones engañosas, es preciso despojar de todo asomo de autonomía a los Estados.

Por eso el poder estadounidense no oculta su avidez. La expresa con la desfachatez que caracteriza a Donald Trump y con la prepotencia que llegan a adquirir sus asistentes.

Este reconocimiento no implica desconocer otros componentes de la política imperialista ni hacer caso omiso al llamado del profesor James Petras a considerar variables numerosas en el panorama político, sino destacar que la situación política y social en Estados Unidos y la prisa para afianzar un predominio amenazado en su existencia misma, han fabricado este escenario, quizás no predecible hace algunas décadas.

“El imperialismo, la dominación político-económica y la explotación de los países mediante la penetración económica y/o la conquista o intervención militares, es el impulsor de la historia contemporánea”, afirma Petras en su artículo `Estado Imperial, Imperialismo e Imperio`.

AMÉRICA LATINA EN ESTE MAPA
Se tornan más punzantes las sucias garras de ese poder clavadas, como ayer, en América Latina.

El domingo 12 de julio, el embajador de Estados Unidos ante la ONU, Mike Waltz, declaró a la cadena Fox News que Cuba representa una amenaza para la seguridad nacional estadounidense, dado que China y Rusia mantienen en territorio cubano puestos de inteligencia, sistemas de captación de señales y personal militar.

“El régimen cubano no solo es una amenaza para su propio pueblo, es una amenaza para la seguridad nacional, y esta administración no va a tolerarlo por más tiempo”, dijo.

Es la proclama que han repetido Trump, Marco Rubio y otros voceros del atraso político. ¿Con qué derecho? ¿Son dueños de Cuba o administradores de autoridad en toda América?
El criminal bloqueo contra Cuba se acentúa con la prohibición de entrada de petróleo y con sanciones unilaterales que afectan áreas sensibles de la economía y de la sociedad.

Es Cuba la víctima del más escandaloso crimen imperialista de los últimos tiempos. Es preciso enfrentar este abuso, no solo para liberar de tan pesado fardo al pueblo cubano (objetivo que ya es suficiente para asumir esta causa), sino también para hacer entender al poder estadounidense, de una vez por todas, que América Latina no es su traspatio y no es una zona para ensayar formas modernas, pero cada vez más groseras, de apropiación de territorios y de negación de soberanía y autonomía a los pueblos.

Donald Trump, antes de instalarse en la Casa Blanca había enviado salutaciones a Javier Milei y a Nayib Bukele, al primero por negar asistencia a los grupos sociales más vulnerables de Argentina y al segundo por su manifiesta vocación de carcelero y cazador de jóvenes pobres.

Como presidente, no oculta la intervención de las agencias bajo su orientación, en procesos electorales como el de Honduras, el de Bolivia, el de Chile, el de Perú y el de Costa Rica.
Junto a asistentes de su confianza como el secretario de Estado Marco Rubio y el vicepresidente James David Vance, ha proclamado que Venezuela está bajo el control de Estados Unidos y que a la presidenta encargada de Venezuela (el cargo se llama así, aunque sería más preciso decir renegada rehén) Delcy Rodríguez no le queda otro camino que colaborar con Estados Unidos.
Intervenir en forma descarada en asuntos internos puntuales, es parte del ejercicio de injerencia que se ejerce en este momento sobre casi toda América Latina.

En capitales como Santo Domingo, Tegucigalpa y Quito (buen ejemplar de lacayo es Daniel Noboa) la embajada de Estados Unidos opina y ordena. Ejemplos sobran.
La constatación de esta realidad es importante para saber que la región es zona de aplicación del rediseñado proyecto de sometimiento y apropiación por el poder que busca preservar su hegemonía.

Siembra de gobiernos títeres, toma de instalaciones militares para utilizarlas contra gobiernos de países hermanos, control del Comando Sur en la exploración y posterior explotación de recursos estratégicos, imposición de aranceles y sanciones por negociar con Rusia o China, obligatoriedad de favorecer a ciertas multinacionales, son algunas de las exigencias dirigidas a convertir en simples agencias yanquis los Estados del continente y en simples organismos secretariales a sus gobiernos.

El paquete forma parte de la aspiración del poder hegemónico de controlar, sin contrapeso alguno, el mundo.
No es casual que en la reciente cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, Trump volviera a proclamar que Dinamarca no debe tener soberanía sobre Groenlandia, sino que esta isla debe estar bajo el control de Estados Unidos. ¿Qué decir del intento de rediseñar el mapa de Oriente aniquilando grandes grupos humanos y expulsando a otros grupos? ¿Cómo calificar la aspiración de anexar a Estados Unidos los territorios de Canadá Y México?

La condena a las declaraciones de Trump expresando desprecio por los iraníes y considerando simples objetos a los gazatíes, compromete a señalar que la negación de la condena humana es un intento de justificar el genocidio. ¿Habrá algo más grave y preocupante?
Donald Trump y Benjamín Netanyahu merecen la misma calificación, aunque el primero esté en la Casa Blanca y el segundo en el despacho principal de Israel.

Con asociaciones y separaciones, encuentros y desencuentros, el poder estadounidense siembra muerte y trata de aniquilar el avance político en cualquier lugar del planeta.

Con casi dos siglos de existencia, la Doctrina del Destino Manifiesto sigue pautando las líneas gruesas de la política exterior de Estados Unidos. En este momento se maquilla el saqueo, pero al mismo tiempo se incrementa, y el poder pasa por encima a todo precepto y desconoce los principios básicos del derecho internacional.

La desfachatez de los Bush, la hipocresía de Obama, la senilidad de Biden, y ahora la locura y el narcisismo de Donald Trump, son instrumentos para el accionar de un poder que desconoce la dignidad humana.

A este proyecto es preciso oponer la fuerza de los pueblos. Es preciso sembrar conciencia para cosechar rebeldía.

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