El camino de la derrota social
Por Becker Márquez Bautista
El instinto de supervivencia en el ser humano a menudo se distorsiona hasta convertirse en una ambición ciega: hacer lo que sea, sin importar las consecuencias, con tal de alcanzar un segundo de gloria en la cima. Quienes operan bajo esta lógica se obsesionan tanto con apagar la luz y el brillo de los demás que se olvidan de lo fundamental: pulir su propio foco para brillar por mérito propio, sin lastimar a nadie.
En su afán por escalar, construyen su ascenso sobre las ruinas ajenas. Son capaces de dejar cadáveres morales y profesionales en todo el camino, pisoteando confianzas y destruyendo lealtades, ignorando un principio inalterable de la vida en comunidad: al avanzar sembrando destrucción, no están pavimentando el éxito, sino construyendo con sus propias manos el camino de su inminente derrota social.
La envidia, el odio, la desidia y el rencor son expresiones claras de una mente arropada por la frustración de no poseer lo que tiene el otro. Cuando estas conductas se generalizan, las sociedades se deterioran profundamente; se llega al extremo de normalizarlas, ignorando la necesidad urgente de acudir a profesionales expertos en la conducta humana que ayuden a sanar el tejido social. Es menester que la ciudadanía entienda que, de persistir con esta actitud, el futuro colectivo solo puede empeorar.
Este desmoronamiento de los valores se refleja con crudeza en nuestra realidad cotidiana. Es recurrente ver cómo jóvenes pierden la vida en las calles, y aunque con razón o sin razón muchos cuestionan los métodos policiales, rara vez nos detenemos a analizar las causas profundas que empujaron a esos jóvenes hacia la delincuencia. Ese vacío no surge de la nada: es el fruto de conductas mezquinas arraigadas en el entorno y de la carencia de políticas públicas eficaces, orientadas a construir un modelo de sociedad diferente, más racional, respetuoso de la ley y profundamente educado.
Honestamente, vamos rumbo a una verdadera derrota social si no emprendemos un rescate urgente de la dignidad. Hoy en día, la corrupción y el afán de lucro se han descentralizado: ya no es solo un problema exclusivo de las altas esferas del gobierno, sino un mal que permea a la sociedad en sentido general. Muy pocos quieren formarse para servir con vocación al Estado; el desvelo colectivo actual se concentra en cómo conseguir dinero fácil y rápido para ostentar lo mismo que el otro, y un poco más.
Para revertir esta tragedia moral, el pilar fundamental debe ser el fortalecimiento de la familia, el núcleo donde se siembran los valores primarios y se rescata la vergüenza colectiva.
El camino hacia la cima es intrínsecamente difícil. En él hay que aguantar de todo: recibir y soportar traiciones, vejaciones, malos ratos y atropellos de quienes ya perdieron el escrúpulo, todo con tal de sostener el foco en el éxito legítimo que se busca alcanzar en la vida.
Sin embargo, es vital comprender que aguantar la adversidad no es un acto de cobardía, sino un ejercicio supremo de disciplina mental. Es esa templanza la que te ayuda a mantener el enfoque inquebrantable en tus objetivos y en tus metas más elevadas, sin perder el norte en medio de la tormenta.
El trayecto es arduo, sí que lo es. Pero por más dura que sea la prueba y por más tentadora que parezca la orilla del oportunismo, jamás vendas ni alquiles tus principios y tus ideas. Claudicar ante la bajeza ajena jamás debería ser una opción; porque el verdadero triunfo en la vida no consiste en llegar a la cima a cualquier precio, sino en conservar intacta la dignidad al mirar atrás y comprobar que nadie tuvo que ser destruido para que tú pudieras avanzar.
