Un partido no es un álbum de cédulas
Por Ramón Morel.
En la política dominicana hemos desarrollado una curiosa manera de medir la fortaleza de los partidos: contar cuántas personas caben en un archivo. Si el padrón crece, la organización avanza; si alcanza otro millón, el poder parece más cerca. Falta que la Junta Central Electoral autorice a las hojas de Excel a votar.
Detrás de esa fascinación por las matrículas monumentales hay una confusión fundamental: un partido necesita estructura para funcionar; para ganar, necesita convencer al pueblo de que lo vote. Son tareas relacionadas, pero diferentes. Ninguna cantidad de formularios permite saltarse la segunda.
La estructura debe permitirle dirigir, administrar, formar militantes, elaborar propuestas, mantener presencia territorial, hacer oposición y organizar su participación electoral. Su tamaño debería responder a esas responsabilidades. La mayoría electoral, en cambio, se construye conquistando una confianza que puede extenderse mucho más allá de los afiliados.
Un ciudadano no necesita ingresar a un partido para votar por su candidato. Tampoco quien se inscribe entrega su conciencia en depósito. Puede disentir, decepcionarse, abstenerse o cambiar de preferencia. La ficha de afiliación todavía no viene con un poder irrevocable sobre el voto, aunque algunos dirigentes parezcan haber leído esa cláusula en letras pequeñas.
La comparación internacional ayuda a poner el asunto en perspectiva. Con registros de 2023, las afiliaciones contabilizadas en Chile equivalían aproximadamente al 2,3 % de su población; las de los siete partidos nacionales mexicanos, al 5 %; y las de Brasil, al 7,5 %. Son porcentajes sobre población total, no sobre electores, y no constituyen una medida de eficiencia. Sí muestran que afiliar a una parte gigantesca del país no es una condición general de la organización partidaria.
En República Dominicana, los padrones declarados en 2023 por PRM, PLD y Fuerza del Pueblo sumaban 7.299.433 registros. Esa cantidad equivalía aproximadamente al 64,4 % de la población estimada para ese año en la serie consultada del Banco Mundial. Solo tres organizaciones. Nuestra vocación partidaria, juzgada por las listas, parece no encontrar tiempo para otra actividad.
Conviene precisar que sumar esos padrones no demuestra que todos sus nombres correspondan a personas distintas, con afiliación vigente y residentes en el país. El dato expresa el volumen de las listas declaradas, no una tasa comprobada de militancia. Precisamente por eso resulta más útil preguntar qué capacidad representan que celebrar cuántos registros contienen.
¿Cuántos de esos afiliados participan? ¿Cuántos tienen una responsabilidad? ¿Cuántos reciben formación? ¿Cuántos equipos funcionan sin que haya que anunciar la visita de un aspirante? ¿Cuántas comunidades encuentran en el partido un interlocutor cuando todavía faltan años para las elecciones?
Una organización puede tener una matrícula impresionante y una presencia insignificante. Puede reunir miles de nombres en un municipio y carecer de un equipo capaz de estudiar su presupuesto. Puede anunciar crecimiento todos los meses y seguir dependiendo de las mismas diez personas para cualquier tarea. En semejante caso, lo que está creciendo quizá sea el archivo.
La estructura electoral ilustra la diferencia entre contar personas y organizar capacidades. La relación detallada de la JCE para mayo de 2024 contemplaba 16.726 colegios electorales en 4.286 recintos dentro del país, además de 1.566 colegios en 372 recintos del exterior. Cubrir esa red exige preparación y una distribución territorial concreta. Un exceso de voluntarios en un lugar no resuelve la ausencia de un delegado en otro.
Hacen falta delegados y sustitutos capacitados; observadores de escrutinio donde corresponda su acreditación; equipos de seguimiento de resultados y asistencia jurídica. También se necesitan responsables de alimentación, hidratación, transporte, comunicación y supervisión. Quien permanece dentro debe contar con apoyo desde fuera. Defender el voto no debería incluir una prueba de supervivencia.
Pero ese personal constituye una operación electoral, no una fórmula para determinar toda la militancia necesaria. El partido continúa existiendo el lunes siguiente. Y sus responsabilidades comienzan mucho antes de que la Junta anuncie dónde se instalarán las mesas.
Por eso sería tan arbitrario proclamar una matrícula ideal de ciento sesenta mil como asegurar que hacen falta tres millones porque la cifra luce bien detrás de un podio. La cantidad necesaria depende del trabajo que se asume, de la presencia que se construye y de la participación efectiva de los miembros. Debe poder explicarse mediante responsabilidades, no mediante entusiasmo aritmético.
Hacer oposición, por ejemplo, requiere equipos capaces de examinar contratos, seguir la ejecución presupuestaria, documentar incumplimientos y explicar sus consecuencias. Un millón de inscritos no lee automáticamente una partida. Alguien tiene que sentarse, comprenderla y encontrar lo que el discurso oficial prefiere dejar sin explicar.
Dirigir exige formación y criterios. Administrar demanda recursos transparentes, registros confiables y procedimientos. Elaborar una alternativa de gobierno requiere conocimiento y capacidad de escuchar. Tener veinte nombres disponibles y ninguno preparado para asumir una tarea es una manera bastante aparatosa de estar solo.
La organización debe servir, además, para relacionarse con la sociedad. Escuchar a quienes no militan, entender sus preocupaciones y permitir que esas experiencias influyan en sus propuestas. Si toda conversación termina en «dame tu cédula», el partido corre el riesgo de confundir al ciudadano con un documento pendiente de escanear.
El elector independiente no es un militante defectuoso al que todavía le falta completar el formulario. Tiene derecho a comparar candidatos, respaldar una propuesta y rechazar otra, cambiar de criterio y exigir resultados. No está obligado a incorporarse a una estructura para que sus demandas merezcan atención.
Un partido con aspiración de mayoría debería sentirse cómodo con esa libertad. Necesita que lo voten también quienes nunca asistirán a una reunión, no usarán una gorra con sus colores y no quieren que cada desacuerdo sea interpretado como una traición. El país es bastante más amplio que la reunión del comité.
Esto no significa cerrar las puertas a nuevos miembros. Todo ciudadano que quiera incorporarse debe encontrar espacio para participar, aprender y aportar. Una militancia amplia puede fortalecer el arraigo y la democracia interna. El problema aparece cuando la inscripción se convierte en el objetivo que debía cumplir la acción política.
Crecer tiene sentido. Lo que merece revisión es la idea de que cada nombre añadido constituye un voto conquistado. Entre ambas cosas están la credibilidad del candidato, la calidad de la propuesta, el comportamiento de los dirigentes y la experiencia cotidiana de la gente. Esos factores no se resuelven digitando más rápido.
Tampoco conviene convertir una diferencia entre matrícula y votos en prueba automática de fraude en los registros. El voto es secreto y los afiliados conservan su libertad. Precisamente esa libertad demuestra que la confianza debe renovarse. Un padrón puede guardar el nombre de alguien que hace tiempo dejó de creer.
La evaluación de un partido debería preguntar si sus equipos funcionan, si forma relevos, si fiscaliza con rigor, si representa demandas y si consigue que su propuesta resulte creíble fuera de sus propias filas. Contar formularios es más sencillo, desde luego. También permite inaugurar éxitos sin pasar por la incómoda experiencia de producirlos.
La estructura debe ser suficiente para cumplir las responsabilidades de la organización. La afiliación debe permanecer abierta a quienes quieran sumarse. Y el esfuerzo político debe dirigirse a conquistar el respaldo ciudadano, sin exigir que cada simpatía electoral se convierta primero en militancia.
Un partido necesita organización para funcionar. Para ganar, necesita convencer al pueblo. Puede tener millones de nombres y carecer de razones que ofrecerles; puede disponer de una militancia mucho menor y construir un respaldo que la desborde.
Las cédulas se archivan. La confianza se conquista. Y las urnas, por desgracia para los coleccionistas, no aceptan fotocopias.
