El Caribe y África en la Biennale de Venezia 2026, un retorno a la resignificación
Por Miguel Ángel Fornerín
Una bienal es un acontecimiento artístico que se ha usado con frecuencia para marcar los cambios y establecer las tendencias. Es decir, es un evento que se espera que rompa cierta continuidad de la historia del arte. Las particularidades se ubican como referentes que los distintos ejes de la cultura visual dejan en la manera de ver y apreciar el fenómeno estético. Así, al leer las obras como textos culturales vamos levantando distintas capas de un pasado del arte que muere y vive en el presente.
Lo primero es cruzar de la modernidad hasta el arte de nuestros días. Si en un momento el arte miró al artista, y este se adueñó de su campo en son de protesta, y negó el concepto de arte ya establecido y archivado, cabe entonces pensar que el arte ha venido a cambiar el espacio común de su propia historia y de su propia protesta desde el Café Voltaire de las vanguardias hasta el arte del siglo XXI. Y aquí entra el Caribe como espacio de resistencia, resonante de ecos, híbridos, políticos, históricos… buscando redefinir el mundo (su mundo) en su atareada jornada por ser.
De ahí que el Caribe no pierde su sentido. Esto es así porque nuestra zona es el espacio-tiempo del sentido humano. La posrevolución, la posesclavitud… la crisis de los valores de la modernidad caen en él y se reconfiguran. El sentido es histórico, social, político, cultural. Solamente el arte verdadero puede transformarlo. Y esto es lo que se echa de ver en la presencia de los cultures caribeños. Al entrar en el salón de la bienal, el observador atento puede apreciar las instalaciones, el cuerpo, el retorno a la figuración y la mezcla con la abstracción que parecen ambientar lo que nos espera. Tocar el Caribe. Haití. Las obras de Edouard Duval-Carrié (n. 1954), se exponen en una lectura a la izquierda del salón y al final del ángulo más claro.
Pasar de Haití a Miami no ha sido suficiente para arrancar a este artista del sentido caribeño. De la representación de un panteón Samedí, que dice muchas cosas, entre ellas que nos vamos con el país, con nuestras vírgenes y nuestros mártires. Que el agua no es una frontera, sino un medio de comunicación; que el pasado no se quedó en los años, sino que es una presencia dialogante de lo que somos. La pintura haitiana, tal vez una de las más auténticas del Caribe, viene en estos textos a dialogar con las esculturas. Conforman una totalidad de sentido. Las esculturas remiten a nuestra fortaleza, al bronce de las cadenas destruidas y a la representación que ha conjurado la violencia recibida.
La transmigración de los espíritus tiene aquí una resignificación en la medida en que ya no es la vuelta a África, como aparece en “El reino de este mundo” de Alejo Carpentier y en la poesía de de la negritud, sino que los símbolos de la religiosidad se han convertido en archivo, en memoria de una historia que termina en la migración hacia otro espacio del Caribe, en el que Miami viene a ser un centro móvil. En fin, la presentación de la obra de Edouard Duval-Carrié establece un nuevo relato de las identidades en espacios tiempos en que lo poscolonial vuelve a interrogar el presente de un pueblo que heroicamente zanjó su destino. La fortaleza del soporte, las figuraciones dentro de la configuración mayor, vuelven a replantar el tema de un neobarroco que se instala en la acumulación donde la cultura funciona como un espejo a la vez que cambia caleidoscópicamente. La denuncia política no está ausente porque en el Caribe, ese Otro colonizador funciona como policía, aunque de común se viste de fuerza humanitaria.
El árbol de la vida. El árbol de la libertad en la canoa, en la embarcación migrante, conversa con un realismo mágico que no es sólo la invención del artista, sino una manera de concebir ese mundo y su relación con el pasado africano. En el presente esos símbolos parecen custodiados por un poder que, como ya hemos dicho más arriba, se disfraza de salvador, ayudante, humanitario, pero que, sin embargo, es un poder que domina, custodia, aunque es, a la vez, benévolo.
La participación de Haití en esta muestra es significativa. No solo por ella misma, sino por el contexto y el diálogo que abre con África y con otras problemáticas actuales que la Bienal no ha querido soslayar. Colocarse dentro los problemas mundiales es desplegar las preocupaciones sobre los horrores de la historia contemporánea. ¿Y quién mejor que el artista para tomarle el pulso a la angustia de nuestro tiempo?
África se revisita. Y nos llama mucho la atención cómo la modernidad descubrió África, con la representó en sus máscaras, en sus selvas, en sus maravillas, pero ahora la mirada de África cambia. Y ese cambio hay que verlo porque en la muestra es África la que habla. Deja de ser objeto para ser sujeto. Como el arte deja de ser una protesta estética para constituirse en el medio que representa el tiempo de la vida y su actualidad. África tiene la palabra. Y África, al igual que Haití, tiene algo que decir. Más allá de la forma, más allá de lo que se configura, el continente se encuentra en un diálogo, que no todo el mundo quiere sostener. Sin embargo, armada de la historia, la sociología y la teoría, la crítica de arte, la crítica cultural, debe hacer surgir los nuevos significados que en Venecia, se proponen (continuará).
