El destino de los héroes (1 de 2)

Por Pedro Conde Sturla

Uno se queda mirando las fotos de aquellos hombres, las contempla, no puede despegar la vista de ellas, no se cansa de verlas, se queda uno ensimismado largo rato, le parece ver ahora a la hilera de valientes en el momento en que se disponían a subir a sus embarcaciones o al avión y de repente siente que el corazón se encoge. Uno siente una pena, una desolación, se conmueve al cabo de tantos años por la suerte de esos héroes. Ahora sabe que sólo unos pocos lograron sobrevivir, lo sabe todo. Sabe que iban todos a la perdición. Ellos marchaban decididos, emocionados, poseídos por una fuerza y una voluntad y un optimismo viscerales, se embarcaban hacia el peor de los destinos y a pesar de eso quizás estaban alegres, confiaban en la victoria, reían quizás, hacían cuentos, cantaban para darse valor el himno nacional.


Para los muertos todo terminaría pronto. Para los prisioneros comenzaba el suplicio, un largo y demorado suplicio. Ocho meses y medio en el triste caso de Juan de Dios Ventura Simó.

Lo que sabemos de ellos proviene de una fuente insospechada. Es, en general, el duro testimonio de algunos pocos hombres del bando contrario. Gente que se quebró, a la que se le partió el corazón, que no pudieron mas con su conciencia y se vieron precisados a confesar lo que habían hecho, los crímenes en que habían participado o de los que simplemente habían sido testigos. Uno de ellos es Eugenio María Guerrero Pou, autor de una obra titulada «Yo maté a su hijo : testimonio de un cadete de la Era de Trujillo». A él y a tantos otros los obligaban a formar parte de los pelotones de fusilamiento que terminaron con la vida de los expedicionarios de Constanza, Maimón y Estero Hondo y a algunos se les pudrió el alma. Hicieron acto de contrición. Trataron de redimirse. Quedaron marcados para siempre y no se recuperaron jamás. Alguno de ellos optó por el suicidio. Otro por escribir un libro.

Anselmo Brache cita algunos de los episodios que Guerrero Pou describe y la descripción enfría el alma:

«Estábamos turbados, tensos y con los rostros pálidos. Empezamos a ver, disimuladamente, unos “seres que parecían humanos”, que sacaban de los baúles de los carros, de cuyas orejas pendían unas etiquetas grapadas, cabellos alborotados, barbudos, descalzos, vestidos de modo estrafalario, de aspecto sucio, varios de ellos con huellas de torturas y castraciones, con los ojos volteados de manera demencial y cuando nos miraban era con aires de alucinados.

Estaba también la presencia del capellán de la Institución (el padre Rodríguez Canela), los prisioneros fueron invitados a hacer confesión, ninguno aceptó; alguno pudo decir no, otros se negaron con la cabeza, porque no podían hablar, tenían la boca rota (también la mandíbula y los dientes, agrega Anselmo Brache) y sangraban, apenas uno balbuceó la palabra: componenda.

»Los prisioneros eran colocados de espalda al paredón (un corte en el caliche duro del terreno), con las manos amarradas hacia atrás, algunos que no podían sostenerse en pie, eran levantados y amarrados a una alambrada de púas de la cerca. Habían dado la orden de fusilarles uno a uno. Los pelotones estaban formados por 10 u 11 cadetes, armados de ametralladoras Cristóbal con cargadores de 30 tiros cada una».

» Cuando nos mandaron ¡Atención, apunten, fueeego…! Nos aturdimos, lo hicimos de manera errática, eran vidas humanas, no estábamos acostumbrados. Un cadete se desmayó, otro reculó y lloró, otro vomitó. Los ejecutados quedaban sólo moribundos. Fue un horror inexplicable, algunos se sintieron asesinos. Las ejecuciones habían comenzado antes de nosotros y siguieron por varios días después. La mayoría de las veces, con la presencia de Ramfis y su corte, quien tenía una cara de embriagado». (1)

El primero que pasó por las cámaras de tortura, el primer preso, fue uno de los expedicionarios de Constanza. Se trata de Rafael Perelló. Al valiente Perelló se le perdió o averió el cerrojo de su fusil y se enfrentó a unas tropas que lo acosaban con un cuchillo para darles tiempo a sus compañeros de escapar. La noticia de su apresamiento fue motivo de júbilo en San Isidro. Dice Anselmo Brache que tan ansiosos estaban de conocer al prisionero que lo mandaron a buscar en avión y cuando llegó armaron una especie de fiesta, se armó una vocinglería monumental. Los oficiales del estado mayor estaban emocionados, deseos de someterlo al tormento.

El primer interrogatorio, dice Anselmo Brache, tuvo lugar en la oficina del general Fernando A. Sánchez hijo (Tunti) en presencia de Ramfis Trujillo:

«Perelló declaraba con mucha naturalidad sobre el desembarco marítimo, aunque no sabía el sitio, lo creía ya efectuado. Asimismo, informaba sobre el piloto venezolano que condujo el aparato, y sobre la presencia de un piloto dominicano en la cabina del avión, a quien no conocía pues noparticipó en los entrenamientos de Mil Cumbres (Cuba), pero que al final había decidido bajar a tierra con ellos. Le buscaron fotos para la identificación y resultó ser el ex capitán piloto Juan de Dios Ventura Simó. Ramfis y sus secuaces se quedaban estupefactos ante esta afirmación, a la vez que albergaban la esperanza de hacerle prisionero para satisfacer una personal y sanguinaria venganza.

»Terminado este interrogatorio fue entregado a los verdugos, coronel Johnny Abbes y mayor César Báez (cada uno dirigía un centro de torturas o de exterminio, llamados La 40 y El 9, respectivamente), donde nuevamente fue sometido a interrogatorios y crudelísimos tratos con el fin de ampliar sus declaraciones, pero también con sádico goce ya que grabaron sus quejidos y alaridos, mientras se estremecía en la silla eléctrica para que Ramfis los oyese, el que más los disfrutó fue Pirulo Sánchez Rubirosa, quien se encerraba con la grabación en la oficina. Varias veces, patéticamente, el condenado pidió que mejor lo matasen y no le apretasen sus genitales, pero estos monstruos le decían que así sería muy fácil, mientras seguían. Al fin y al cabo, la confesión fue la misma que hizo durante el primer interrogatorio.

»Este caso se repetiría en el curso de los próximos días en condiciones aún de mayor sadismo». (2)
De lo que dice Guerrero Pou hay unos párrafos en particular que sobrecogen, que hielan la sangre y que son difíciles de olvidar: «unos “seres que parecían humanos”, que sacaban de los baúles de los carros, de cuyas orejas pendían unas etiquetas grapadas…varios de ellos con huellas de torturas y castraciones, con los ojos volteados de manera demencial y cuando nos miraban era con aires de alucinados».

La repatriación armada (16)
(Historia criminal del trujillato[188])

Notas:

(1) Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», pgs. 167, 168

(2) Op. Cit., p. 121

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.