Juan Bosch: Ciudadano de América

 

El 24 de abril de 1970, en su acostumbrada alocución a través del programa radial Tribuna Democrática, el profesor Juan Bosch, tras una explicación sobre la democracia representativa, se refirió a su persona de esta manera:

«Estoy hablando de mí porque es necesario que se aclare bien, antes que nada, qué busca cada quien en su actividad política. Yo no busco dinero. En días pasados, cuando volví al país, el Dr. Balaguer dijo que cuando yo quisiera disponer de ellos, tenía a mi nombre en los fondos del Gobierno 39,500 pesos que me tocan en pago de la pensión de 500 pesos mensuales que según la ley me corresponden por haber sido Presidente de la República.
No he cobrado nunca esa pensión, y aunque no quiera creerlo alguna gente, a quien la política le cierra los ojos a la verdad, yo no tengo en qué caerme muerto y vivo de mi trabajo de escritor, y vivo al día, ganándome hoy lo que voy a gastar mañana.

Pero si no creo en la democracia representativa, ¿Cómo voy a cobrar una pensión que me da una ley de ese sistema? Y si considero que ese dinero es del pueblo, y he luchado y lucho por el pueblo, ¿Cómo se concibe que use para mí 500 pesos mensuales mientras hay tantos dominicanos que viven de milagro? Así, pues, no busco dinero, y por eso puedo hablar con claridad porque mi conciencia no me acusa de que estoy haciendo negocios con mis ideas…»

Ese episodio de honradez no es un episodio aislado del profesor. No. En su vida abundan los hechos que lo acreditan con una autoridad moral incuestionable. Juan Bosch es el referente moral por excelencia de la política dominicana. Es la referencia moral obligada y sempiterna. Y lo es por su permanencia, consistencia y coherencia. Fue, de principio al fin, apegado a lo moral. No hubo ni un solo desvío. Ni una sola flaqueza.

Treinta años antes de negarse a recibir su pensión como ex Presidente de la República, bajo los argumentos señalados, escribió su libro «Hostos, el Sembrador». Al final del prólogo narra un episodio que retrata en cuerpo y alma al hombre moral y honrado que fue toda su vida.

Se trata de las razones que lo llevaron a no participar en un concurso organizado por la Comisión Pro Centenario de Hostos. Así lo hace:

«En el programa de la Comisión Pro Centenario de Hostos, había un premio para la mejor biografía del maestro que fuera enviada al concurso abierto por la Comisión. Pero mi biografía no fue escrita para ese certamen, ni podía serlo si yo era un hostosiano legítimo; pues, en lo que se refería al conocimiento de la vida de Hostos, yo había sido un privilegiado, no sólo porque me había tocado la fortuna inmerecida de supervisar el traslado a maquinilla de todos sus originales -y por esa razón tenía que conocer su obra mejor que nadie-, sino, además, porque había estado recibiendo por esa tarea un salario. Había estado viviendo de la obra de Hostos como un buitre de las entrañas de un cadáver; y aprovecharme de esa situación para enviar al certamen una biografía de Hostos me daba sobre todos los posibles biógrafos una ventaja que no podía usar sin convertirme automáticamente en un ser abyecto, indigno de llamarme hostosiano».

Eso se llama grandeza, integridad, honradez. Así era el profesor: coherente y honrado. Honrado siempre. En el poder y en la oposición, fue siempre igual: honrado. Ni razones tácticas ni estratégicas, ni en lo público ni en lo privado, se apartó de ser, incluso, puntilloso con su honor y su dignidad. Así de grande era el valor de la honradez en Juan Bosch, un hombre, que es, como el Maestro Eugenio María de Hostos, un Ciudadano de América.

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