La ilusión de la abundancia – Soberanía económica, conciencia de clase y el imperativo del internacionalismo antillano y global.
Por Luis Fidel Escalante.
La contradicción fundamental de nuestra época no reside en la escasez, sino en la apropiación privada de la riqueza socialmente producida. Desde la óptica del materialismo histórico, el vertiginoso desarrollo de las fuerzas productivas globales no ha hecho más que agudizar la polarización entre una oligarquía financiera transnacional y las grandes mayorías desposeídas. Este fenómeno de desigualdad global no es una distorsión accidental del sistema, sino la consecuencia lógica de la acumulación capitalista en su fase imperialista. Los centros metropolitanos del Norte global sostienen su opulencia mediante el drenaje sistemático de recursos, plusvalía y materias primas del Sur global, perpetuando un intercambio desigual que condena a la periferia a la dependencia y el subdesarrollo.
En nuestra región geopolítica del Caribe y las Antillas representan la cicatriz histórica más visible de este pillaje colonial e imperialista. La fragmentación impuesta por las potencias metropolitanas buscó convertir a nuestras islas en factorías azucareras, enclaves mineros y, hoy en día en paraísos fiscales o patios traseros de servicios y turismo barato.
Frente a este sometimiento, el antillanismo emerge no solo como una identidad cultural sino como un proyecto de liberación nacional e internacionalista de profunda raíz revolucionaria. La tesis de una Confederación Antillana heredada de próceres como Betances, Hostos, Luperón y Martí, cobra hoy una vigencia estrictamente económica y política. Las pequeñas economías caribeñas aisladas, están condenadas a la sumisión ante el capital transnacional, pero unidas bajo un esquema de cooperación solidaria, complementariedad y soberanía compartida, constituyen un bloque capaz de resistir las embestidas del imperialismo norteamericano y de cualquier procedencia, así planificar la riqueza en función del bienestar de sus pueblos.
La historia reciente de América Latina y el Caribe ha sido testigo de titánicos esfuerzos por romper estas cadenas de dependencia y avanzar hacia la redistribución de la riqueza. El liderazgo de Hugo Chávez Frías con la Revolución Bolivariana y el impulso del ALBA-TCP, junto a los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, y más recientemente Gustavo Petro en Colombia, demostraron que es posible utilizar los recursos del Estado para rescatar a millones de seres humanos de la miseria extrema, universalizar la salud, la educación y dignificar la vida de la clase trabajadora. Sin embargo, el análisis adecuado nos obliga a examinar críticamente los límites de estos procesos. Al haber operado en muchos casos dentro de los márgenes de la democracia burguesa y las reglas del mercado capitalista, la redistribución se realizó a menudo como una política de transferencia de ingresos, pero sin alterar radicalmente las relaciones de producción ni destruir las bases materiales del poder oligárquico.
La gran lección de estos procesos históricos radica en el peligro de despolitizar la redistribución de la riqueza. Cuando el estado implementa políticas de justicia social de manera puramente asistencial o tecnocrática, sin un proceso paralelo de educación político-ideológica de las masas, se genera una peligrosa ilusión de ascenso social individual. Millones de personas que salieron de la pobreza extrema gracias a subsidios, créditos estatales, becas o programas de vivienda pública, terminan asimilando la narrativa hegemónica de la burguesía. Llegan a creer que su nueva condición económica es producto exclusivo de su esfuerzo individual y de su «meritocracia». Al alienarse de su propia conciencia de clase, estas masas abrazan el eufemismo de la «clase media» y adoptan las aspiraciones y prejuicios de la pequeña burguesía, volviéndose vulnerables al discurso de la reacción.
Este vacío en la formación política e ideológica de las masas explica la paradoja del «voto de castigo», que en realidad es un voto guiado por la manipulación y la ignorancia de clase. Al no comprender que su bienestar material dependía de una estructura política y de una voluntad estatal de distribución, amplios sectores de la población terminaron votando a los verdugos de su propia economía. Es así como la derecha más rancia y neoliberal logra capitalizar el descontento para encumbrar a figuras como Jair Bolsonaro en Brasil, Mauricio Macri y posteriormente Javier Milei en Argentina, o candidatos del bloque oligárquico tradicional como de la Espriella en Colombia. Hay muchísimos casos más como en Ecuador, Honduras, El Salvador, entre otros así que los ejemplos históricos sobran u es necesario estudiarlos. Estos agentes del capital financiero no ocultan su agenda. Llegan con el mandato expreso de desmantelar el Estado social, privatizar los recursos públicos, flexibilizar el trabajo y restaurar el orden de subordinación imperialista.
Para el internacionalismo revolucionario, el desafío es ineludible. No basta con ganar elecciones ni con distribuir temporalmente la renta excedente. La tarea histórica consiste en elevar la conciencia de clase del proletariado mediante la educación política constante y la organización popular. Solo una masa consciente de su rol histórico y de la naturaleza del sistema que la oprime es capaz de defender las conquistas sociales no como dádivas estatales, sino como derechos arrebatados a la burguesía. La soberanía política y la soberanía económica en el Caribe y en toda nuestra América solo serán irreversibles cuando la redistribución de la riqueza sea el preludio de la socialización de los medios de producción y de la toma definitiva del poder por la clase trabajadora.
La integración de las tesis de Ernesto «Che» Guevara aporta la coherencia teórica indispensable para este análisis, pues fue él quien con mayor precisión advirtió que la soberanía política es una quimera sin la independencia económica. Para el Che la transición socialista no podía reducirse a un asunto de gestión administrativa o de distribución de estímulos materiales. Afirmaba categóricamente que si el socialismo se construía con las «armas melladas del capitalismo», como la búsqueda del interés individual como motor principal o la despolitización de la producción, se corría el riesgo de retornar al pasado. Sus argumentos cobran hoy una vigencia dramática. El Che insistía en que la conciencia de clase y el deber social deben avanzar al mismo ritmo que las fuerzas productivas. Cuando un proceso revolucionario prioriza el bienestar material inmediato sin forjar simultáneamente al «hombre/mujer nueva» mediante una rigurosa educación político-ideológica, desarma moralmente a las masas y las deja a merced de la propaganda alienante del imperialismo.
El ejemplo más brutal y sofisticado de esta estrategia de despolitización y desgaste se ejecuta hoy contra la población cubana. El bloqueo económico, comercial, petrolero y financiero impuesto por los Estados Unidos no es solo una medida de asfixia material, sino una operación de guerra psicológica diseñada minuciosamente para que el pueblo divorcie sus carencias cotidianas de la causa geopolítica real que las provoca. Al sabotear sistemáticamente el suministro de combustible, alimentos, medicinas y divisas, y otros renglones, el imperialismo busca generar un estado de precariedad permanente. El objetivo último es que la ciudadanía, agobiada por las dificultades de la subsistencia diaria, termine despolitizando su propia situación, es decir, que atribuya el desabastecimiento o los apagones exclusivamente a una supuesta «ineficacia del modelo» o a la gestión estatal, invisibilizando el asedio extranjero.
Esta despolitización inducida persigue que en Cuba se replique el fenómeno de reflujo que ya ha dado resultados a la reacción en otros países de la región. El imperialismo y las oligarquías locales pretenden que el pueblo cubano, bajo la presión del estrangulamiento económico, asimile las narrativas neoliberales del «salvese quien pueda» y del individualismo consumista. Se busca fracturar la solidaridad colectiva para que las masas lleguen a desear el desmantelamiento de las conquistas sociales, la salud y la educación públicas, la soberanía nacional y la importantísima soberanía económica, a cambio de una falsa promesa de prosperidad capitalista. Es el intento de repetir el patrón donde la población o el ciudadano/a, confundido/a por la asfixia material y desprovisto de una sólida formación ideológica, entrega el destino de su patria a las fuerzas que históricamente lo han explotado.
Aunque en Cuba la tarea de la contrarrevolución es mucho más difícil debido a la profunda raíz histórica de su proceso y a la resistencia acumulada por décadas, el peligro de la erosión ideológica sigue latente. El análisis de la realidad material y el legado del Che nos alertan que la única vacuna contra esta estrategia de desgaste es la politización constante de la vida económica. Cada esfuerzo de distribución, cada resistencia material y cada batalla por la producción deben ser explicados no como simples actos administrativos, sino como trincheras de una guerra de liberación antiimperialista. La soberanía económica de Cuba y de cualquier proyecto emancipador en el Caribe depende, en última instancia, de que la conciencia política de las masas sea más fuerte y resistente que los cercos materiales que pretenden doblegarla.
La lección de los procesos populares en América Latina es clara, redistribuir la riqueza sin elevar la conciencia de clase es un esfuerzo estéril. Cuando las mayorías asimilan la ilusión del ascenso social individual, se despolitizan y terminan entregando el poder a la misma reacción que busca explotarlas.
El asedio constante contra Cuba y el legado de Ernesto Guevara confirman que la asfixia material es también una guerra ideológica para desarticular la resistencia colectiva. Por ello, la formación político-ideológica no es un complemento, sino la herramienta indispensable para blindar las conquistas populares. La verdadera soberanía del Caribe y de nuestra América solo será irreversible cuando los trabajadores comprendan que su bienestar depende de la lucha organizada y de la transformación estructural del sistema.
