La mesa del mundo está puesta, pero la llave está en manos de quienes nunca pasan hambre

Por Asociación Internacional de Derechos Humanos y Desarrollo Social.

Desde una ventana que da al lago Lemán, donde las aguas parecen moverse con la misma calma diplomática que caracteriza a esta ciudad de organismos internacionales, nuestro consultor externo para DDHH sostuvo una conversación con Jorge Gestoso para teleSUR. El tema, aparentemente técnico: el hambre y la desigualdad mundial. Pero a medida que avanzaban los minutos, quedó claro que estábamos hablando de algo mucho más incómodo. Estábamos hablando de poder.

La FAO, la UNICEF y la OMS acababan de publicar sus cifras de 2023. El dato oficial: 733 millones de personas padecen hambre en el planeta. Una cifra que, lejos de ser un accidente climático o una fatalidad demográfica, dibuja el contorno de un sistema que funciona exactamente como fue diseñado. No es que falte comida. Es que sobra desigualdad.

Entrevista con Jorge Gestoso en Notables de TeleSUR.

El hambre contemporánea no es escasez: es exclusión

En el transcurso de la entrevista, nuestro consultor insistió en algo que los organismos multilaterales suelen presentar como un problema logístico: el hambre del siglo XXI no se explica por la ausencia de alimentos, sino por una distribución profundamente desigual del poder, la riqueza y la tierra. En 2025, 645 millones de personas sufrían hambre crónica, pero si ampliamos el lente, la cifra se vuelve aún más brutal: 2.100 millones vivían en inseguridad alimentaria moderada o grave, y 2.690 millones no podían costear una dieta saludable.

Mientras tanto, el 10 % más rico del planeta concentra tres cuartas partes de la riqueza empresarial mundial. Esa no es una contradicción. Es la estructura.

América Latina: la herida que no cicatriza

Jorge Gestoso preguntó en la entrevista por la región latinoamericana. En ese sentido, se señalo en respuesta que la FAO señala 41 millones de personas con hambre en América Latina, y 150 millones en inseguridad alimentaria, mas detrás de esos números hay una geografía política que muchos informes se niegan a cartografiar: la desigualdad como herencia colonial.

El caso de Colombia fue mencionado a título de ejemplo. Allí, el 1 % de la población concentra prácticamente el 90 % de las tierras productivas. Eso no es un dato estadístico inocente. Es una fotografía de quién tiene derecho a comer con dignidad y quién no. El campesino colombiano que quisiera sembrar lo que necesita su comunidad se encuentra con una barrera que no es natural: los tratados de libre comercio, las patentes de semillas de multinacionales como Monsanto y una arquitectura jurídica diseñada para que la tierra siga produciendo renta para unos pocos, no alimentos para todos.

Esto no es nuevo. Durante la colonia, los conquistadores consideraban que la papa —alimento originario de estos suelos— era «sucia», destinada al pobre. Hoy, sigue siendo el pobre quien no puede acceder a lo que su propia tierra produce. La forma cambia, pero la lógica permanece.

La ONU tiene los datos, pero también tiene miedo

Cuando la conversación se desplazó hacia los organismos internacionales —FAO, PMA, FIDA, PNUD, ONU—, la pregunta era inevitable: si todos reconocen el problema, ¿por qué no se resuelve? La respuesta incomoda a los salones de Ginebra: porque el sistema internacional no carece de recursos, carece de voluntad política.

El Programa Mundial de Alimentos necesita aproximadamente 1.000 millones de dólares estadounidenses para asistir a 110 millones de personas en 2026. El gasto militar mundial alcanzó los 2,8 billones de dólares en 2025. Hacer frente al hambre planetario requeriría apenas el 0,5 % de lo que el planeta destina a sus arsenales. Es decir, aproximadamente lo que se gasta en fuerzas armadas en un día y medio.

El dinero existe; lo que no existe es la jerarquía política para destinarlo donde no hay dividendos. En los casos de Palestina, Ucrania, por ejemplo, los flujos financieros y armamentísticos llegan donde hay intereses geopolíticos, no donde hay necesidades humanas. La alimentación, la salud, la educación y la vivienda siguen siendo presentadas como «gastos excesivos» en un sistema que nunca ha respondido realmente a las necesidades de los pueblos, y mucho menos a los pueblos del Sur.

El doble rasero del comercio: veneno de ida, rechazo de vuelta

Una anécdota que nuestro consultor mencionó a Jorge Gestoso ilustra perfectamente esta hipocresía estructural. Durante décadas, el Mercosur negoció con la Unión Europea un tratado de libre comercio. La objeción europea: las carnes sudamericanas utilizan productos químicos «perjudiciales para la salud». El detalle que pocos mencionan: entre el 50 % y el 55 % de esos productos químicos son exportados por la propia Unión Europea hacia el Mercosur. Es el doble rasero de la política occidental que afecta sin lugar a dudas en los derechos fundamentales de cada ciudadano latinoamericano y del Sur Global en general.

Cuando el veneno viaja de Norte a Sur, no hay problema sanitario. Cuando el Sur intenta vender de vuelta, de repente la salud importa. Esa asimetría no es un error burocrático. Es el comercio internacional funcionando como fue concebido: como un mecanismo de extracción donde el ingreso —y por tanto, la posibilidad de alimentar a una población— queda condicionado a reglas escritas en otras latitudes.

Gaza, 2025: cuando el hambre se vuelve arma de guerra

En 2025, la ONU confirmó el estado de hambruna en Gaza. Después de meses de operaciones militares, bloqueos y restricciones de acceso a alimentos, la gobernación palestina fue sometida a una catástrofe humanitaria que no fue un efecto colateral: fue una política deliberada.

El alto al fuego posterior permitió cierta mejoría, pero la situación continuó siendo catastrófica durante 2026. Las restricciones israelíes siguen documentándose. Y aquí hay algo que los informes de Ginebra suelen omitir con eufemismos: el hambre puede ser impulsada externamente, mediante guerras, ocupaciones, medidas coercitivas unilaterales, destrucción de cultivos, sistemas de agua y mercados, desplazamiento forzoso de comunidades y restricciones de ayuda humanitaria.

El hambre no comienza cuando desaparece el alimento. Comienza cuando millones de personas pierden el derecho material a acceder a él.

El negacionismo del plato vacío

Jorge Gestoso lanzó una pregunta clara formulando la pregunta de por qué, en medio de esta crisis, líderes como Milei en Argentina insisten en hablar de cifras macroeconómicas mientras la calidad de vida de su población —incluida la alimentación— cae en picado. La respuesta es política, pero también es histórica.

Los gobiernos de Lula, Lugo, Correa, Cristina Fernández entre otros latinoamericanos lograron sacar a millones del hambre. En Brasil, 30 millones de personas mejoraron su situación alimentaria. Pero esos avances fueron interrumpidos por golpes parlamentarios, juicios políticos, persecuciones y exilios. La narrativa que los reemplazó no habla de hambre. Habla de «corrupción», de «gasto público», de «ajuste». Es decir, habla de todo menos de los derechos que se están violando.

Esa es la estrategia: desideologizar el hambre para no tener que resolverlo. Convertir un derecho humano en un problema contable. Y mientras tanto, instalar gobiernos que respondan a intereses corporativos —incluso neonazis o neofascistas— con tal de que la estructura de acumulación no se resienta.

Lo que viene

La entrevista con teleSUR terminó, pero la conversación no. Desde AIDHDES seguimos insistiendo en lo mismo que ha formulado nuestra organización siempre: se necesita acceso humanitario rápido y sin obstáculos a los territorios donde el hambre hace sus efectos más dañinos. Se necesita financiación suficiente para organismos internacionales, sí, pero despolitizados, descorporativizados, descolonizados y bajo el control real de las organizaciones locales. Se necesita suspender las medidas coercitivas que estrangulan a los pueblos. Y se necesita que las leyes vengan desde las bases, no desde las corporaciones que siempre han manejado el poder.

El mundo está en una encrucijada geopolítica delicada. Lo que ocurre hoy en América Latina, en Gaza, en el Sahel o en el corazón de África no son crisis aisladas. Son la misma historia contada con acentos diferentes: la de un sistema que distribuye bienes según la capacidad de pago, no según las necesidades humanas.

Y mientras esa lógica prevalezca, habrá mercados abastecidos y personas que pasen hambre frente a ellos. No porque falte comida. Sino porque falta algo mucho más difícil de producir: justicia.

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