La temperatura y el hastío social
Por Manolo Pichardo
El calor es sofocante y húmedo, y como es lógico, la humedad dispara la sensación térmica que se une a la transpiración; clima y respuesta biológica se conjugan y traen como resultado la alteración del ánimo. Los afectados toman medidas para mitigar la sofocación: ropa ligera y la sombra de algún árbol si las circunstancias imponen la exposición al exterior. Los que revuelven ideas orientándolas en direcciones distintas opinan, por un lado, que esta situación tiene relación con el cambio climático que, a su vez, es consecuencia, en principio, de la Revolución Industrial, la quema excesiva de combustibles fósiles y la deforestación; y por otro, los que rebaten estas posiciones argumentando que el asunto responde a cambios cíclicos naturales en los que la intervención del hombre no tiene ninguna responsabilidad.
Los primeros son grupos académicos mayoritarios que, aunque admiten que la temperatura del planeta ha registrado aumentos permanentes, sostienen que lo ocurrido después de la masificación de la industria -y con ello la quema masiva de combustibles fósiles, además de la depredación de los bosques- ha acelerado de manera considerable lo que han definido como calentamiento global. Esta teoría es defendida, además de por académicos reputados, por la NASA y el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), que suelen mostrar evidencia científica empírica como mediciones directas, análisis de hielos milenarios y modelos climáticos. Estos les conducen a concluir que los factores naturales por sí solos no explican la magnitud ni la velocidad del calentamiento que estamos experimentando, por lo que están convencidos de que la causa fundamental del fenómeno es la actividad humana.
Los segundos, que niegan el calentamiento global como consecuencia de la actividad humana, son grupos académicos minoritarios e individuos o colectivos que, por razones ideológicas y con evidencias débiles, dan fuerza a los primeros. Estos -los primeros- se centran en la observación científica con el objetivo de determinar la causa real del problema para proteger el planeta. El llamado negacionismo, que agrupa al escepticismo climático, constituye una corriente con posturas de derecha: conservadores o autoproclamados libertarios adscritos a la idea de la libertad de mercados que, de admitir las causas del calentamiento global, tendrían que aceptar regulaciones estatales como el impuesto al carbono o la intervención gubernamental en la economía; algo que chocaría con su concepción de un Estado chico y un mercado grande y poderoso capaz de autocorregirse para impedir las injusticias sociales.
El debate científico, académico y político gira en torno a estos argumentos; pero el calentamiento global aterrizado en la República Dominicana -“colocada en el mismo trayecto del sol”- se percibe y siente de otra manera; lejos de las discusiones que a veces caen en el campo filosófico, se sufre como lo que es: un azote que al mediodía es fuego que no respeta ropa veraniega ni bosques oscuros. La naturaleza se vuelve implacable, pero cuando el ciudadano recurre a artefactos como el aire acondicionado, el abanico o ventilador -que por cierto contribuyen al calentamiento del planeta-, se encuentra con el inconveniente de que, si es un usuario de clase media con un “chorrito” de luz al día, la factura se dispara y no vuelve a su estado normal cuando el “invierno” sustituye los equipos que ayudan a enfriar la casa, la fábrica o la oficina. No se puede olvidar que al cobro alto de la energía medio servida hay que agregar la planta eléctrica concebida como recurso de emergencia, pero que se convierte en elemento central para mantener un interior fresco y funcional.
En el barrio el fenómeno del calentamiento se vive de manera diferente. Allí no hay plantas eléctricas y los apagones por lo general son más largos que en los sectores más privilegiados. El ventilador es el único instrumento accesible y útil para enfrentar el calor y frenar el río que la transpiración deja en el piso. Los pijamas, las almohadas, los cojines y las sábanas no abandonan los gaveteros ni los closets, y la batalla por conciliar el sueño se convierte en estrés, luego en frustración que pasa sin remedio a la ira. Esta entonces busca desahogo en el también airado vecino, el que a su vez procura el acompañamiento del otro hasta encadenar al barrio y las barriadas, para desembocar en calles llenas de indignación convertida en protestas: el fuego calienta más el ambiente y se extiende a los sectores de clase media que lo acogen como terapia y mensaje.
El hastío se convierte en la conjunción del calor que azota, la planta eléctrica que revienta, el abanico que no se puede encender, el colmado y el supermercado que castigan el bolsillo, el policía que acosa, la salud denegada, la justicia selectiva, la corrupción al descaro, los servicios públicos que colapsan y un gobierno que lo único que parece importarle es endeudarse a un ritmo de 24 millones de dólares diarios o 1,394,400,000 de pesos al día, deuda que supera todas las deudas de los gobiernos anteriores sin que estos recursos se destinen a la solución de los males que aquejan al pueblo dominicano.
