La sociedad secreta la Trinitaria y la independencia nacional

Por Juan De La Cruz

Al regresar de Europa a finales del año 1831, Juan Pablo Duarte aprovechó la primera oportunidad que se le presentó para manifestar su firme y decidida oposición al régimen haitiano que para entonces era presidido por Jean Pierre Boyer. Se entera de que su amigo José María Serra estaba distribuyendo pasquines clandestinos contra el gobierno haitiano, le busca y se integra con él a desarrollar, de manera decidida, esa importante actividad propagandística revolucionaria.

Duarte entendió que esa era la ocasión propicia para empujar hacia delante su ideal utópico: lograr la independencia total y absoluta de República Dominicana. Así lo confirma su hermana Rosa Duarte (1999: 41), cuando afirma en sus Apuntes:

“Duarte desde su regreso a su patria no pensó en otra cosa que en ilustrarse y allegar prosélitos; él era de una constitución delicada, por lo que demostraba mucho menos edad de la que tenía; las gentes le dieron a la revolución el nombre de la revolución de los muchachos, pues a más de que la mayor parte eran muy jóvenes, el que hacía de jefe no representaba diez y ocho años…”

Rosa Duarte (1999: 41-42) continúa esbozando los grandes esfuerzos realizados por Duarte para alcanzar una formación integral de cara a la liberación de su amada nación:

“Año 1834.- Empezó a estudiar latinidad con el Pro. Dr. Dn. Juan Vicente Moscoso, y también Historia y continuó los estudios de Geografía Universal. Empezó más después a estudiar las matemáticas y el dibujo con Mr. Calié. Se ocupaba también de aprender la música, con Dn. Antonio Mendoza aprendió la flauta; su instrumento favorito fue la guitarra. Bajo la dominación haitiana el que podía costear su uniforme y su armamento pertenecía a la Guardia Nacional; así fue que principió su carrera militar de furrier de su compañía, la revolución seguía su curso y el año de mil ochocientos treinta y ocho, el diez y seis de julio, a las once de la mañana, acompañado de un gran número de patriotas inauguró la revolución bajo el Lema Sacrosanto de Dios, Patria y Libertad, República Dominicana, jurando libertar la patria o morir en la demanda”.

Es evidente que Duarte tenía la conciencia de que para conducir un proceso revolucionario adecuadamente era necesario adquirir una formación integral que le permitiera dotarse de una visión amplia y profunda sobre el mundo y la realidad concreta que pretendía transformar. También tenía bastante claro que para lograr el triunfo de la causa independentista frente a un ejército tan poderoso como el haitiano era esencial entrenarse en el campo militar para ponerse en condiciones de combatirlo exitosamente.

Hacia el año 1834 ingresó como furrier a la Guardia Nacional y ya para el año 1843, al constituirse la Junta Popular de Santo Domingo como resultado de La Reforma Haitiana, tenía el rango de coronel, lo que indica que hasta en esta área Duarte logró ser uno de los mejores.

Después desarrollar una intensa labor propagandística contra el gobierno haitiano por espacio de cinco años, junto a José María Serra, Duarte se propone dar pasos más efectivos para concretizar su utopía. Es por ello por lo que le sugiere a su dilecto amigo crear una organización clandestina para conducir la lucha independentista nacional: la Sociedad Secreta “La Trinitaria”. Mostrando el gran sentido de responsabilidad que debe tener siempre un verdadero líder, Duarte le expresa a su compatriota Serra (2003:11) lo siguiente:

“Nada hacemos, querido amigo, con estar excitando al pueblo y conformarnos con esa disposición, sin hacerla servir para un fin positivo, práctico y trascendental”.

Con la puesta en marcha de esa sociedad independentista, el 16 de julio de 1838, Juan Pablo Duarte, en su condición de Presidente, junto a ocho patriotas más: José María Serra, Juan Isidro Pérez, Juan Nepomuceno Ravelo, Félix María Ruiz, Benito González, Jacinto de la Concha, Pedro Alejandrino Pina, y Felipe Alfau, le imprimió un carácter de mayor trascendencia a su proyecto utópico. Esto revela a Duarte, con apenas 25 años, como un hombre esencialmente práctico, dispuesto a hacer realidad su utopía, contrario a como han pretendido presentarlo algunos sectores interesados de la clase dominante tradicional de la República Dominicana, como un ser humano que siempre vivía soñando ilusoriamente y pintando pajaritos en el aire.

El Juramento Trinitario, firmado mediante un pacto de sangre por los nueve fundadores de la Sociedad Secreta La Trinitaria el 16 de julio de 1838, es alto indicador de que la utopía duartiana de independencia absoluta quería dejar de ser la expresión del deseo de una sola persona para convertirse en un anhelo colectivo. He aquí el texto del Juramento Trinitario:

“En el nombre de la Santísima, Augustísima e Indivisible Trinidad de Dios Omnipotente: juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en manos de nuestro Presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y a implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará República Dominicana; la cual tendrá su pabellón tricolor en cuartos, encarnados y azules, atravesados por una cruz blanca. Mientras tanto seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sacramentales: Dios, Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo. Si tal hago, Dios me proteja; y de no, me lo tome en cuenta, y mis consocios me castiguen el perjurio y la traición si los vendo”. (Vetilio Alfau Durán, 1998:15).

En ese Juramento fundacional se destacan varios aspectos que nos parecen esenciales, a saber:

1. El alto sentido cristiano que animó a todos los integrantes de la sociedad secreta La Trinitaria, comenzando por su presidente Juan Pablo Duarte, al adoptar como símbolo imperecedero el de la Santísima, Augustísima e Indivisible Trinidad Omnipotente: Dios-Padre, Dios-Hijo y Dios- Espíritu Santo, lo que erige en fundamento que da origen a la bandera tricolor (el rojo, el azul y el blanco en forma de cruz); al lema inmortal Dios, Patria y Libertad, así como al simbolismo contenido en el escudo: una palma, un laurel y el texto sagrado de la Biblia abierto en San Juan 8:32, que reza: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libre”; así como también a la forma de organización adoptada, consistente en la creación de células secretas o clandestinas integradas por tres personas cada una, sin contacto directo con el resto de la entidad, para evitar su destrucción en caso de represión o persecución de algunos de sus miembros o dirigentes.

2. El alto sentido de compromiso, honorabilidad y sentido patriótico de que estaban imbuidos, lo cual se puso en evidencia al hacer el voto solemne de cooperar con su persona, vida y bienes a la separación definitiva de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo con respecto al gobierno haitiano e implantar una república libre, soberana e independiente, que se denominaría República Dominicana, en honor a la Orden de los Predicadores Los Dominicos (“Perros del Señor” o “Fieles al Señor”), quienes lucharon en favor de la justicia, la libertad y el bienestar de nuestros pobladores aborígenes, mediante el Sermón de Adviento, pronunciado en las pascuas de 1511, por el sacerdote Fray Antón de Montesinos, con la anuencia de sus superiores.

Las palabras de Duarte, pronunciadas luego de la firma del Juramento por parte de cada uno de miembros fundadores de La Trinitaria, reflejan claramente la disposición al sacrificio que tenían los miembros de ésta, en aras de la liberación definitiva del país. Estas palabras eran: “No es la cruz el signo del padecimiento; es el símbolo de la redención: queda bajo su égida constituida La Trinitaria, y cada uno de sus NUEVE socios obligados a reconstituirla mientras exista uno, hasta cumplir el voto que hacemos de redimir la Patria del poder de los haitianos” (Serra, 2003:15).

El ideal duartiano asumió características ampliamente populares a través de la proyección pública del trabajo de La Trinitaria, por medio de la Sociedad La Filantrópica y la Sociedad Dramática, bajo el manto de sociedades para el desarrollo cultural y la escenificación de obras teatrales, con el claro propósito de despertar el sentimiento nacionalista y crear una conciencia revolucionaria en la población de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo.

Asimismo, Duarte y el padre Gaspar Hernández se dedicaron a enseñar Filosofía, Historia, Geografía, Idiomas y Matemáticas a los jóvenes inquietos de la época, lo que le atrajo gran simpatía y contribuyó a acrecentar ampliamente su liderazgo entre la juventud.

Esa perspectiva amplia es la que le permite al patricio Duarte incorporar a su proyecto liberador a todos los sectores sociales y a las diferentes razas que integraban la sociedad multicolor dominicana de la primera mitad del siglo XIX, para convertir en una realidad indiscutible el triunfo de la independencia nacional de la parte Este de la Isla de Santo Domingo frente a los sectores dominantes haitianos. Esto lo confirma Rosa Duarte (1999: 46-47) cuando nos habla de su hermano Juan Pablo:

“Él llevaba los libros en el almacén de su padre, y daba clases gratis, de escritura y de idiomas a los que demostraban deseo de aprender; los enseñaba con gusto sin hacer distinción de clases ni de colores, lo que le atraía una popularidad incontrastable, pues estaba fundada en la gratitud; y no tan sólo transmitía sus conocimientos, sino que tenía a la disposición de sus amigos o del que los necesitara sus libros, sus libros que él tanto estimaba”.

La actitud de colaboración desinteresada y entusiasta que mostró Duarte ante sus contemporáneos es un claro indicador de que en sus relaciones humanas con los demás -muy especialmente en las distintas acciones educativas desplegadas con los jóvenes de entonces- no conoció de diferencias sociales y raciales para compartir los conocimientos adquiridos, lo que le valió el aprecio de todos sus relacionados y acrecentó su liderazgo ampliamente entre ellos.

CONSPIRACIÓN CONTRA BOYER Y HÉRARD

Conocedor de las dificultades por las que estaba atravesando el dictador Jean Pierre Boyer en Haití, al abolir la Cámara de Diputados y tomar un conjunto de medidas totalmente impopulares y autocráticas en ambas partes de la Isla de Santo Domingo, Duarte sugiere tomar contacto con la oposición haitiana que se había agrupado inicialmente en la Sociedad por los Derechos del Hombre y del Ciudadano y que, posteriormente, pasaron a constituir el Movimiento La Reforma. Para iniciar esos contactos, los trinitarios designan en primer lugar a Juan Nepomuceno Ravelo, cuyos esfuerzos fueron infructuosos, al no contar con las relaciones primarias que se requerían en un momento de grandes desafíos y peligros como los que se vivían en Haití a finales de 1842 y en los primeros meses de 1843. Fracasado ese primer intento, los trinitarios envían a Ramón Matías Mella y Castillo, quien era bien conocido en Haití, ya que había sido Comandante y Gobernador Militar de la Común de San Cristóbal y tenía buenos contactos en la parte occidental de la Isla, logrando establecer exitosamente un acuerdo con los revolucionarios haitianos.

Los trinitarios se comprometieron a asumir la dirección de los trabajos conspirativos en la parte oriental de la Isla, mientras los haitianos se responsabilizaron de la occidental. La caída de Boyer se produjo el 20 de marzo de 1843, pero la noticia del hecho llegó a Santo Domingo el 24 de marzo, momento en que los trinitarios salieron a las calles para mostrar su identificación con el Movimiento La Reforma y evidenciar claramente sus propósitos independentistas.

Tras algunos escarceos de los militares identificados con el caído dictador haitiano, que dejó como saldo cinco muertos y varios heridos, sectores opositores haitianos que vivían en esta parte de la Isla, junto a los trinitarios, pasaron a conformar la Junta Popular de Santo Domingo, cuyo presidente pasó a ser Alcius Ponthieux y el secretario, Ramón Matías Mella.

Los trinitarios, ni cortos ni perezosos, agilizaron sus acciones conspirativas en favor de la independencia nacional. Es así como el 5 de abril de 1843, la Junta Popular de Santo Domingo designa al ciudadano Juan Pablo Duarte -quien era a la sazón miembro de la misma-, con una carta de ruta, para que asumiera la responsabilidad de instalar juntas populares en las diferentes comunas por las que pasaría, llegando a dejar constituidas las Juntas Populares de Bayaguana, El Llano, Hato Mayor y El Seibo.

En la común del Seibo entró en contacto con los hermanos Ramón y Pedro Santana, hateros que habían sido afectados por la política agraria de Boyer, a quienes les propuso integrarse a las acciones conspirativas en favor de la Independencia Nacional. Es a partir de ese encuentro cuando los hermanos Santana deciden vincularse decididamente a la causa separatista. Posteriormente, Pedro Santana asumiría el liderazgo militar de la recién creada República Dominicana y se convierte en uno de los principales verdugos del patricio Duarte y los demás trinitarios.

Hasta los oídos de los miembros del Gobierno Provisional de Haití llegó la noticia de que los trinitarios, encabezados por Duarte, Sánchez y Mella, estaban encabezando una conspiración para separase de la parte occidental y proclamar su independencia política. Para esto designan al general de división Charles Riviére Hérard como jefe del ejército y lo envían a la parte Norte y Este de la Isla, con el propósito de restablecer la autoridad. Entre las amplias atribuciones de que fue investido el general Riviére Hérard, estaban:

1. Oponer la fuerza a la fuerza, en caso de encontrar resistencia en alguno de los puntos por donde se desplazaría.

2. Reorganizar las administraciones civiles y militares, las tropas de líneas y los cuerpos de policía: nombrar, revocar o destituir a todos los funcionarios públicos, aplicar las promociones, destituciones y retiros que juzgara convenientes, tomar todas las medidas y expedir los decretos necesarios para asegurar el triunfo de la Revolución, el orden y la tranquilidad pública.

3. A su regreso, en el seno del Gobierno Provisional, el general Charles Riviére Hérard dimitiría los poderes de que se le había investido y daría cuenta de su misión.

El general Riviére Hérard dividió su poderoso ejército en tres columnas, teniendo todas como punto de llegada y encuentro a Santo Domingo: una entró por el Sur, otra por Santiago y la tercera, encabezada por el propio Hérard, se dirigió primero a Puerto Plata, donde nombró como Comandante de la Plaza de Armas al teniente coronel Antonio López Villanueva; luego se dirigió a Santiago, Moca y La Vega, tras las huellas de la conspiración armada de que había sido alertado; posteriormente se dirige a San Francisco de Macorís, donde detuvo al cura Salvador de Peña por encontrar propagandas alusivas a los trinitarios y procedió a restituir como comandante de la Plaza de Armas al teniente coronel Charlot, quien había sido destituido por el municipio.

De allí se dirigió a Cotuí, donde se dio cuenta que el cura Juan Puigvert era amigo y cómplice del cura de Macorís, Salvador de Peña, y la palanca que hacía mover al municipio, lo que le hizo comprender las razones que motivaron la destitución del teniente coronel Prud’homme como Comandante de la Plaza de Armas. Posteriormente procedió a hacer preso al cura Puigvert y al patricio Ramón Matías Mella, que en ese momento se encontraba organizando la conspiración en el lugar, enviándolos a Puerto Príncipe, al tiempo de restituir en el puesto a Prud’homme.

Finalmente, se dirigió a Santo Domingo, ciudad a la que entró el 12 de julio de 1843, encontrando todas las puertas de los ciudadanos de origen español cerradas, razón por la cual, según sus propias palabras, se vio precisado “a organizar el municipio y castigar a los facciosos”.

Varios miembros de La Trinitaria fueron hechos prisioneros, mientras que Juan Pablo Duarte, Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez, tras permanecer ocultos durante varios días, tomaron el camino del destierro el 2 de agosto de 1843. La dirección del movimiento patriótico fue asumida, entonces, por Francisco del Rosario Sánchez y el hermano mayor de Duarte, Vicente Celestino Duarte, quienes lograron escapar de la acción represiva del general Riviére Hérard.

Duarte se había mantenido trabajando arduamente en el país, hasta su exilio en agosto de 1843, con tal de ver realizada plenamente su utopía. No obstante encontrarse en el exterior, prosiguió su orientación y prédica a través de cartas que enviaba a sus compañeros de ideal. Igualmente, realizaba gestiones en Venezuela y Curazao para conseguir pertrechos militares para la conspiración patriótica y, ante el fracaso estrepitoso de las mismas, Duarte envió una carta a su madre y hermanos/as a Santo Domingo el 4 de febrero de 1844 -justamente 23 días antes de producirse la Independencia Nacional-, en la que les proponía lo siguiente:

“El único medio que encuentro para reunirme con ustedes es independizar la Patria; para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que ustedes de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente ofrendamos en aras de la Patria lo que a costa del amor y el sacrificio de nuestro padre hemos heredado. Independizada la Patria puedo hacerme cargo del almacén, y a más heredero del ilimitado crédito de nuestro padre, y de sus conocimientos en el ramo de la Marina, nuestros negocios mejorarán y no tendremos porqué arrepentirnos de habernos mostrado dignos hijos de la Patria” (Duarte, 1999: 68).

Esta es la muestra más inequívoca del desprendimiento total del Fundador de la Nación Dominicana, en aras de lograr la independencia absoluta de su país, a lo cual accedieron su anciana madre y sus hermanos y hermanas, poniendo en riesgo su seguridad y la de los suyos en función de una causa y un futuro verdaderamente inciertos, en aquel momento. En efecto, esta acción sin par en favor de la Patria bien amada le acarrearía a Juan Pablo Duarte y a su familia -acostumbrados a vivir en la mayor abundancia y comodidad material-, la más escalofriante miseria y mendicidad, amén del destierro injusto e inhumano a que fueron sometidos todos y cada uno de ellos, a perpetuidad.

LA CONCEPCIÓN POLÍTICA Y JURÍDICA DE DUARTE

En diversos momentos de su vida Juan Pablo Duarte logra apropiarse de una sólida formación filosófica, política, jurídica, científica y literaria que le permitiría desarrollar una visión holística sobre el proceso de liberación de la República Dominicana frente a la dominación haitiana y ante cualquier potencia que pretendiese enajenar, aunque fuese un ápice, cualquier parte del territorio nacional o lesionar su soberanía.

La práctica política de Duarte siempre estuvo aguijoneada por los aspectos más avanzados de las filosofías políticas y jurídicas en boga tanto en los Estados Unidos de América como en la Europa de los siglos XVIII y XIX: aquellas relacionadas con el movimiento romántico francés, inglés y español, con la ilustración francesa, con el liberalismo político inglés y norteamericano y con el municipalismo de Cataluña. Éstas, junto a su peculiar forma de ver la realidad y a su profunda fe cristiana -cuyo credo cultivó desde los primeros años de su infancia-, les permitieron forjar una filosofía política y jurídica propia, basada en profundos valores patrióticos, democráticos, participativos, liberales, civilistas, municipalistas, nacionalistas, antiimperialistas, éticos, morales, cristianos y humanistas.

Concepción de Duarte sobre la Política

Veamos la perspectiva trascendente que le otorgaba Duarte a la relación que debe existir siempre entre la filosofía y la política, en tanto disciplinas que deben ocupar las posiciones cimeras en el proceso de la intelección humana: “La Política no es una especulación; es la Ciencia más pura y la más digna, después de la Filosofía, de ocupar las inteligencias nobles” (Vetilio Alfau Durán, 1998: 25).

Para el Fundador de la República Dominicana, la filosofía debía ocupar el pináculo del saber, por cuanto es la que proporciona una visión holística sobre el cosmos, el mundo y la vida. Pero, junto a ella, la política debía tener reservado un lugar privilegiado, por cuanto es la ciencia que debe tender a garantizar el bienestar colectivo de todos/as los/as ciudadanos/as que integran el Estado, la Patria, la Nación o la República.

La huella romántica

Cuando Duarte llegó a Barcelona hacia el año 1828, esta ciudad era el mayor centro hispánico del romanticismo en las primeras décadas del siglo XIX, momentos célebres en que predominaban las reuniones juveniles en asambleas, consejos, sociedades y academias que estimulaban los buenos estudios, así como el desarrollo cultural y político.

Duarte tuvo la oportunidad de conocer y vivir de cerca el espectáculo singular del primer romántico español, el poeta José Espronceda, de quien es muy probable el Patricio tomara la idea de la Sociedad Secreta La Trinitaria que fundara el 16 de julio de 1838, ya que hacia el año 1823 aquél había fundado la Sociedad Secreta Los Numantinos, organización revolucionaria que estuvo entre los factores que desencadenaron la persecución y posterior exilio del bardo español.

Se pueden establecer importantes comparaciones entre los versos que el patricio Duarte escribió bajo el título Soy Templario y la leyenda de Espronceda El Templario. Asimismo, existen grandes similitudes entre los versos El Criollo de Duarte y el romance Un Castellano Leal del Duque de Rivas, los cuales son muestras más que evidentes de que el patricio dominicano abrevó en las fuentes más elevadas del romanticismo español.

El movimiento romántico influiría de forma determinante en el acendrado y perenne patriotismo de Duarte; en su indeclinable amor por la libertad; en su humanismo fraternal y filantrópico, carente de todo tipo de prejuicio racial, social y religioso; en su hondo y quejumbroso lirismo personal y social; en su amor profundo por las Bellas Artes tatuado en la poesía y en el teatro, de los que se valió como medios de expresión estética y como vehículos de denuncia social, política y cultural. En fin, más que una filosofía política, el romanticismo se convirtió para Duarte en una verdadera filosofía de vida, que lo permearía profundamente y le acompañaría en todo su trayecto hasta exhalar el último hálito de vida.

El Influjo Ilustrado

La concepción ilustrada de Duarte se pone de manifiesto en todo el contenido político-jurídico de su Proyecto de Ley Fundamental (Constitución), el cual fue elaborado en el año 1844 tras su regreso al país al ser proclamada la Independencia Nacional. En ese Proyecto, el patricio postula el principio de la primacía de la ley en todos los actos tanto de gobernantes como de gobernados, el principio de la soberanía nacional como ley fundamental que debe regir a la República Dominicana como Nación libre e independiente, el principio de la soberanía popular tanto en el origen del gobierno como en su forma de elección, el sistema de gobierno a establecer, su esencia y la manera de actuar.

El patricio Juan Pablo Duarte tenía un muy elevado concepto de la ley, al entender que nadie, por muy encumbrado que esté, puede ni debe considerarse por encima de la ley. De igual modo, era del parecer de que ninguna persona, por el simple hecho de ser un ciudadano común, puede situarse al margen de las disposiciones legales vigentes. Esto quiere decir que todo acto que ejerza cualquier persona, gobernante o gobernado, Autoridad o Ciudadano, debe hacerlo exclusivamente con arreglo a lo que dispone la ley, que es lo que el filósofo ilustrado Jean-Jacques Rousseau denomina Contrato Social, el cual permite la convivencia pacífica entre los habitantes de una determinada Nación, donde todos renunciamos a determinadas prerrogativas individuales que nos otorga el derecho natural con el propósito deliberado de obtener otros beneficios que propenden a garantizarnos mayor seguridad y estabilidad social, mediante lo que se conoce como el pacto de asociación entre los ciudadanos.

Duarte considera como la Ley Suprema del Pueblo Dominicano la existencia política de la República Dominicana como Nación libre e independiente de toda dominación, protectorado, intervención e influencia extranjera, por entender que la Independencia Nacional es la fuente y garantía de las libertades patrias. El Fundador de la República establece con gran sentido de patriotismo que todo aquel que contravenga esta disposición, sea gobernante o gobernado, se coloca de inmediato y por sí mismo fuera de la ley, lo que ha ocurrido con la mayor parte de los gobernantes –salvo raras excepciones- que hemos tenido desde 1844 hasta el presente, razón por la cual la mayoría de ellos no merecen “aparecer ante el tribunal de la historia con el honor de hombres libres, fieles y perseverantes” (Duarte, 1999:284).

Duarte tenía una visión bastante clara sobre las implicaciones que tiene todo proceso relativo a la elaboración, proposición, aprobación, ratificación, promulgación y difusión de las leyes de un Estado o Nación, que tiene como interés general garantizar la convivencia social entre todos los individuos, sin menoscabo del ejercicio pleno de sus derechos. Esto evidencia que el Patricio elaboró su concepción sobre las leyes, contenida en su Proyecto de Ley Fundamental, cobijado bajo la gran sombrilla de las ideas ilustradas de los grandes pensadores franceses Rousseau y el barón de Montesquieu.

Duarte destaca como un aspecto esencial de la soberanía nacional, la idea de que la Nación dominicana es libre e independiente, razón por la cual no es ni puede ser nunca parte integrante de ninguna Potencia extranjera, ni el patrimonio de familia o persona alguna, ya sea de nacionalidad dominicana o perteneciente a otra nacionalidad. Esto significa que el territorio de la República Dominicana no puede ser enajenado por nadie, sin importar su procedencia, clase social, rango civil o militar, lo que demuestra que Duarte asumió una postura radical en la defensa de la soberanía nacional y del patrimonio de todos los dominicanos.

Es indiscutible el gran influjo roussoniano en la perspectiva constitucional de Duarte, cuando sostiene que el Gobierno dominicano es y deberá ser siempre popular en cuanto a su origen. Esto revela la absoluta aceptación de la teoría del Ciudadano de Ginebra en cuanto a que el pueblo es el único soberano y depositario de toda fuente de poder legítimo en un régimen democrático. También asume la visión ilustrada de Rousseau cuando sostiene que el Gobierno dominicano es electivo en cuanto al modo de organizarle. Esto deja ver que en nuestro Duarte estaba clara la idea de que el sufragio universal era la única forma legítima en que los dominicanos habrían de escoger a sus gobernantes para que les representaran durante un determinado período de tiempo.

Por otro lado, Duarte deja ver su perspectiva burguesa cuando afirma que el sistema de Gobierno de la República Dominicana es representativo o por delegación, bajo el entendido de que es materialmente imposible que todo el pueblo pueda ejercer a la vez las diferentes funciones prácticas del Gobierno y de los distintos poderes estatales. En ese mismo tenor, despeja toda duda sobre la esencia del Gobierno dominicano, cuando dice que es republicano, con lo cual reafirma una vez más la presencia imperturbable de los ilustrados Rousseau y el Barón de Montesquieu.

Duarte señala que el Gobierno dominicano es responsable en cuanto a sus actos, con lo cual asume una de las principales características de un Gobierno virtuoso, que es la frugalidad en el gasto, con lo cual buscaba garantizar el uso pulcro de los recursos y lograr una mayor inversión social pública que vaya en beneficio de las grandes mayorías del pueblo dominicano, tal como lo planteó el Barón de Montesquieu.

La frugalidad en el gasto lo demostró Juan Pablo Duarte cuando era General de Brigada, Comandante del Departamento de Santo Domingo y miembro de la Junta Central Gubernativa, al ser designado el 21 de marzo de 1844 como oficial superior adjunto al General Pedro Santana para cooperar en “la defensa de la Patria en la agresión que nos han hecho los haitianos” (Duarte, 1999:203), en referencia a la acción armada que encabezó el presidente haitiano Charles Hérard Riviere entre marzo y abril de 1844.

Donde Duarte (1999: 227) reafirma de forma definitiva su gran adhesión a los principios de la filosofía política ilustrada, al tiempo que la trasciende al agregar el Poder Municipal como el primer poder del Estado, es cuando escribe en su Proyecto de Ley Fundamental que el Estado dominicano:

“Para la mejor y más pronta expedición de los negocios públicos se distribuye en Poder Municipal, Poder Legislativo, Poder Judicial y Poder Ejecutivo… Estos poderes llámanse constitucionales porque son y habrán siempre de ser constituidos, so pena de ilegitimidad, con arreglo a la Constitución y no de otra manera”.

En este texto se pone de manifiesto que Duarte dominaba ampliamente la teoría liberal de John Locke sobre el poder legislativo y el poder ejecutivo, así como la teoría ilustrada del Barón de Montesquieu sobre la integración y división de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial.

A esos tres poderes, Duarte agrega un nuevo poder, el Poder Municipal, el que coloca en primer lugar. Esto lo hizo en virtud de la experiencia obtenida con los cabildos españoles durante su estadía en Barcelona y tomando en cuenta las particularidades propias de los municipios dominicanos, por entender que el Poder Municipal o Fuero Municipal, como también lo denominaba, es, sin lugar a dudas, el estamento del Estado que más cerca está del pueblo y el que puede atender con mayor celeridad y eficiencia las necesidades más sentidas e inmediatas de la población dominicana.

Las ideas liberales que profesó Juan Pablo Duarte estaban estrechamente relacionadas con las ideas románticas e ilustradas que sustentó durante gran parte de su vida, a través de las cuales siempre abogó por el establecimiento de una República Dominicana libre e independiente de toda dominación extranjera, donde primara el Estado de Derecho en beneficio de todas las personas que la habitan, para que, sin distinción social, económica, cultural, de raza o de religión, sean consideradas como entes iguales ante la ley.

De igual manera, condena toda forma de despotismo, al tiempo que postula la necesidad de la construcción de un sistema democrático representativo, donde prime la división de poderes y los principios republicanos de la soberanía popular, del sufragio universal, de la libertad de prensa y del respeto a las libertades individuales y a los derechos sociales de los seres humanos, como son: el respeto a la preservación de la vida, el respeto a la dignidad y al honor de las personas, el respeto a la libertad de pensamiento, el respeto a la libertad de asociación, el respeto a la libertad de expresión, el respeto a la libertad de cultos y el respeto a la propiedad, entre otras.

El cristianismo comprometido de Duarte

La concepción constitucional de Juan Pablo Duarte sobre la religión evidencia una gran apertura a la libertad de conciencia, a la tolerancia de cultos y al funcionamiento de sociedades orientadas a la defensa de la moral pública y de la caridad evangélica, sin renunciar a su orientación cristiana en favor de la Religión Católica, Apostólica y Romana como religión predominante del Estado Dominicano.

Observemos lo que dice Duarte (1999:227) en su Proyecto de Ley Fundamental sobre este aspecto tan controversial en toda sociedad humana, como es la religión:

“La religión predominante en el Estado deberá ser siempre la Católica Apostólica, sin perjuicio de la libertad de conciencia, y tolerancia de cultos y de sociedades no contrarias a la moral pública y caridad evangélicas”.

Al referirse a la concepción religiosa de Duarte, el dirigente político y predicador evangélico Alfonso Lockward (1993: 54) dice:

“Nótese el uso de la palabra ‘predominante’, en cuanto a la Religión Católica. Lo de ‘libertad de conciencia’ casi siempre se utilizaba pensando en la masonería. Duarte fue, pues, sensible al sentimiento generalizado entre los dominicanos en cuanto al catolicismo, pero como liberal que era, pensaba que se debía mantener la libertad de cultos. O, mejor dicho, la tolerancia”.

Estas ideas reflejan que Duarte no asumió una postura cerrada o excluyente frente a todos aquellos que tenían una posición diferente a la suya, sino que, muy por el contrario, era tolerante ante aquellos que diferían de su perspectiva católica, siempre y cuando no entraran en contradicción abierta con la moralidad pública y la caridad evangélica.

Otro aspecto para destacar en Duarte es el gran sentido de compromiso con que asumió su condición de cristiano abanderado de la causa de la independencia nacional, al colocarse siempre del lado de los más genuinos intereses del pueblo dominicano, razón por la cual se puede afirmar que su cristianismo fue profundamente comprometido con las mejores causas de la República Dominicana y con los más pobres y humildes.

DUARTE, PUEBLO HAITIANO Y UNIDAD NACIONAL

Para Duarte no era posible -como no lo es, ni podrá ser nunca- una fusión entre los pueblos haitiano y dominicano, ya que poseen historias, culturas, lenguas, formas de pensar, formas de vida y modos de actuar esencialmente diferentes. No obstante, reconoce en el pueblo haitiano -tras recorrer las páginas gloriosas de su historia-, que es poseedor de dos virtudes poco comunes y eminentes entre los seres humanos y los pueblos: 1.- Un amor profundo por la libertad y 2.- Un valor admirable para vencer poderes excesivamente superiores a los suyos, lo que le permitió salir de su centenaria condición de esclavo y lograr constituirse en nación libre e independiente frente al yugo opresor francés.

Asimismo, Duarte era del parecer que, así como España y Francia tenían derecho a establecer su monarquía y los haitianos su república, los dominicanos tenían el mismo derecho a constituirse en Nación libre e independiente de toda dominación extranjera, sin importar que esta última sea española, francesa o haitiana, pero bajo el nombre irredento de República Dominicana.

No obstante, para Duarte, el racismo, sin importar que proviniera de blancos, negros, mulatos o cobrizos, constituía una aberración y una disminución de la condición humana. Pues el Patricio entendía que el color de piel no determina la calidad de las personas ni el aporte individual o social que se está en capacidad de hacer; muy al contrario, entendía que lo que distingue a una persona con respecto a otras es su cualificación ético-moral, su amor al prójimo, su entrega total a la causa de la patria y la justicia, así como su preparación intelectual.

La concepción revolucionaria de la unidad racial que tenía Duarte para entonces era muy necesaria, dado que, para el año1838, fecha en que fue fundada La Sociedad Secreta Trinitaria, tan sólo habían transcurrido 16 años de que en el país se había abolido formalmente la esclavitud de los negros a mano de los blancos y todavía se expresaban enconos y rencores de un lado y del otro. Esto no lo podía permitir el Patricio en una causa cuyo propósito central era lograr la libertad, la igualdad, la independencia y la justicia social absoluta en favor de toda la ciudadanía de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo.

Esto se pone en evidencia más claramente en los siguientes versos suyos, donde llama a todos los dominicanos a trabajar unidos por el bienestar de la Patria, contra toda forma de opresión tiránica o dictatorial y por la democracia plena de la República Dominicana, sin distinción de clases sociales ni prejuicios raciales de ningún tipo. Veamos:

“Los blancos, morenos, cobrizos, cruzados, marchando serenos, unidos y osados, la Patria salvemos de viles tiranos, y al mundo mostremos que somos hermanos” (Duarte, 1999: 290).

Estos significativos versos, en los que llama vehementemente a la unión de las diferentes razas, en calidad de hermanos, para salvar la Patria de gobernantes autocráticos o “viles tiranos”, contrarios a la democracia, a la soberanía y a la libertad, son una muestra más que palmaria de que el racismo y los prejuicios sociales no se aposentaron en el noble, bondadoso y sincero corazón del patricio Juan Pablo Duarte.

Con esta perspectiva visionaria, se adelantó a su época y entendió el concepto de Nación como algo amplio e incluyente, que comprende a los diferentes sectores que habitan un territorio, poseen una misma cultura, tienen una lengua común y se sienten copartícipes de los mismos sentimientos patrióticos, de identidad nacional, histórica y social, alegría, tristeza o esperanza que embargan a los integrantes de un determinado conglomerado humano.

EL ANTIIMPERIALISMO RADICAL DE DUARTE

La perspectiva antiimperialista de Duarte comienza en sus años de mocedad (al darse cuenta de que nuestro país estaba bajo el yugo de la clase dominante haitiana) y adquiere su máxima expresión con la formación de la Sociedad Secreta La Trinitaria, el 16 de Julio de 1838, luego de haber estado propagandeando junto a José María Serra por espacio de casi seis años consecutivos (1833, 1834, 1835, 1836, 1837 y hasta mediados de 1838). Esta entidad fue creada con el propósito primordial de enfrentar a la clase dominante haitiana y desplegar todas las acciones que fuesen necesarias para la consecución de la Independencia Nacional.

Duarte avizoró con una clara visión de presente y futuro el interés de los franceses, españoles, ingleses y norteamericanos por posesionarse de las riquezas naturales de la República Dominicana y controlarla política y económicamente. Así lo expresa en estas palabras:

“Visto el sesgo que por una parte toma la política franco-española y por otra la angloamericana y la importancia que en sí posee nuestra isla para el desarrollo de los planes ulteriores de todas cuatro Potencias, no deberemos extrañar que un día vean en ella fuerzas de cada una de ellas peleando por lo que no es suyo. Entonces podrá haber necios que por imprevisión o cobardía, ambición o perversidad correrán a ocultar su ignominia a la sombra de esta o aquella extraña bandera y como llegado el caso no habrá un solo dominicano que podrá decir yo soy neutral, sino que tendrá cada uno que pronunciarse contra o por la Patria, es bien que yo os diga desde ahora (más que sea repitiéndome) que por desesperada que sea la causa de mi Patria será la causa del honor y que siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre” (Duarte, 1999: 276).

Aquí Duarte deja ver la disposición de las grandes potencias a pelearse por nuestro territorio, tomando en cuenta su ubicación geoestratégica, los diferentes microclimas favorables a la producción de cualquier tipo de producto agrícola, las bellezas naturales que le adornan y las riquezas naturales y materiales abundantes que posee. También el patricio destaca que hay malos dominicanos que por cobardía, ambición o perversidad se colocarían bajo el color de la bandera extranjera que más les garantice prebendas y beneficios particulares. En ese caso, Duarte es enfático al plantear que no se puede argüir neutralidad, sino que cada quien está en la obligación de tomar partido en contra de la Patria o en favor de ella. Es evidente que nuestro Padre Fundador tenía la más profunda convicción de que el lugar que les corresponde a los dominicanos honorables y patriotas es el de la defensa a ultranza de la enseña tricolor, aún a costa de la propia vida.

LA REPÚBLICA DOMINICANA SOÑADA POR DUARTE

La República Dominicana con que soñó nuestro Padre Fundador Juan Pablo Duarte, en la actualidad dominada por una pérdida total de valores ético-morales, ciudadanos y patrióticos, asume en el presente un conjunto de características, que a rasgos generales esbozamos a continuación:

1. La República Dominicana debe asumir como su principio básico la autodeterminación plena en todos los aspectos: territorial, político, económico, social, ideológico y cultural, de manera que en el marco del complejo contexto global en que nos desenvolvemos estemos en capacidad de organizar al país conforme a nuestra propia idiosincrasia como dominicanos, sin tener que depender de ninguna potencia extranjera y manteniendo relaciones internacionales basadas en el respeto mutuo, en el comercio justo y en la cooperación horizontal, tanto bilateral como multilateralmente. Este proceso en la actualidad pasa por la consumación de nuestra independencia total frente a los Estados Unidos como ante cualquier intento de injerencia extranjera en los procesos de toma de decisiones del Estado y de los diferentes gobiernos que de forma libre y democrática decida darse legítimamente el pueblo dominicano.

2. La República Dominicana debe ser popular en cuanto a su esencia y fundamentos, lo que significa que el poder y los distintos mecanismos de toma de decisiones del país deben contar con la hegemonía y presencia mayoritaria del pueblo, entendido éste como la diversidad de sectores y ciudadanos que conformamos la nación dominicana y que, con nuestro quehacer cotidiano producimos las riquezas del país, definimos nuestra idiosincrasia y afirmamos nuestra identidad. Esos sectores son: los obreros, los campesinos, los pobladores de barrios, comunidades y residenciales, las mujeres, los pequeños y medianos productores agropecuarios y de la industria, los comerciantes, los profesionales y técnicos en las diferentes áreas, así como las diversas etnias que conforman nuestra multicolor nación.

3. La República Dominicana debe estar regida por una democracia participativa, donde el poder político y los diferentes espacios de poder económico, social y cultural estén centrados en la participación democrática y plural de los diferentes sectores populares y comunitarios. De esa manera, el ejercicio del poder a todos los niveles dejará de ser un patrimonio exclusivo de una minoría para pasar a ser una práctica cotidiana y efectiva de todos, donde los ciudadanos y las ciudadanas estén en capacidad y en libertad de elegir y ser elegidos/as para las diferentes funciones públicas; conserven el control soberano sobre sus elegidos, pudiendo incluso revocarlos si no cumplen adecuadamente con su rol y se constituyan en administradores y gobernantes locales en las diferentes esferas de acción cotidiana.

4. De igual manera, se deben crear órganos públicos de control, ante los cuales los funcionarios estén en la obligación de rendir cuentas de su gestión periódicamente; se debe privilegiar la decisión directa del pueblo en asuntos fundamentales para el interés de la nación, a través de figuras participativas como la Asamblea Nacional Constituyente electa por el Voto Popular, el Plebiscito y el Referéndum, así como la autogestión plena de la población, en lugar de la delegación y/o la representación, en todas aquella funciones públicas que, dada su naturaleza, se requiera; en fin, debe crearse una cultura ampliamente democrática y participativa, donde se prohíba se forma clara y sin ambigüedades la reelección en los cargos electivos y el carácter permanente de las representaciones.

5. La República Dominicana debe estar basada en un nuevo modelo nacional de desarrollo integral, que supere el carácter excluyente del que se aplica actualmente y rompa de forma definitiva con los lazos de dependencia que nos atan a la economía norteamericana o a cualquier otra economía poderosa del planeta. Es necesario definir una vía propia y sustentable de desarrollo que involucre a todas las fuerzas económicas y sociales de la nación para potenciar la producción de aquellos bienes y servicios que demanda tanto el país como el mercado internacional. En este modelo se debe garantizar el crecimiento de los diferentes sectores de la economía, al tiempo que el Estado debe ser garante de que haya una distribución equitativa de las riquezas entre todos aquellos que la hacen posible.

6. La República Dominicana debe garantizar la existencia de un Estado Social y Político de Derecho, donde el cumplimiento estricto de la ley se constituya en el principal referente del pueblo dominicano, sus instituciones y de los extranjeros que habiten nuestro país. En la sociedad dominicana primará el respeto pleno a los Derechos Humanos en todas sus manifestaciones y expresiones, destacándose entre ellos el derecho a una existencia digna, a una educación integral, a una salud plena, a la libertad de pensamiento, expresión y asociación, a la praxis de una pluralidad social, política, ideológica y cultural, así como la garantía de la más amplia participación de todos/as los/as ciudadanos/as en los diferentes espacios de poder.

7. La República Dominicana debe promover todos los valores ético-morales, ciudadanos, patrióticos y culturales que contribuyan a reafirmar nuestra identidad nacional popular, el ejercicio ético de la actividad política y de la administración del poder del Estado, tomando como guía la concepción que de la política y el ejercicio del poder tenía Duarte como actividad de servicio a la patria y al pueblo dominicano, donde la corrupción en sus más diversas formas y manifestaciones sean castigadas severamente, sin importar la procedencia social y la posición que se ocupe. En esta sociedad se resaltarán los aportes realizados por el pueblo y sus diferentes líderes en el devenir histórico-social y cultural de nuestra nación, de manera que se constituyan en una referencia positiva para las presentes y futuras generaciones.

8. La República Dominicana debe garantizar la plena igualdad de género y de etnia en todos los ámbitos de la vida social, económica, política, científico-técnica, cultural e ideológica. En tal sentido, se desarrollarán procesos de educación ciudadana a todos los niveles que tiendan a crear una conciencia clara sobre la equidad que debe existir entre hombres y mujeres, así como entre los diferentes grupos étnicos, al tiempo que se penalizará todo trato vejatorio y/o discriminatorio en los ámbitos intrafamiliar, social y laboral, en función de la gravedad de los casos concretos que se presenten.

Todos estos elementos y otros que se deriven del estudio profundo del pensamiento de Duarte y de sus discípulos más destacados, deben ser sometidos al más amplio consenso entre todos los sectores involucrados en el proceso de construcción de una Nueva República Dominicana, continuadora fiel del ideal duartiano y trinitario.

Estos elementos deben ser propuestos a una Asamblea Nacional Constituyente electa por Voto Popular que se instituya, la cual debe desarrollar la más amplia consulta entre la población dominicana y entre los integrantes de las diferentes fuerzas sociales, políticas, económicas, culturales e ideológicas que conforman la Nación Dominicana, para que los resultados sean integrados en una Nueva Constitución Democrática y Participativa.

Para hacer realidad la República Dominicana anhelada por Duarte, es necesario construir desde los sectores populares y comunitarios una alternativa política, social y patriótica donde prime la democracia, la participación, la solidaridad y la creatividad sin límites, de manera que confluyan todos/as los/as ciudadanos/as y todas las fuerzas sociales y políticas que no estén comprometidos/as con actos de corrupción, con la represión del pueblo o con otros actos bochornosos ocurridos en el pasado o en el presente.

Esta opción alternativa debe ganar el apoyo mayoritario del pueblo, para lo cual debe estar en convivencia permanente con él, levantar sus demandas más sentidas, integrarle en espacios de participación flexibles y acordes a sus intereses, participar en todas las coyunturas del país (electorales y no electorales), sin agotarse en ninguna de ellas, así como usar todos los métodos de lucha que permitan alcanzar sus propósitos estratégicos y tácticos en un ambiente de democracia participativa, paz social y seguridad ciudadana.

Estas son tan sólo algunas ideas que sugerimos a partir del estudio de las ideas esbozadas por el Patricio Juan Pablo Duarte en los ámbitos filosófico, político, jurídico y educativo, las cuales podrán ser enriquecidas por todos nosotros al profundizar en el conocimiento integral de su pensamiento.

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