La tierra que nos han dado

Por Pedro Conde Sturla

Nos han dado la tierra», una de las diecisiete narraciones de «El llano en llamas», empieza al igual que otras como con un cansancio y un desgano, casi como sin deseo de empezar. Empieza con campesinos empobrecidos, pobres por definición, que han venido caminando desde el amanecer hasta las cuatro de la tarde.  Caminando y caminando bajo un sol inclemente y un calor que raja las piedras, sin ver ni sombra de lo que buscan, hasta que alguien luego oye ladrar los perros:

 

«Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.

»Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza».

Es el típico paisaje desolado y rencoroso de los cuentos de Rulfo, un narrador que dice todo sin decir nada, que nunca opina, que nunca arriesga un juicio, que se limita a exponer los hechos, la cruda realidad, y sin decir nada lo dice todo. Igual que sus personajes… Sus personajes tampoco dicen nada y lo dicen todo:

«No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar».

En principio eran veintitantos los que emprendieron el viaje, pero se fueron desperdigando y abandonando la empresa en el camino:

«Faustino dice:

»-Puede que llueva.

»Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: “Puede que sí”».

La emoción de la lluvia los conforta, los llena por un momento de esperanza, pero la lluvia allí en el llano es espejismo. Si acaso cae una gota de vez en cuando, pero una sola gota «grande, gorda»:

«Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.

»¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?»

El llano es cosa que no sirve para nada, sólo es grande y es árido, nunca llueve, lo que se dice llover, en el llano nunca llueve, y tampoco se encuentra nada de comer ni animales que cazar:

«No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada».

Pero esa fue la tierra que les dieron, quizás para que no alborotaran, para que se quedaran tranquilos y no se convirtieran en cuatreros, en maleantes:

«Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos.

»Nos dijeron:

»-Del pueblo para acá es de ustedes.

»Nosotros preguntamos:

»-¿El Llano?

»– Sí, el llano. Todo el Llano Grande».

Más que nada fue un escarnio, una burla, un engaño. Eso de que les han dado la tierra es puro sarcasmo, un regalo envenenado. Eso que por aquí llaman reforma agraria.

«Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano.

»Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:

»-No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.

»-Es que el llano, señor delegado…

»-Son miles y miles de yuntas.

»-Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.

»-¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran».

Lo que recibieron fue un desierto que nadie quiere, una tierra sedienta que no produce nada, una especie de limosna para que se quedaran tranquilos y no alborotaran. Para eso les dieron la tierra. De eso ya se habló.

«– Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.

»– Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.

»– Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano… No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho… Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos…

»Pero él no nos quiso oír.

»Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando.»

Todos son excombatientes, exmilicianos, católicos devotos, campesinos que pelearon en la guerra cristera a favor de cristo contra los federales, contra el gobierno que quería limitar y limitó el poder del clero, de la iglesia.

«Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.

«Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con “la 30” amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina».

La tierra buena, la tierra que no le dieron es otra y está por los lados del río.

«Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajara por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.

»Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta.

»Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos».

Ahora, de repente, están contentos, alebrecados. Parecería, no sé, cómo que los exmilicianos tienen malas intenciones. ¿Y si de repente recobraran sus caballos y fusiles?

«-¡Por aquí arriendo yo! -nos dice Esteban.

»Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.

»La tierra que nos han dado está allá arriba».

Definitivamente parecería que sí, que los  excombatientes de las guerras cristeras finalmente tienen malas intenciones….

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