¿Mudez reeleccionista de la justicia independiente?

Manolo Pichardo

La justicia -proclamada como “independiente” por el Gobierno, luego de iniciar una atropellante carrera persecutoria contra lo que fue presentado al país como “entramados criminales de proporciones -tan- escandalosas” que no tienen semejanzas con acciones de corrupción de ninguna otra administración desde la misma fundación de la República- entró en una inacción repentina que dejó a los periódicos sin los habituales, esperados y estrambóticos titulares desprendidos de las constantes declaraciones de los principales protagonistas del Ministerio Público que, excitados a grado orgásmico, alteraban el temperamento social, al punto de crear turbas mediáticas que se debatían entre los que demandaban sangre y los que ubicaban en la politiquería tales acciones.

La cuestión es que perdieron la voz y se ocultaron de los flashes y, ahora, los micrófonos menos agredidos por la verborrea disparada desde la retorcedura y recovecos de los tecnicismos jurídicos, encuentran solaz en el espectáculo tradicional que decolora las pantallas de los televisores, poetiza las páginas de los diarios y “melancoliza” las voces de una radio que se había acostumbrado a tronar y a escupir el morbo que la gleba esperaba capítulo a capítulo,  día por día y hora por hora con una ansiedad amalgamada por sentimientos encontrados que iban desde el estrés más estresante, hasta el goce mórbido anidado en el resentimiento y el deseo de que la justicia vengase sus frustraciones o ayudase a calmar las admiraciones retorcidas -envidia- que no encontraban remedio en la consulta del fastidiado psicólogo o exasperado psiquiatra.
Pero el aburrimiento causado por la mudez se comenzó a despejar en la medida que acciones jurídicas y políticas comenzaban a coincidir en tiempo y, a veces, espacio: una imagen funeraria, egos y antagonismos abrazados en carcajadas; variaciones de medidas de coerción; reposición del rostro mallugado y descompuesto por meses del jefe del antiguo régimen; aparición forzosa de viejos portavoces “procesables” que durante más de un año solo asomaban por la ventana de sus casas para sentir el movimiento del espacio exterior y respirar, por las rendijas consoladoras del voluntario encierro, la libertad que no tenían.
Salieron para lanzar pétalos al verdugo de su jefe, al mismo que le tenía -y les tiene a todos- entre el pecho y la cabeza, la horquilla o aquella soga que se hala o suelta, dependiendo de hasta dónde se quiera que llegue el perro. Se presentaron a la televisión y la radio para aullar como en un concierto de escobas, búhos y nube de murciélagos fumadores. No pudieron sacar sus sonrisas; solo aparecieron las muecas que el miedo reprimido evacuaba para revelar que nada era espontáneo, sino parte del guion que busca la concreción de un acuerdo para la impunidad a cambio de la reelección que se ¿fragua? en las calles a base de picazos y un trillón de vacuencias apretadas en un recipiente lleno de promesas sin cabezas ni extremidades.

Los vasos comunicantes entre el antiguo y actual régimen, en medio de la mudez de los locuaces Camacho y Yeni, se activaron compartiendo savia, refrescando viejos negocios, antiguas comelonas clandestinas, añejos acuerdos de aposento para plantar falsas banderas o provocar falsos positivos para burla a compañeros de ambos lados que, ingenuos o descuidados, se apegaban a las reglas de juego pactadas a la luz del sol y el país como testigo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.