¿Por qué MILITO a los 60?

Por Manuel Martínez

¿Por qué alguien que nunca militó en política decide hacerlo a los 60 años?

Esa pregunta me la han hecho en más de una ocasión. También me la hice yo antes de tomar una de las decisiones más importantes de esta etapa de mi vida.

Tengo 60 años, bien vividos, dedicados a ejercer como comunicador visual y profesor universitario. Durante más de tres décadas he procurado aportar, desde mi profesión y desde las aulas, a elevar la calidad de la comunicación visual en la República Dominicana.

Mi formación se enriqueció con una experiencia decisiva: estudiar y trabajar en los Estados Unidos, donde tuve el privilegio de aprender de algunos de los más importantes referentes del diseño contemporáneo. Aquellos años no solo fortalecieron mi carrera profesional; también moldearon mi manera de entender la disciplina, la excelencia y el valor del conocimiento.

Regresé a la República Dominicana por una razón profundamente personal: quería que mis hijos nacieran y crecieran en la tierra que me vio nacer. Nunca imaginé que esa decisión familiar terminaría conduciéndome, décadas después, a una decisión de naturaleza muy distinta.

No escribo estas líneas para convencer a nadie ni para pedir un voto. Las escribo porque creo que las decisiones importantes merecen ser explicadas, sobre todo cuando nacen de la reflexión y no del impulso.

Mi interés por la política comenzó muy temprano. Tuve el privilegio de conocer al profesor Juan Bosch en dos momentos muy distintos de mi vida. La primera vez, siendo apenas un niño de once o doce años, cuando una caminata política lo llevó hasta la galería de mi casa. Lo vi detenerse, pedir un vaso de agua, aceptar el café que mi madre le ofreció y conversar con ella con una sencillez que me impresionó profundamente.

Muchos años después, ya graduado, de regreso de los Estados Unidos e iniciando mi vida profesional en Santo Domingo, el destino volvió a cruzar nuestros caminos en unas tertulias literarias. Entre aquel niño y el adulto habían pasado décadas de estudio y experiencia, pero la admiración por Bosch permanecía intacta.

A pesar de ello, durante muchos años no sentí que la política partidaria fuera mi camino. Elegí servir desde otros espacios: la comunicación visual, la docencia universitaria, la formación de profesionales y el desarrollo de proyectos.

La vida profesional me dio mucho más de lo que alguna vez imaginé. Sin embargo, con el paso de los años comprendí que llega un momento en que el éxito personal deja de ser suficiente. También llega la hora de pensar en el legado que uno desea dejar.

Durante décadas seguí la política con atención. Leía, analizaba, debatía y votaba. Como muchos dominicanos, tenía opiniones sobre el rumbo del país, pero estaba convencido de que mi mejor aporte seguía estando en mi profesión.

Hasta que un día sentí que observar ya no bastaba.

No era solamente el deterioro del debate público. Me preocupaba la pérdida de una cultura de planificación, de mérito y de visión de largo plazo. El país parecía discutir cada vez más el presente y cada vez menos el futuro.

Como comunicador visual y profesor universitario aprendí que ninguna obra importante nace de la improvisación. Ningún edificio se levanta sin planos. Ninguna marca perdura sin identidad. Ningún proyecto colectivo avanza sin una visión clara.

Las naciones tampoco son diferentes.

Los países necesitan instituciones sólidas, liderazgo, planificación y una idea compartida del futuro. Cuando esos elementos se debilitan, las decisiones dejan de responder a un proyecto de nación y comienzan a depender de las urgencias del momento.

Durante mucho tiempo pensé que podía seguir aportando desde mis artículos, mis clases y mi profesión. Pero hubo una noche en la que comprendí que había llegado el momento de involucrarme de otra manera.

Fue la noche de las primarias internas del Partido de la Liberación Dominicana, 2019.

Seguí aquella noche con la misma atención que millones de dominicanos. Cuando vi la rueda de prensa del doctor Leonel Fernández sentí una profunda indignación e impotencia. No fue simplemente una reacción ante un resultado político; fue la sensación de que el país entraba en una etapa en la que ya no bastaba con analizar los acontecimientos desde la distancia.

Aquella noche entendí que hay momentos en los que observar deja de ser suficiente.

A partir de ese momento tuve que hacerme una pregunta inevitable: si iba a militar, ¿dónde debía hacerlo?

Observé, escuché y analicé.

Como comunicador visual aprendí hace muchos años que una imagen puede impresionar por un instante, pero solo un concepto sólido permanece en el tiempo. Con la política ocurre algo parecido. Los discursos pueden entusiasmar, pero son las ideas, la capacidad de construir instituciones y la visión de futuro las que terminan definiendo el destino de una nación.

Esa reflexión me condujo a integrarme en el partido Fuerza del Pueblo.

Tomé esa decisión desde el primer momento. Me inscribí en La Fuerza del Pueblo el mismo día en que se abrieron las inscripciones para la nueva organización política y tuve el honor de formar parte de su Congreso fundacional. No llegué cuando el camino ya estaba recorrido; decidí comenzar a recorrerlo desde el inicio.

No fue únicamente la indignación de aquella noche la que influyó en mi decisión. También encontré una coincidencia de principios y de visión de país. Escuché a Leonel Fernández hablar de educación, planificación, innovación y del papel que la ciencia y la inteligencia artificial tendrán en el desarrollo de las próximas décadas.

Como comunicador visual y profesor universitario, me sentí identificado con una visión que no se conforma con administrar el presente, sino que apuesta por construir el futuro. Siempre he creído que los grandes proyectos comienzan con una idea clara y una visión compartida. Encontré esa manera de entender el país en el proyecto político que decidí abrazar.

Lo hice convencido de que podía aportar desde aquello que mejor conozco: la comunicación visual, la educación y la construcción de ideas. No llegué para desplazar a nadie ni para reclamar espacios. Llegué para sumar.

Con el tiempo también comprendí que la militancia es mucho más que asistir a reuniones o participar en actividades. Militar significa asumir una responsabilidad con el país, defender principios y trabajar para que las próximas generaciones reciban una República Dominicana mejor que la que nosotros heredamos.

Como todo militante, deseo que el proyecto político en el que creo alcance la confianza de la mayoría de los dominicanos. Y si algún día se me confía una responsabilidad desde la cual considere que puedo hacer un aporte real al país, la asumiré con la misma seriedad, disciplina y compromiso con los que he ejercido mi profesión y mi labor docente. No porque aspire a un cargo en sí mismo, sino porque creo que la experiencia solo adquiere valor cuando se pone al servicio de los demás.

No sé qué responsabilidades me depare el futuro. Lo que sí sé es que no quiero llegar al final de mi vida pensando que pude aportar más y decidí quedarme al margen.

A los 60 años comprendí que hay momentos en la vida en los que permanecer como espectador deja de ser una opción. Cuando uno cree que todavía puede aportar al país, el compromiso deja de ser una posibilidad y se convierte en un deber.

Por eso milito a los 60.

Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual

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