Traficantes de liderazgos
Por Luis Córdova
En el discurso político dominicano hay conceptos que se ponen de moda y luego desaparecen como estrellas fugaces en el firmamento. A inicios de este siglo, el “transfuguismo” equivalía a un insulto, una descalificación pública. Todavía resuena aquella sentencia de un líder político que advertía que quien se vende “no sirve para el que lo compra”.
Antes existieron otros términos igualmente expresivos. El “canchanchán” servía para denunciar cercanías sospechosas. El famoso “anillo palaciego” explicaba las influencias que operaban detrás de las decisiones formales. Los “acuerdos de aposento” describían esos entendimientos que nunca pasaban por los organismos partidarios y que terminaban imponiéndose sobre ellos.
La política dominicana ha construido un vocabulario propio para nombrar aquello que prefiere no reconocer abiertamente. Cada palabra ha servido para describir la distancia creciente entre las instituciones y los individuos.
Cuando el Pacto por la Democracia puso fin a la crisis electoral de 1994 y acortó el último período presidencial de Joaquín Balaguer, el país inició una larga etapa de transformaciones institucionales. La separación de las elecciones presidenciales de las legislativas y municipales creó una dinámica electoral permanente que se prolongó por casi tres décadas.
Aquella decisión produjo consecuencias que pocas veces son estudiadas. El país comenzó a fabricar dirigentes profesionales. Surgió el líder territorial dedicado exclusivamente a la campaña. Desde la radio surgieron las “bocinas”, encargadas de justificar al oficialismo, mientras los “interactivos” asumían la tarea de responder desde la oposición. El fenómeno se extendió tanto como el presupuesto público: aparecieron comentaristas, consultores, estrategas y analistas que encontraron en la política no una vocación temporal, sino una forma de subsistencia.
La campaña dejó de ser una etapa para convertirse en un modo de vida.
Quizás por eso las recientes migraciones de dirigentes entre organizaciones políticas merecen una lectura diferente. Los dirigentes se van solos. Renuncian personas, no estructuras. Se marcha el presidente provincial, pero permanece el comité. El fenómeno más que una crisis partidaria obedece a una manifestación del individualismo político contemporáneo.
Durante años hemos confundido representación con notoriedad. La presencia constante en los medios, la cercanía con los centros de poder o la capacidad de gestionar recursos terminan creando una percepción de influencia que muchas veces no resiste la prueba de la movilización real.
Observamos no una crisis de militancias, sino una de expectativas personales: la incertidumbre electoral, las promesas de candidaturas, las posibilidades de ascenso y, en algunos casos, los incentivos económicos. Mientras más se habla de liderazgos, más evidente parece la soledad de los líderes y el partido termina reducido a una estación de tránsito.
Aparece entonces, en toda su dimensión, la figura del traficante de liderazgos: aquel que negocia una influencia que muchas veces solo existe en su propio relato. Vende como fuerza política lo que apenas es notoriedad personal y su estructura no pasa de relaciones circunstanciales.
El verdadero peligro no es que dirigentes cambien de partido, es la distorsión, el menosprecio y la deshumanización de la política por parte de quienes están dispuestos a comprarlo todo. Porque cuando el liderazgo tiene precio, aparecen inevitablemente los traficantes de liderazgos.

