Brasil: las elecciones más importantes de la región

Vijay Prashad para Globetrotter.

Foto: CEDOC/ Bolsonaro y Lula se cruzaron en el primer debate.

El ex presidente brasileño Luíz Inácio Lula da Silva (conocido como Lula) camina de aquí para allá sobre el escenario del Memorial de Latinoamérica en São Paulo. Ahí estuvo el 22 de agosto de 2022, hablando en el lanzamiento de un libro de fotografías de Ricardo Stuckert sobre los viajes que el ahora candidato hizo alrededor del mundo durante su presidencia (2003 a 2010). Lula es un hombre bastante enérgico. Evoca cuando estuvo en Irán en 2010 con su canciller, Celso Amorim, tratando de mediar y cerrar el conflicto sobre la política de energía nuclear de Irán impuesto por los Estados Unidos. Lula logró asegurar un acuerdo que hubiese evitado la actual campaña de presión que Washington conduce contra Teherán. Un aire de alivio poblaba el ambiente. Luego, dijo Lula, “Obama orinó fuera del recipiente”. Según su versión, el para entonces presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, no lo aceptó, pulverizando todo el esfuerzo de llevar a todas las partes a un acuerdo emprendido por la dirigencia brasileña.

El relato de Lula pone dos puntos de importancia sobre la mesa: fue capaz de construir el papel de Brasil en América Latina al ofrecer liderazgo en la lejana Irán en sus anteriores períodos como presidente, y no teme expresar su antipatía por la forma en que los Estados Unidos está hundiendo voluntariamente la posibilidad de paz y progreso en todo el mundo en función de sus intereses miopes.

El lanzamiento del libro se dio durante su campaña presidencial contra el actual gobernante – profundamente impopular– Jair Bolsonaro. Lula actualmente está al frente de las encuestas para la primera ronda electoral que se dará el 2 de octubre.

Fernando Haddad, que lanzó su candidatura contra Bolsonaro en 2018 y perdió tras recibir menos del 45% de los votos, me dijo que estas elecciones siguen siendo “riesgosas”. Puede que las encuestas arrojen que Lula está al frente, pero Bolsonaro es conocido por jugar sucio para asegurar su victoria. La extrema derecha en Brasil, como en muchos otros países, es feroz en sus formas de disputar el poder estatal. Bolsonaro, dijo Haddad, está dispuesto a mentir abiertamente, diciendo cosas ofensivas en los medios de la extrema derecha y luego cuando es confrontado sobre eso en los medios mainstream, tiende a fingir ignorancia. “Fake news” parece ser su mejor defensa cada vez que lo atacan. En su discurso político, la izquierda es mucho más sincera: los izquierdistas se niegan a mentir y están ansiosos por traer al centro del debate político los temas del hambre y el desempleo, la desesperación y los avances sociales. Pero hay menos interés en estos asuntos y menos ruido sobre ellos en el paisaje mediático que prosperan con las acciones teatrales de Bolsonaro y sus seguidores. La vieja derecha tradicional está tan rebasada como la ultraderecha, que ahora es un espacio comandado por Bolsonaro (la vieja derecha tradicional, los hombres en trajes oscuros que toman las decisiones fumando puros y tomando cachaça son incapaces de suplantar al actual presidente).

Tanto Bolsonaro como Lula enfrentan un electorado que o bien los aman o los odian. En esta carrera queda muy poco espacio para la ambigüedad. Bolsonaro no solo representa a la extrema derecha, cuyas opiniones aboga abiertamente, sino que también lo hace con grandes secciones de la clase media, cuyas aspiraciones de riqueza permanecen en gran medida intactas a pesar de que la realidad de su situación económica se ha deteriorado en la última década. El contraste entre el comportamiento de Bolsonaro con el de Lula durante sus respectivas campañas es total: Bolsonaro ha sido tosco y vulgar, mientras que Lula es refinado y presidencial. Si Lula gana las elecciones, es probable que tenga más votos de aquellos que odian a Bolsonaro, que de aquellos que lo aman a él.

La ex presidenta Dilma Rousseff es reflexiva respecto a la vía para avanzar. Me dijo que probablemente Lula gane porque el país está harto de Bolsonaro. Su horroroso manejo de la pandemia de COVID-19 y el deterioro de la situación económica en el país dejan retratado a Bolsonaro como un administrador ineficiente del Estado brasileño. Sin embargo, Rousseff señaló que a casi un mes antes de las elecciones, el Gobierno de Bolsonaro – y las gobernaciones regionales – han estado lanzando políticas que comenzaron a aligerarle la carga a la clase media, como el levantamiento de los impuestos sobre la gasolina. Estas medidas pudieran llevar a algunas personas a votar por Bolsonaro, pero incluso así es poco probable. La situación política en Brasil sigue siendo frágil para la izquierda, con los principales bloques en la derecha (el agronegocio, la religión y el ejército) dispuestos a emplear todos los medios para mantener su control sobre el poder; fue esta coalición la que condujo un “golpe legislativo” contra Rousseff en 2016 y se valió del “lawfare”, el uso de la ley con motivos políticos, contra Lula en 2018 para evitar que lanzara su candidatura contra Bolsonaro. Estas frases (golpe legislativo y lawfare) ahora forman parte del vocabulario de la izquierda, que claramente comprende que el bloque de derecha (lo que llaman centrão) no se detendrá en la prosecución sus intereses de sentirse amenazados.

João Paulo Rodrigues, dirigente del Movimiento de Trabajadores Sin Tierra(MST) es un asesor cercano a la campaña de Lula. Me dijo que en la elección presidencial de 2002, Lula ganó contra quien era el gobernante del momento, Fernando Henrique Cardoso, por el inmenso odio a las políticas liberales que Cardozo había promovido. La izquierda estaba fragmentada y desmoralizada al momento de la elección. El tiempo de Lula en el Gobierno, sin embargo, ayudó a que la izquierda se movilizara y organizara, aunque incluso en este período el foco de la atención popular estaba más sobre el propio Lula que en los bloques que componían a la izquierda. Durante el tiempo en el que Lula estuvo encarcelado acusado de corrupción, algo que la izquierda dice que fue fraudulento, se convirtió en la figura que la unificó: Lula Livre fue el eslogan unificador, y la letra L se convirtió en el símbolo (uno que continúa siendo usado en esta campaña electoral). Mientras que hay otros candidatos de izquierda en la contienda electoral, para Rodrigues no quedan dudas de que el portaestandarte y la única esperanza de Brasil para salir del divisivo y altamente peligroso liderazgo del presidente Bolsonaro. Uno de los mecanismos para construir la unidad de las fuerzas populares alrededor de la campaña de Lula ha sido la creación de los Comités Populares, que han estado trabajando tanto en la unidad de la izquierda como en la creación de una agenda para su Gobierno (que incluirá la reforma agraria y políticas más robustas para las comunidades indígena y afrobrasileña).

Las condiciones internacionales para una tercera presidencia de Lula tienen la suerte a favor, me dijo Rousseff. En América Latina, un rango amplio de Gobiernos de centro-izquierda han llegado al poder (incluyendo en Chile y Colombia). Pese a que no son Gobiernos socialistas, no obstante, están comprometidos en construir la soberanía de sus países y crear una vida dignificada para sus ciudadanos. Brasil, el tercer país más grande de América (detrás de Canadá y los Estados Unidos), puede jugar un papel de liderazgo en la conducción de esta nueva ola de Gobiernos de izquierda en el hemisferio, dijo Rousseff. Haddad me dijo que su país pudiera liderar un nuevo proyecto regional, que incluiría la creación de una divisa regional (el sur) que no sólo sería empleada para el comercio transfronterizo sino también para crear fondos de reserva. En este momento Haddad está lanzando su candidatura para ser gobernador de São Paulo, cuya ciudad más importante es la capital financiera del país. Una moneda regional de este tipo, cree Haddad, resolvería los conflictos en el hemisferio y construirá nuevos nexos comerciales que necesitan ser independientes de las grandes cadenas de suministros que fueron desestabilizadas por la pandemia. “Dios mediante, crearemos una moneda común en América Latina porque no tenemos que depender del dólar”, dijo Lula en mayo de este año.

Rousseff está ansiosa por que Brasil regrese a la escena mundial a través del bloque de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica), y ofrezca el tipo de liderazgo de izquierda que ella y Lula le dieron a esa plataforma hace una década. El mundo, dijo Rousseff, necesita de una tribuna así para ofrecer una dirección que no se base en amenazas, sanciones y guerra. La anécdota de Lula sobre el acuerdo con Irán es descriptiva ya que demuestra que un país como Brasil bajo un mandato de izquierda está más que dispuesto a resolver los conflictos en lugar de exacerbarlos, como lo han hecho los Estados Unidos. Hay esperanza, señaló Rousseff, de que una presidencia Lula ofrezca ese liderazgo robusto para un mundo que parece desmoronarse debido al sinnúmero de desafíos como la catástrofe climática, la guerra y la toxicidad social.


*Vijay Prashad es un historiador, editor y periodista indio. Es miembro de la redacción y corresponsal en jefe de Globetrotter. Es editor en jefe de LeftWordBooks y director del Instituto Tricontinental de Investigación Social. También es miembro senior no-residente del Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos The Darker Nations y The Poorer Nations. Sus últimos libros son Struggle Makes Us Human: Learning from Movements for Socialism y The Withdrawal: Iraq, Libya, Afghanistan, and the Fragility of U.S. Power (con Noam Chomsky).

Fuente: Globetrotter.

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