La esperanza truncada
Por Pedro Conde Sturla.
La mayor parte de los expedicionarios no tuvo, por desgracia, la suerte de morir en combate o de ser fusilada. De los ciento noventa y ocho combatientes originales perecieron cincuenta y ocho en los enfrentamientos, unos treinta y tres fueron heridos y rematados y otros veintinueve capturados y ejecutados en situ. Los demás serían llevados a San Isidro o arrojados a las mazmorras de La 40 y El 9.
«Es decir, que de los 198 expedicionarios que llegaron el 14 y el 20 de junio, menos de la tercera parte (29%) murieron en acciones de guerra; menos de la quinta parte (16%) fueron apresados estando heridos y rematados en el lugar; un poco más de la décima parte (15%) fueron apresados ilesos y fusilados en el lugar de la rendición; casi la mitad (40%) llegaron ilesos a la Base Aérea de San Isidro luego de ser apresados y un poco más de la tercera parte (36%) fueron torturados en las cámaras de tortura y los que resistieron, finalmente masacrados en el CEFA ante pelotones de ejecución. Quedaron solamente 6 con vida, equivalentes al 3% y, un total de 97% murió heroicamente». (1)
El reducido número de bajas en combate no deja de ser sorprendente, sobre todo entre los expedicionarios de Estero Hondo, si se tiene en cuenta la geografía del teatro de operaciones: un terreno llano, árido y pelado que imposibilitaba el refugio, que no permitía ningún tipo de protección de la artillería enemiga, de la lluvia de cañonazos y morteros, bombas y y balas y cohetes que permanentemente caía sobre ellos.
La bestia —dice Cordero Michel— desplegó contra los expedicionarios una fuerza de mas de cinco mil efectivos militares organizados en cuatro compañías de mortero, cuatro de artillería, pelotones de tanques y carros de asalto y todos los aviones y pilotos de la fuerza aérea. Varios de esos aviones, por cierto, se accidentaron y dos pilotos murieron.
En cuanto a los militares del régimen, se estima que hubo entre sesenta y ochenta y cinco muertos y ciento cuarenta resultaron heridos.
Un número mayor de bajas se produjo, lamentablemente, entre campesinos, cuyos muertos se estiman entre setenta y cinco y noventa y un número indeterminado de heridos, aparte de las semanas de terror que vivieron en las zonas de combate.
En fin, la muerte y captura de los expedicionarios de Constanza, Maimón y Estero Hondo daba por terminado uno de los más heroicos episodios de la historia nacional, la más gloriosa y más trágica tentativa de derrocar al tirano.
No fueron ellos, sin embargo, las únicas víctimas. Sus familiares, sus seres queridos, sus hijos y esposas, y sobre todo sus madres y sus padres pagaron un precio altísimo: pagaron con el sufrimiento de toda una vida, cuando no con la misma vida.
Juancito Rodríguez, por ejemplo, un luchador incansable, el hombre que había financiado los principales movimientos armados contra el régimen de Trujillo, quedó prácticamente en la ruina y a raíz de la muerte de su primogénito, José Horacio Rodríguez Vásquez, se sumió en una depresión y finalmente se quitó la vida el 19 de noviembre de 1960 en Barquisimeto. Se suicidó apenas seis meses antes de que la bestia fuera ajusticiada en mayo de 1961.
Juancito Rodríguez no sería él único. Otro padre, enloquecido por el dolor (que no estoy autorizado a mencionar), se tiró de un balcón en el momento en que se enteró de la muerte del hijo. Otros y otras se dejaron morir, dejaron de existir…
Los nombres de los expedicionarios que vinieron por Estero Hondo se suman, con el mismo título de honor y de grandeza, a los de Maimón y Constanza. He aquí la lista de los valientes, o, más bien, de los temerarios:
Estero Hondo (Lancha Tínima)
Campos Navarro, José Antonio
Almonte, Antonio Bienvenido
Almonte Fernández, Juan Bautista
Alvarez, Luís (puertorriqueño)
Aponte Willard, Carlos
Arias Quintero, José Altagracia (venezolano)
Belford Santos, Simplicio
Bueno Almanguer, Ermes (Papi) (cubano)
Carrasco Aguasvivas, Miguel Angel
Casado Jiménez, Pedro Antonio (Pipilo)
Cordero García, Rubén
D’Oleo Gimbernard, Máximo Emilio
Ferndández Moreau, Rafael Fernando
Flores, Froilán (cubano)
Gómez Montán, Vicente Mario (Altamira)
Grullón Castro, Persio Oscar
Hermón Machuca, Francisco Napoleón (Papito)
Herrera Moreno, Alberto (Bertico)
Jordán Soto, Cristian Roberto (Guatemala) (guatemalteco)
Linares Badillo, Pedro José (venezolano)
Lorenzo Carrasco, Manuel (Manolo)
Maduro Sanabia, Felipe
Mainardi Reyna, Víctor Manuel (Silín)
Martín Fernández, Francisco (español)
Martínez Rodríguez, Jaime Manuel
Mejía-Ricard Guzmán, Ocatvio Augusto
Minalla Fernández, Antonio de Jesús (Toñito)
Oliver Romero, Héctor Bienvenido (Angelito)
Ozuna, Luís Fernando
Peguero Reyes, Arcadio Ramón
Perdomo Ramírez, Alberto
Perozo Chicón, Manuel de Jesús (Masú)
Ramírez Castillo, Héctor Enrique (Henry)
Ross Thomén, Rafael Osvaldo
Ruiz, Luís Conrrado (Peligro)
Sanabia Minaya, Elpidio (Pillo)
Sánchez Sanlley, Guillermo Augusto
Saviñón Guerrero, Miguel Olivo (Miguelín)
Senior Paz, Martín
Santiago Flores, Alfonso José (venezolano)
Toribio Rodríguez, José Antonio (Chepito)
Ubiera, Francisco A.
Valera, Rafael
Valverde Cruz, José Rafael Federico (Fello)
Otros no se han mencionado hasta ahora (unos quince en total) porque se desconoce en cuál de los tres grupos vinieron, pero lo cierto es que vinieron y combatieron y murieron. Sus nombres son:
Báez Jiménez, Nicolás Virgilio
Cabral Brito, Héctor J.
Jiménez Cabrera, Antonio
Losano Guzmán, Andrés
Lugo, Luís
Menéndez Vallejo, Miguel Ángel
Parache Hernández, Manuel
Reyes Reyes, Juan (puertorriqueño)
Rodríguez, Alberto (cubano)
Rodríguez, José Luis (venezolano)
Rodríguez, Tomás (cubano)
Rodríguez Gómez, José Antonio
Sánchez, Francisco
Soriano Francisco, Angel Nicolás
Taveras Cabrera, José
Vinieron llenos de patriotismo, vinieron llenos de un valor a toda prueba. Vinieron hacia la perdición y lo sabían, vinieron a enfrentar la muerte y el martirio. Seguro que lo sabían. La muerte, la tortura, el martirio eran riesgos calculados. Sabían a lo que venían, sabían que se enfrentaban a un monstruo luciferino, a una bestia implacable que sólo saciaba su sed con sangre.
Su sacrificio, eso sí, encendería una ola de rabia e indignación, establecería un punto de inflexión, un antes y un después. Ya nada volvería a ser igual. La represión del régimen de la bestia contra los oposicionistas recrudecería, se cometerían cada día atrocidades más impensables, y en la misma medida la resistencia se haría más fuerte, los enemigos de la bestia se multiplicarían como verdolaga, numerosos hijos de los más cercanos colaboradores de la bestia se volverían en contra. En la medida en que se acentuaban los atropellos, las acciones contra el régimen se hacían más temerarias. La repatriación armada, la entrega incondicional de los héroes del 14 y 20 de junio fue el principio del fin para el régimen de la bestia. Vinieron como expedicionarios y se convirtieron en la raza inmortal. Mil veces viva su grata memoria. Mil veces viva.
La repatriación armada (15)
(Historia criminal del trujillato[187])
Bibliografía: Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos».
Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959»,
Nota:
(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 13
