Las carreteras no son un autódromo
No escribo estas líneas movido por un prejuicio contra el motociclismo. Durante un breve período de mi vida también disfruté de esa afición y comprendo la pasión que despierta. Las escribo porque la sorpresa, la indignación y la preocupación que nos dejó la experiencia del domingo pasado me convencieron de que guardar silencio sería irresponsable.
El domingo pasado mi esposa y yo salimos de Las Terrenas temprano en la mañana, convencidos de que regresar a Santo Domingo a esa hora nos permitiría disfrutar de un placentero y tranquilo trayecto, lejos del habitual tumulto del tránsito vehicular. Incluso antes de tomar la autopista Juan Pablo II, nada presagiaba lo que encontraríamos. La realidad fue muy distinta.
Lo que debía ser un viaje sereno terminó convirtiéndose en una verdadera pesadilla. Durante buena parte del trayecto, después de pagar el primer peaje de la Juan Pablo II en dirección a Santo Domingo, nos encontramos repetidamente con grupos de motociclistas de alta cilindrada que se aproximaban a gran velocidad mientras realizaban maniobras de rebase que ponían seriamente en riesgo a quienes transitábamos en sentido contrario.
En más de una ocasión, mi esposa, al volante, se vio obligada a desplazarse hacia el paseo para ceder espacio y evitar una colisión. La velocidad con la que se aproximaban, las luces encendidas de aquel enjambre de motociclistas y el rugido de sus motores parecían transmitirnos un mismo mensaje: «¡Háganse a un lado!». Nadie debería verse forzado a abandonar su carril para proteger su vida.
Quiero ser claro. No afirmo que todos los motociclistas ni todos los clubes de motociclistas, entre cuyos integrantes hay amigos míos, actúen de esa manera.Estoy convencido de que existen muchos aficionados que practican este deporte con responsabilidad, respetan las normas de tránsito y entienden que la carretera es un espacio compartido. Sin embargo, también es evidente que existen conductas temerarias que no se pueden seguir normalizando.
Las cifras confirman que la seguridad vial es uno de los grandes desafíos nacionales. Según el Observatorio Permanente de Seguridad Vial (Acento/OPSEVI), en lo que va de 2026 los accidentes de tránsito han dejado 945 fallecidos y más de 30,800 lesionados en el país, un promedio de tres muertes diarias, y las motocicletas estuvieron involucradas en poco más de la mitad de esos fallecimientos. Un informe sobre siniestralidad por corredores viales confirma, además, que las colisiones con motocicletas concentran más de la mitad de las víctimas mortales según el tipo de accidente, y que la carretera Sánchez y la autopista Duarte figuran entre las vías de mayor incidencia del país. Especialistas en cirugía de columna advierten, por su parte, que una proporción importante de las lesiones severas de la médula espinal que atienden en hospitales públicos proviene de accidentes en motocicleta, muchas de las cuales dejan discapacidades permanentes que cambian para siempre la vida de las víctimas y de sus familias.
Pero las estadísticas solo cuentan una parte de la historia. Nos hablan de quienes murieron y de quienes resultaron lesionados. No hablan de las miles de familias que, cada fin de semana, sienten miedo al compartir la carretera con conductores que parecen haber olvidado que una vía pública no es un circuito de velocidad.
La pasión por el motociclismo deportivo merece respeto. Como cualquier otra disciplina, exige habilidad, disciplina y preparación. Muchos motociclistas invierten en equipos de protección, cascos certificados y vestimenta especializada porque conocen los riesgos de conducir máquinas de alto desempeño. Precisamente por eso resulta difícil comprender que algunos asuman conductas que ponen en peligro no solo su propia vida, sino también la de personas completamente ajenas a esa decisión.
Cada rebase en una curva, cada invasión del carril contrario y cada maniobra ejecutada confiando en que los demás tendrán tiempo para reaccionar constituye una apuesta irresponsable con la vida de terceros.
La solución no puede depender únicamente de más multas o de más agentes de tránsito en la carretera. También pasa por los propios clubes y organizaciones de motociclistas, que están en la mejor posición para actuar donde el Estado difícilmente puede llegar: dentro del propio grupo, en cada salida y en cada recorrido. Establecer reglas claras entre sus miembros, promover el uso del equipo de protección y fomentar una cultura donde la prudencia sea tan valorada como la destreza no constituye una imposición externa, sino una forma de proteger lo que ya aman: la afición, la vida de sus miembros y la de todos los usuarios de la vía. Este es un problema que existe y que debemos resolver juntos, y los clubes y agrupaciones tienen un papel que solo ellos pueden desempeñar.
Las autoridades, por su parte, deberían reforzar la vigilancia en los corredores de mayor circulación durante los retornos dominicales y feriados, así como estudiar con mayor detalle si existe un patrón de siniestralidad asociado a recorridos recreativos de motocicletas.
Quiero concluir con una propuesta. Quienes disfrutan de la velocidad y desean explorar al máximo las capacidades de sus motocicletas tienen una alternativa mucho más segura y apropiada: el Autódromo Internacional Las Américas (Speedway Park). Ese es el lugar concebido para acelerar, competir y poner a prueba la destreza en condiciones controladas, con reglas de seguridad y sin poner en riesgo la vida de quienes simplemente regresan a sus hogares. Las carreteras públicas cumplen una función distinta: conectar personas, familias y comunidades, no servir de escenario para demostrar quién puede conducir más rápido.
No escribo estas líneas movido por un prejuicio contra el motociclismo. Durante un breve período de mi vida también disfruté de esa afición y comprendo la pasión que despierta. Las escribo porque la sorpresa, la indignación y la preocupación que nos dejó la experiencia del domingo pasado me convencieron de que guardar silencio sería irresponsable. Ese día comprendí que las estadísticas tienen rostro. Podríamos haber sido nosotros. Podría haber sido cualquier otra familia.
Mientras exista un solo conductor que sienta que la única manera de proteger a su esposa, a sus hijos o a sus padres es abandonar su carril para evitar una colisión provocada por una maniobra temeraria, tendremos que admitir que todavía estamos lejos de construir el país que queremos.
Porque las carreteras son de todos. Y la vida de cada dominicano vale infinitamente más que cualquier demostración de velocidad.
